lunes, 22 de agosto de 2011

“-De rodillas. –Sí, mi ama…”

En la elaboración de la pasada entrada, se me ocurrió, con no poca turbación, morbo, entusiasmo, picardía y provocación, fotografiar el sótano de la casa de mi pueblo con un objetivo muy distinto, que detallo en esta entrada. Un sótano muuuy especial que seguro pondrá los dientes muuuy largos, ojos fijos y brillantes, respiración agitada, corazón acelerado, manos engarfiadas, suave pinzamiento de labios con los dientes, e incluso humedad en la entrepierna, a toda aquella “dama estricta” que me lea y lo vea.

Para empezar, la entrada desde arriba…

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La entrada desde abajo…

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Y el recinto en sí, desde varios puntos de vista:

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Esta bodega data del siglo XVII, y su propiedad pasó a formar parte de la casa desde que mi abuelo materno construyó ésta última, allá por 1920… Un uso que le podría dar sería… ejem… el que tiene en mente toda aquella Milady regia y soberana que se precie de serlo sobre su “dominado”… pero me da que esto no va a ser posible por circunstancias ajenas a mí, ji ji ji… La discreción no está garantizada del todo. La ventana enrejada que se ve en las dos últimas fotos da a un patio interior propiedad de la vecina (con la que no nos llevamos precisamente bien), que lógicamente oiría los ruidos que surgirían durante la “sesión”, y se extrañaría de las “órdenes”, el “tono” empleado, los murmullos de placer femeninos y de dolor masculinos, unos cuantos chasquidos en forma de latigazos, fustazos o cachetes, y dicha bodega adquiriría enseguida un aura de misterio tenebroso y siniestro entre las comidillas del pueblo. Claro que un punto a su favor es la gran manada de gatos que “cultiva” dicha vecina y que miran por ahí curiosos cuando alguien baja aquí…

Cuando era niño me daba miedo. Creía que aquí criaban las gigantescas arañas grises que solían aparecer de vez en cuando por el corral, que aquí moraban los padres de esas arañas. No sólo por la profundidad y la oscuridad (esto último solucionado con las mencionadas reformas eléctricas), sino también por el pozo semi-artesiano que hay al lado del hueco de la escalera, que se aprecia bien en la penúltima fotografía, con ese arco de medio punto de ladrillos macizos corroídos.  En dicho pozo siempre hay agua, aunque en el pueblo se hable de sequía. Y además casi helada. Metemos ahí las cervezas que nos vamos a tomar para que se mantengan deliciosamente frescas. De hecho puede ser usada como antítesis de la cera derretida, ji ji ji…

Menos mal que no tiene puerta, ya que seguramente habría sido usado como “sala de castigo” conmigo, con lo trasto que era de niño. Pero ahora, de adulto, me he “degenerado” a juicio de todos (menos mal que nadie de mi familia sabe de esta faceta secreta recientemente florecida, pero cuya semilla siempre ha estado ahí enterrada) y cada vez que bajo ahí durante el último año, lo hago con pies inseguros por la excitación. Aprecio todo con otros ojos…

Ojos de adulto en su mazmorra, contemplando con temor y adoración casi reverenciales a su dueña, bella y atractiva como nada en su vida sería digno de ver. Su dueña, segura de sí misma, sin dudas, tajante y rotunda. Su dueña, que sabe lo que quiere, cómo lo quiere y cuánto la quiero, rompiendo así la rutina de nuestra vida en común… er… en fin…

(Dedicado a Chatarrera Nórdica, a quien felicito desde aquí por su reciente maternidad).

miércoles, 17 de agosto de 2011

Puesto de trabajo: Instalador electricista casero.

Hasta ahora todo lo mencionado bajo esta etiqueta, Puesto de trabajo, ha sido un auténtico sumidero de vómitos, cagarrutas, clavos oxidados, huesos rotos, costras resecas de iras y rabias varias, cadáveres momificados de ilusiones y pedazos de perspectivas pasadas tajados con serrucho del catorce.

Y seguirá así. Tengo demasiadas crónicas laborales que todavía supuran.

Pero esta vez no.

Hace poco, una amiga me dijo en plan broma que podría escribir un libro con las anécdotas de lo que me había pasado en una iniciativa mía que tuve siete años atrás. Es una frase hecha, desde luego no daría para tanto, pero me dio la idea de contarla aquí con más detalle y distensión, y de paso contrapesar un poco lo contado en el primer párrafo.

En efecto. Esta experiencia tuvo muchas cosas buenas, y alguna no tanto, la más importante, que lo hice por la cara, sin cobrar un duro. Fue iniciativa mía, y aún así por lo más sagrado que a día de hoy no me arrepiento en nada de aquella decisión.

lunes, 1 de agosto de 2011

En paro.

Ya ha pasado poco más de un año desde que me despidieron de la empresa. Trabajaba como instalador de telecomunicaciones (telefonía, radiofrecuencia –antenas y CATV-, fibra óptica y redes locales centralizadas), con muchas incursiones en la electricidad pura y dura, la industrial. La que va a camionadas y grúas virtuales, en vez de hilillos domésticos, gota a gota. En dicha empresa no estaba muy a gusto, pues a pesar de mi empeño y mis esfuerzos en aprender, mi rendimiento en tareas primordiales no era bueno. En consecuencia, no se me asignaban tareas de responsabilidad. Era el que limpiaba, el que iba a por una herramienta a la otra punta del recinto, el que vigilaba fuera de la arqueta porque no servía para apenas nada más… Nunca he tenido la habilidad manual suficiente como para equipararme con mis compañeros, pese a mis empeños y mis intentos de prácticas y soltura. Lo cual era un poco pescadilla que se muerde la cola: no tenía soltura, no me ponían a conectar por no perder el tiempo, no podía coger soltura… Las pocas veces que conseguía ponerme a ello era tan torpe y tumblr_m6gv04wX4z1qzxfy9o1_1280tardaba tanto, que la actitud de mis compañeros era determinante. Manipular cables del grosor de un dedo pulgar para pelarlos, tratando cada capa de una forma distinta, y terminar operando con fibras de vidrio más frágiles que un cabello, es como mezclar un leñador de hacha con un relojero. Esto en el caso de la fibra óptica, que si incluyo los cables de telefonía, con sus doscientos pares (cuatrocientos ocho cables) divididos en sus códigos de colores, metidos en cintas de seda que paradojas de la vida los callos en los dedos no facilitaban su manejo, y si además añado los cablerones de electricidad de una muñeca de gruesos y de a kg. el medio palmo, entonces el contraste es más acusado… Y no digamos la Alta Tensión… Pero no voy a entrar en más detalles técnicos. Sólo lo menciono para reconocer uno de mis puntos débiles.

El otro es no poder transportar escaleras manuales de más tres metros de altura y veinticinco kg. de peso en posición vertical al hombro, sean de madera, aluminio o fibra de vidrio (afortunadamente para mí, el material más pesado, la madera, está cayendo en desuso, frente a los otros dos, que me manejo mejor… pero no tanto como quisiera o se me exige como mínimo). Para todo lo demás, bueno, me defendía más o menos bien… en conocimientos, interpretación de planos, límites, medidas y demás.

A todo ello añado el independizarme, algo que me alegré mucho en su día, pues llevaba más de veinte años esperando, pero que al estar en paro, ha tomado un cariz bastante distinto.

En efecto. Mi desánimo es general. Mi desilusión completa. Y no tengo apenas esperanza de cambiar a mejor por mí mismo. Soy como un montonazo de ladrillos desperdigados, romos por el desuso (espero se note la paradoja), sin cemento sólido para unirlos, olvidados en un callejón de mala muerte…

Estar en paro es una enfermedad social, los parias occidentales a los que señalan con el dedo por la calle y casi se les lincha, de no ser por el detalle de que a cualquiera le puede tocar (excepto funcionarios, enchufados o disponer de “contrato blindado” con “despido dorado”, porque ser imprescindible ya no tiene sentido en una época en que cualquier empresa puede cerrar), y sólo un mínimo de empatía, humanidad o simple convivencia puede evitar que dicho linchamiento se lleve a cabo… en ambos sentidos.

Porque los síntomas son vergüenza, inutilidad, resignación forzada que pasa a ser propia, desgana, atonía, autoestima inexistente, que provoca no atreverse a mirar a la gente a los ojos, irritabilidad fácilmente inflamable y de cada vez más difícil contención ante prosperidades ajenas, cercanas o lejanas, sobre todo si son inmerecidas, lo que lleva a convertirse en un misántropo eremita socialmente reprimido que rehúye el contacto con la gente, familia, amigos, conocidos y vecinos.

Todo esto conduce a una tristeza sorda, falta de disciplina, de ilusión, de proyectos que calen en el ánimo y le hagan motivarse en su día a día…

Y esto siempre y cuando no mermen sus ingresos de forma significativa, porque entonces esos conflictos internos suben como la espuma; más aún si otras personas dependen de esos ingresos… Algo que, por fortuna y de momento, no he llegado a eso…

Pese a ser un cuadro muy habitual, no por ello es menos dramático y doloroso.