martes, 10 de mayo de 2011

Para Leer Despacio: “Alimento para el alma”.

Hace poco, fue la primera comunión de un sobrino. El sacerdote que la ofició, en medio de la homilía, dijo a los niños: “Cuando tenemos hambre, comemos alimentos. Pero el alma también necesita alimentarse.”

Esta metáfora se me quedó grabada. “Alimento para el alma”. Desde entonces le estoy dando vueltas.

Existe el cuento de la cigarra y la hormiga, de LaFontaine, en donde se relataba cómo una hormiga se afanaba en almacenar alimentos en su hormiguero durante el buen tiempo, mientras que la cigarra se lo pasaba cantando y divirtiéndose. Cuando llegó el invierno, ésta suplicó a la hormiga que la dejase refugiarse en su casa, a lo cual se negó, echándole en cara su actitud durante el verano, y dejando que se muriera de frío. La moraleja era evidente.

Pero don José María Pemán, un sabio escritor español del pasado siglo, completó este cuento. La hormiga viviría en su cálido y aprovisionado hormiguero, sí, pero a pesar de su repleto almacén, se sentiría cada vez más sola, aburrida, marchitada, sin ganas de vivir… hasta que moriría de tristeza y soledad. Concluyó con la observación de que se puede morir de hambre de comida, sí, pero también se puede morir de hambre de… alimento del alma. Y el protagonista, un ruiseñor silvestre, se marchaba a preparar el nido para su familia, pero cantando, siempre cantando…

“Alimento para el alma”. He aquí uno de los principales frentes de combate intangibles en donde la raza humana ha sufrido y gozado en toda medida a lo largo de su historia.

Pues, tal y como dije aquí, en el octavo “chicle virtual”, incluso los más escépticos, ateos, agnósticos, materialistas o relativistas, pueden verse reflejados ahí. En el caso más extremo, alguien que se equipara con los animales y las plantas como seres vivos, no creo que niegue la metáfora: el alma podrían ser las complejísimas y cuasi infinitas reacciones químicas que se desarrollan en nuestro interior, en nuestro cuerpo. Y eso se tardarán muchos años, se consumirán muchos recursos y sorberán los cerebros más inteligentes, antes de comprender sus matemáticas moleculares biológicas y genéticas.

Así, ¿qué es el “alimento del alma”? ¿qué necesita una persona para encontrar sentido a su vida? Durante miles de años, era la fe. Aún lo sigue siendo, sólo que muy acosada por otras ramas del pensamiento (por lo menos en el Occidente europeo actual).

Pero nadie puede negar rotundamente que “el alma tiene hambre, y que debe alimentarse”.

A las pruebas me remito. Adicciones varias (drogas, juego, alcohol, sexo…) más o  menos fomentadas, sirven para “alimento privado”, siempre regulado o combatido por sus perniciosos efectos cuando se van de madre. Por otra parte, el trabajo sobreexpuesto, el espectáculo de masas, la manipulación mediática, el ejercicio insano del poder, la ambición social desmedida… son ejemplos de “alimento público”.

Lo que tienen en común es que son todo “sucedáneos” para “alimentar el alma” (por lo menos para mí).

¿Cuál es vuestro alimento para el alma? ¿la familia? ¿el trabajo? ¿el éxito social? ¿ganar mucho dinero? ¿llevar a cabo algún proyecto vital? ¿superar baches? ¿disfrutar de unos privilegios reservados…?

En esta definición puede entrar desde el placer por abrazar a un hijo, hasta el de llegar a un nivel en un videojuego. Desde besar en la mejilla a la pareja, hasta consumar un acto largamente planeado de destrucción de un competidor en la empresa. Desde empeñarse en hacer las cosas bien, como deben hacerse, hasta contemplar la aniquilación total y completa del enemigo. Desde cometer un acto altruista anónimo y a escondidas pero de gran calado social, hasta percibir la adoración continua y cultivada de las masas….

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