viernes, 28 de febrero de 2014

“Me voy a la cama…”

La puerta se abrió y entraron ambos casi de espaldas, diciendo adiós con la mano. Una pareja de jóvenes, hombre y mujer, atractivos, vitalistas, alegres, de clase alta, como atestiguaba la mansión en la que habían entrado.

Los dos vestían de gala. Él, con fajín, lazo-corbata negro y chaqueta estilo rey Alberto. Ella, con un vestido blanco marfil con motivos de pedrería entallado hasta medio muslo y amplios faldones de cola corta.

En el vestíbulo, nada más cerrar la puerta, ambos suspiraron. Ella cerró los ojos, infló los carrillos de forma sostenida y se pasó las manos por las sienes y la frente. Él, en cambio, sólo alzó levemente una ceja, sin variar apenas el sempiterno rictus de su cara. Ni siquiera transmitía un ápice del cansancio que sin duda soportaba a esas horas y que ella expresaba con toda soltura.

Apoyaron ambos sus espaldas contra la puerta y se dejaron escurrir hacia el suelo.

-Por fin…

-Sí, por fin.

-Qué paliza nos hemos dado hoy… Dormiría hasta pasado mañana seguido…

-Adelante, mañana es fiesta.

Ella volvió la cabeza. Admiró una vez más su porte, su aguante, su solidez. Se había aflojado el lazo, ni siquiera estaba deshecho; el resto en todo él permanecía inalterable. Le bastaría con ponerse otra vez de pie y estaría como cuando salieron, muchas horas antes. A ella en cambio se le notaban las ojeras y la palidez del trasnoche a través del maquillaje. Las eternas sonrisas mantenidas a lo largo de la jornada se cobraban su precio en un rictus levemente agrietado. Algún que otro mechón de cabellos ya se le escapaba del tenso y voluminoso moño que cubría su nuca, deshaciendo la simetría.

Se levantó de nuevo trabajosamente y se dirigió despacio a la escalera, mientras se quitaba un pendiente.

-Bueno, me voy a acostar ya.

El miró cómo andaba hacia la escalera y empezaba a subir peldaños. A medio tramo, algo terminó de fundirse en su interior, y soltó, incontenible.

-¡Espera…!

Ella se detuvo y se volvió, extrañada. Creyó haber oído mal.

bueno, me voy a acostar...

Creyó haber oído un tono distinto al acostumbrado en él. Siempre tan breve, tan certero y conciso, tan comedido en sus palabras. Tan duro y recto. Tan imperturbable.

Él no había variado su postura. Sentado en el suelo, piernas encogidas, brazos apoyados sobre las rodillas, indolentes, cabeza contra la puerta.

-Estás… preciosa.

En medio de las brumas del cansancio, ella soltó un rayo de luz en forma de sonrisa luminosa que pareció caer desde las alturas y rebotar sobre la gran roca de abajo cubierta de rocío.

viernes, 21 de febrero de 2014

Carmín y cera (4)

(episodio anterior)

Estrella se había quitado la larga bata blanca y las sandalias de satén, y vestía un chándal informal y cómodo, y zapatillas pantuflas. Incluso se había quitado el maquillaje y soltado el pelo.

-Quítate la cera y vístete… Tienes un trocito en el omóplato derecho, ven aquí, que te lo quito… Bien… Ya no tienes más. Termina de vestirte. Ahora siéntate, por favor.

-Se… Señora, yo…

-Estrella. Ya no soy tu Señora. Ahora simplemente Estrella, ¿vale?

-Pero… pero…

-Arturo, voy a ser franca contigo: ser sumiso no es lo tuyo. No quiere decir que no seas un buen amante, ni un buen hombre, ni una buena pareja. Todo lo contrario, por lo que he visto en ti… Arturo, mírame… Mírame. Tu capacidad de entrega es grande, eres sensible, atento, tienes imaginación y fantasía, y estás… físicamente dotado. De hecho has cumplido, has superado con creces todas y cada una de las pruebas a las que te he sometido… pero esto no es lo tuyo. No, no es lo tuyo… Mírame. Te lo voy a explicar de otro modo. Tienes amigos gays, ¿verdad…? y uno de tus mejores amigos lo es, según me dijiste. Bien, pues piensa en esto: te ríes con él, salís de copas, vais al cine, de vez en cuando vas a su casa o él a la tuya a ver partidos y prestaros vídeos y libros… Hasta aquí bien. Pero… ¿te puedes imaginar, siquiera por un instante, acostarte con él? No, ¿verdad? Ni se te pasa por la cabeza, te provoca rechazo la idea. Pues bien, esto es lo mismo, sólo que en otro ámbito. Verás, ser sumiso es más que una fantasía temporal, o una necesidad ficticia surgida de la necesidad de cariño y compañía a toda costa, que veo que es tu caso, o una opción a probar en solitario o con más gente para satisfacer una curiosidad. Dijiste que has leído mucho por internet, así que lo que te estoy diciendo te debe sonar de algo. Las Amas que somos cien por cien dominantes lo decimos sin tapujos y con la verdad por delante, de cara a la vida en pareja. Y yo prefiero ser sincera contigo antes que aprovecharme de ti. Podría fingir y divertirme a tu costa, pero, te repito y te lo diré cuantas veces haga falta, eres un buen hombre, aún con tus limitaciones y tus defectos, y no te mereces eso. No te lo mereces, ¿vale…? Mírame. No te mereces eso en absoluto. Oh… ven, ven aquí, ven a mis brazos… Siento mucho haberte dado pie, pero… ahora ya sabes por ti mismo que no eres un sumiso, y que no vale la pena que gastes energía, tiempo o ilusión en buscarte una pareja Ama… Tranquilo, Arturo, tranquilo… Ahora te duele, pero dentro de un tiempo, cuando todo esto pase y mires atrás, reconocerás que yo tenía razón. Al respecto, debo decirte también que puedes seguir intentándolo, por supuesto, puedes seguir llevando el trisquel a la vista, no soy quién para decirte que no, quizá tengas suerte y encuentres a alguien que acepte ser tu Ama en los términos que tú necesitas… Pero en mí, no. Y me atrevo a añadir que tampoco en cualquier Ama honesta. Si alguna te toma a su servicio, ten mucho cuidado con lo que te pedirá… Mejor búscate una compañera que sea tu igual, que compartís gustos y aficiones, y que estéis ambos a la par en cuanto a iniciativas en el cariño y en el sexo, ¿de acuerdo, Arturo…? Vamos, tranquilo, tranquilo, alguna habrá que aprecie lo que tienes para ofrecer, que es mucho, así que no te preocupes por eso. Lo importante es que sigas intentándolo y no desistas, pese a que falles. Y debo decirte que las Amas también nos equivocamos, también cometemos errores… Cuando nos presentamos, te vi un poco perdido, y pensé en darte una oportunidad. Pero en nuestro siguiente encuentro, cuando hablamos de nosotros mismos, nuestros gustos, defectos, aficiones, pasados, familias, trabajos… algo me decía que estaba cometiendo un error, pero aún así insistí en darte la oportunidad, podía estar equivocada y… bueno, resulta que al final no lo estaba… ¿Mejor ahora? ¿sí? Anda, toma, bebe un poco de agua… Debo decir, no obstante, que en la tercera cita, cuando hablamos de temas femdom, de nuestros límites, de lo que nos gustaba y lo que no nos gustaba, esa impresión se diluyó bastante, porque a pesar del morbo, te comportaste siempre de la manera correcta, manteniendo la compostura, mirándome a los ojos, tratándome de usted, respetando mi iniciativa en la conversación, incluso bromeando con sutilidad… De ahí a esta cita, quedar en mi casa, y constatar que realmente mi primera impresión era la correcta… En fin, no estoy orgullosa. No estoy nada orgullosa. Hoy es un mal día para mí. Siento mucho haberte puesto en esta situación… ¿qué, que has dicho…?

-Que qué vamos a hacer ahora…

-Bueno… ¿qué te parece si vamos al cine…? Invito yo… Y después, ya veremos.

 

triskel

jueves, 20 de febrero de 2014

Masculinización de la mujer (2)

Pensaba que con la entrada anterior habría terminado. Pero no ha sido así. Esta mañana le he estado dando vueltas, y se me ha ocurrido que podría rematar con otra vieja ocurrencia mía, una reflexión que tuve hace años y que nunca he tenido ocasión de darle cuerpo, que es la enseñanza universitaria regulada de la prostitución, con licenciatura y doctorado, para aquellas personas, hombres y mujeres, que sientan la vocación, o que consideren que tienen aptitudes para ello, o simplemente que elijan esa carrera por motivos igualmente válidos, como podrían haber elegido empresariales, ingenierías o derechos. Sí, tal como suena: prostitutas formadas, licenciadas o doctoradas, preparadas para ejercer esa profesión con toda garantía y legalidad (que no prestigio, para su desgracia).

Es una idea inflamable y explosiva, que dinamita muchas bases de “dignidad” y convenciones sociales muy hincadas en el subconsciente colectivo occidental. Pero yo salto por encima de esas objeciones y voy más allá: proponer asignaturas que beneficiarían más que perjudicarían esa profesión, y me atrevo a añadir, con bastante demagogia, también al conjunto general de la condición de la mujer en la sociedad occidental al incidir en algo que para bien y para mal es inherente a ella, y que en estos momentos está muy, muy degradado.

Veamos. Psicología personal y social, salud física e higiene, baile y danza, defensa personal, comportamiento en sociedad, cocina, música, idiomas, derecho, economía…

Psicología personal vendría a enseñar cómo afrontar cada relación por lo que se espera, se da, se vende y se valora. Cómo compensar las diferentes sensaciones y emociones que despiertan determinados clientes que piden determinados servicios. Cómo afrontar y controlar las posibles adiciones y dependencias que podrían surgir, vicios, drogas…

Psicología social, se darían las diferentes clases de clientes, y cómo continuar el contacto con ellos una vez establecido, o cómo cortar con él causando el menor trauma posible, evitando toda dependencia emocional. Incidir sobre todo en la condición terapéutica de la prostitución. Cómo hacer que se sinceren, si ése es su deseo, y determinar sus carencias para suplirlas y tratarlas. Por ejemplo, una parte de dicha asignatura sería psicología familiar y de pareja, para aconsejar en caso de que el cliente tenga demanda de guía en ese sentido.

Salud física: anatomía general en cierta profundidad, que no se distinguiría mucho de la dada en medicina de primero. Fisioterapia: masajes en diferentes grados y necesidades. Anatomía genital especializada: zonas erógenas, estimulación o inhibición, tratamiento de sensibilidades y de posibles taras. Aquí entraría la vertiente de servicios BDSM, no exenta de polémica: cómo atar al cliente (bondage), cómo ejercer la dominación y la sumisión (este apartado creo que se daría más en las asignaturas de Psicología y Psicología social, descritas anteriormente), diferentes técnicas y estilos de BDSM, tanto exóticas (mayormente japonesas) como occidentales… Primeros auxilios, y segundos y terceros también. Anticonceptivos, tratamiento, métodos, aplicaciones. Enfermedades de transmisión sexual, tratamientos, remedios, prevención. Aborto: visión objetiva de los pros y los contras. Lo más exhaustivo y minucioso que se pueda.

Baile y danza: baile en pareja, diferentes tipos; danza corporal, estilos e historia: pole-dance, danza del vientre, danza en grupo; danzas de extremo oriente, danzas religiosas de oriente medio, diferentes escuelas de danza; ballet básico, atrezzo o equipamientos. Ejercicios de pasarela, equitación, patinaje sobre hielo, natación.

Defensa personal avanzada: dominar una o dos artes marciales adecuados a un físico débil a un grado o “dan” adecuado. Manejo de armas blancas y de armas pequeñas de fuego: licencias, legalidades, incompatibilidades…

Excuso decir que con lo mencionado en los dos párrafos anteriores, no hace falta añadir la gimnasia de mantenimiento y conservación de la figura, pues el entrenamiento habitual ya bastaría para moldear espléndidamente la silueta femenina.

Comportamiento en sociedad, modales, cortesías y costumbres; elegancia, estética, refinamiento, cultivo del buen gusto; teatro, expresiones corporales y comunicación visual; moda en el vestir, tanto masculina como femenina, tendencias, incluso diseño; maquillaje, peluquería, cosmética.

Cocina en general y cocina afrodisíaca; recetas, presentación, ingredientes, efectos y contraindicaciones.

Música, canto, dominar algún instrumento musical de compañía (instrumento portátil y con notas relajantes: violín, flauta, guitarra…).

Idiomas: inglés, alemán, ruso o chino mandarín. Dependiendo de las tendencias y el futuro del mercado donde se vaya a ejercer.

Derecho: laborales, sociales y civiles; jurisprudencia en la prostitución, asistencia por parte de las fuerzas del orden, obligaciones y contraprestaciones. Asociación, regulación y bases.

Economía: constitución de empresas o de cooperativas. Seguridad social, impuestos. Créditos bancarios, intereses, beneficios, creación y reparto de riqueza, plazos…

Historia general, poniendo especial énfasis en el papel de la mujer. No como un valor central, sino desde un enfoque de complemento, el que yo mismo he mencionado en el post anterior. La dificultad estribaría en el contraste de los hechos históricos, debido a la poca documentación disponible al respecto…

¿Es mucha materia? Sí, claro. Pero el régimen intensivo típico de la universidad daría para eso. No sería muy diferente de una carrera de ingeniería o de ciencias.tumblr_molxeecWOK1s6zt76o1_500

El fin de todo esto es cómo hacer que un cliente, presumiblemente hombre, se sienta a gusto en manos de una prostituta cualificada, colegiada y con sus correspondientes garantías profesionales. ¿Si le pide un masaje? Reconocer a los primeros toques qué tipo de masaje necesita. ¿Si le pide una danza en la intimidad? Cómo encandilarlo. ¿Salir en sociedad? Cómo no desentonar y encajar, sea el ambiente que sea. ¿Una puesta en escena previa tocando un instrumento musical? Adelante, está cualificada.

Quizá éste no sea el modo adecuado de presentar y sugerir la idea, porque esquematizarlo así es típico de la sociedad actual, un “valor masculino” que habría que compensar añadiendo un poco de… no sé, de alma, de ternura, de cuidado… que podría dar una visión distinta y más atractiva a los ojos de la sociedad occidental, sorteando así las objeciones, rigideces, intolerancias y rechazos… “Sortear” es una metáfora con una imponente parte femenina: no oponerse de forma frontal y directa al obstáculo y medirse con él, como lo haría un ente masculino, sino rodearlo con habilidad, haciéndole frente sin minusvalorarlo, pero usando diferentes tácticas para pasarlo y seguir adelante.

¿Y el prestigio, mencionado antes como de tapadillo…? Los comienzos serían dificilísimos. El profesorado tendría que tener no sólo conocimiento probado en las materias a impartir, sino también personalidad y vida social a prueba de bomba (creo que nunca mejor dicho…). Las pioneras, las primeras licenciadas de esa carrera, estarían acosadas, señaladas públicamente, degradadas… La perspectiva no es nada alentadora, pero tampoco lo fueron las de los alumnos negros en los USA de los años 50 y 60 del siglo pasado, y sin embargo, se logró acabar con la segregación racial, hasta cierto punto, claro, que eso no desaparece así como así.

No obstante, aquí me atrevo a mencionar otra consecuencia histórica que, creo, y con las debidas salvedades, se da en la actualidad. En el antiguo bloque soviético, uno de los objetivos que fomentaban en las mujeres, en su educación y enseñanza, era el prestigio que daba ser bailarina de ballet. Niñas que desde poco después de aprender a andar, empezaban a danzar, auspiciadas por el entorno (propaganda intensa, sociedad burocrática cuasi-militarizada, cultura y valores de escasez de recursos) y por las madres, que de algún modo preservaban el arte poniendo música clásica en sus hogares, que lo mejor para sus hijas, en aquellos momentos, era entrar en una escuela de ballet. Y se esforzaban, entrenaban muy duro, día a día, para poder realizarse como bailarinas… Aunque sólo unas pocas eran elegidas, no era impedimento para que una cantidad ingente de jovencitas de clase media siguieran intentándolo. Consecuencia: muchas jóvenes de los países del antiguo Pacto de Varsovia son ahora auténticos monumentos femeninos, de belleza corporal atractiva y armoniosa, con movimientos elegantes y naturales en ellas. Nada que ver con la mayoría de sus homónimas occidentales, acomodadas, torpes, sedentarias, con poca o ninguna gracia en movimientos, gustos cuestionables en el vestir, espontaneidad y feminidad mal entendidas, educadas en valores masculinos: compitiendo con el hombre en sus mismos puestos, niveles y actitudes, como ya he mencionado en la primera parte. Por desgracia, esos conceptos occidentales han ido colándose poco a poco en la mentalidad de dichos países desde la caída del muro de Berlín, sin apenas contrarrestarlos en el seno de las familias, dados los niveles de supervivencia que sufren en la actualidad, con la corrupción, el nepotismo y el capitalismo desaforado que imperan sobre ellos.

 

(Dedico este post con cariño a María, la de los secretos)

domingo, 16 de febrero de 2014

Carmín y cera (3)

(episodio anterior)

Se fijó en las uñas de los pies y de las manos, bonitas y cuidadas, pero sin pintar, y miró alrededor, a ver si localizaba algún neceser más o menos al alcance, como indirecta. Nada. Ya puestos, no vio aceites para masaje, ni toallas, ni artículos de limpieza, ni nada que le sugiriera algún curso de acción.

-¿Y bien?

-¿Que… qué desea que haga, Señora?

-Más iniciativas acerca de lo que te inspiro. –Arturo se aproximó de nuevo al pie que tenía delante, pero ella lo apartó. –No repitas. Iniciativas nuevas. Más ideas.

Arturo respiró hondo y cerró los ojos, buscando en su interior. Al no encontrar nada que se le antojara válido, la sensación de bloqueo empezó a invadirle con rapidez. Se relajó, respiró hondo, y pensó en ella, en su voz, en su manera de moverse, de vestirse, de hablar, de mirar. En las partes de su portentoso cuerpo que le mostraba. Y aunque el cuadro era para estar mucho rato en actitud contemplativa combatiendo gustosamente el ardiente deseo que se manifestaba en una erección que había nacido y se mantenía sin toque alguno, aquél no era el momento. Abrió los ojos y los fijó en los de Estrella, casi suplicantes, temiendo no pasar la imaginaria prueba.

Y entonces lo vio. En uno de los bolsillos de la bata que vestía ella asomaba tímidamente una puntita, pero brilló como clavo al rojo en la oscuridad que se cernía sobre él. Alzó la mano despacito, como pidiendo permiso. Su silencio y quietud le parecieron respuesta suficiente, pero mantuvo el ritmo. Tomó la punta que asomaba y con delicadeza tiró de ella. Logró evitar sonreír de triunfo con mucho esfuerzo.

Era una tela blanca de satén lo suficientemente grande como para llevar a cabo la idea que había tenido. Lo extendió sobre la mesa y lo arrolló en sí mismo desde una esquina, formando una venda, y con ella se tapó los ojos y la anudó tras la cabeza. A pesar de los resquicios que inevitablemente le llegaban desde abajo, cerró los ojos y esperó.

Mientras tanto, Estrella sonreía abiertamente, pero con algo de tristeza. Parecía haber llegado a una conclusión. Se incorporó, tomó el cinturón que pendía del cuello de él, se lo quitó, y doblándolo sobre sí mismo, lo chascó escandalosamente.

Arturo se estremeció, conteniendo la respiración un instante. Otro chasquido desde otra dirección, otro sobresalto. Arturo giró la cabeza.

Estrella se había levantado y caminaba hacia una estantería. De ahí sacó un mechero y una vela. Se acercó a espaldas de Arturo y prendió fuego a la vela. La inclinó un poco sobre el hombro.

La primera gota tardó un poco en causar efecto en Arturo, que reprimió un quejido y el reflejo de apartarse. Otra gota cayó sobre el otro hombro. Giró la cabeza.

Cuatro gotas más tarde, ella apagó la vela. En su cara, en sus ojos, asomaban una resolución. Respiró hondo y haciendo sonar adrede los pasos con lentitud y parsimonia, se alejó a una puerta, entrando y cerrando tras de sí.

Arturo aguardaba expectante. Las manos quietas, la cera fría, la piel perlada de sudor, la respiración superficial, entrecortada. La erección había remitido por completo.

Al cabo de un rato, Estrella entró de nuevo en el salón.

-Quítate la venda.

Arturo se la quitó despacio, y vio cómo Estrella se acercaba de nuevo al tresillo y se sentaba en él. Se quedó con los ojos muy abiertos mientras miraba cómo se servía un vaso de agua. Un torrente imparable de pensamientos, conclusiones y sensaciones se desató en su fuero interno.

 

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(episodio siguiente)

miércoles, 12 de febrero de 2014

Masculinización de la mujer.

 El hombre vence; la mujer convence.

O algo parecido debería ser.

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Hace ya mucho tiempo, en un encuentro con una querida amiga (al final de todo esto le dejo un mensaje, a ver si…), le referí la anécdota de la carta que le mandé a un alto directivo de una empresa en la que trabajé. Me exhibí ante ella, le hice partícipe de mi fuerza expresiva, avasallante, sin pelos en la lengua, etc., que causó una breve respuesta final de disculpas en el susodicho mandamás. Quería demostrarle a ella que, incluso desde donde estaba, casi con el agua al cuello y subiendo, podía doblegar la rodilla a quien estaba en lo más alto, si se me ponía a tiro. Típica actitud del macho virilizado que intenta impresionar a una mujer.

Pero ella, tras satisfacer mi ego, intentó hacerme reflexionar. Intentó hacerme ver que, a pesar de tener razón, existen otras formas de conseguir las cosas. Ella habría optado por la sutilidad, la indirecta, la cooperación, el reconocimiento, incluso la adulación… para dejar abierta la remota posibilidad de volver a trabajar en esa empresa. Algo que por entonces me despertaba arcadas, y que aún ahora me sigue despertando… pero un poquito menos.

No obstante, ahí quedó la idea. Algún tiempo después, rememorando esa conversación, reconocí que tenía razón. No con la empresa en sí, sino con otros objetivos. Y recordé el papel de la mujer en la Historia de la humanidad, vinculándolo a esa conversación.

La conclusión a la que llegué es que, tradicionalmente, la mujer suele ocupar un falso segundo plano en la toma de decisiones, tanto grandes, que cambiaban el curso de dicha Historia, como pequeñas, en el marco cotidiano de la vida diaria. Y digo falso porque ésa es la sensación que resulta de una observación rápida y superficial, que es así como se suele repasar académicamente la Historia. Batallas, conquistas, revoluciones y otros hechos abruptos protagonizadas por hombres. Antes de la era moderna, los descubrimientos eran cosa de hombres. El arte era cosa de hombres, sobre todo escultura y pintura. Literatura, excepto alguna que otra poetisa griega clásica, predomina el sexo masculino.

Pero… creo que si se escudriñara la influencia de la mujer como ente propio independiente y casi opuesto al hombre, nos llevaríamos muchísimas sorpresas… inspiración, espíritu de sacrificio, perseverancia voluntaria, disciplina amable… ahí creo que el mérito correría más a cargo de figuras femeninas anónimas a las que la Historia ha metido entre las sombras… muy a nuestro pesar.

Y también en el día a día. Suele ser habitual el hombre que convive con una mujer que, cuando desaparece de su lado, entonces se le revela el valor que suponía su presencia y compañía. Y debe hacer gala de entereza para sobrellevar el subsiguiente vacío.

El legado resultante es una sociedad competitiva, en donde se sobrevive con valores mayoritariamente masculinos, a la postre destructivos, dominantes, desprovistos de empatía, compasión y sensibilidad.

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Las mujeres que triunfan hoy en día lo hacen en su mayor parte gracias a adoptar esos valores como propios, lo que creo es un error, y de proporciones catastróficas. Para ejemplo paradójico, el obligar a los hombres a aceptar que las mujeres son sus iguales con métodos de choque frontal, cuasi ultimátums, típicamente masculinos.

Y entre otras consecuencias, eso hace que para el hombre de ahora que cesa la convivencia con una mujer, ésta cada vez sea menos una mujer y más un “espejo”, con sus mismos atributos psicológicos y educativos, y por tanto la separación sea probablemente menos traumática.

Creo que la mujer debe basar su “fuerza” en la negociación, la mesura, en tener mano izquierda en situaciones delicadas, sobredosis de paciencia, mezclar dulzura y firmeza según convenga, usar el tacto y la amabilidad, el pragmatismo, en conseguir términos justos y equilibrios duraderos para ambos o más bandos aparentemente irreconciliables… quitando bastante importancia a la autoría y reconocimiento de resultados, los méritos finales, algo típico del hombre.

No digo con esto que la mujer sea perfecta, ni mucho menos. Hay especímenes por ahí en las que no confiaría ni aunque me fuera la vida en ello.

Pero… no puedo evitar pensar que es por culpa de dicha masculinización. Que de haber fomentado otros valores, los que las mujeres traerían “de serie” (con las típicas excepciones por pura estadística), las cosas habrían sido muy distintas ahora, y me atrevo a afirmar, mejores.

¿Que habrían mujeres que abusan? Sí. ¿Que habrían injusticias que clamarían al cielo? También. Me baso en dichas probabilidades, que dicen que de todo habría, buenas y malas, capaces y tontas del bote, superdotadas y negadas, altruistas y egoístas… Pero, ¿madres? Eso sólo pueden serlo las mujeres. Y aunque hayan mujeres que no puedan o no quieran ser madres, no podrían evitar la empatía osmótica por el simple trato diario con mujeres que sí son madres, contagiando y dejándose llevar… Tampoco afirmo que no habrían madres malvadas que no merecen serlo, pero en el ambiente adecuado, con la educación y los recursos que habrían previamente disponibles para toda madre por el mero hecho de serlo, me parece a mí que pocas probabilidades habrían de que su maldad saliera a flote.

Otra consecuencia de dicha “igualdad” creo que es la potente industria basada en el desnudo erótico femenino: “mi cuerpo, mis normas”. Aquí no tengo nada claro qué es lo mejor para todos… Por ejemplo, el pudor es ahora un recurso que el que esté en la actualidad muy depauperado ocasiona que reste credibilidad a las mujeres como colectivo. Y como éste, otros valores en igual estado, provocan que se las estigmatice con tópicos y minimizando su fuerza social, o peor, pervirtiéndola, haciendo que provoquen reacciones viscerales en términos masculinos (otra vez el ejemplo de “igualdad de sexos” en forma de ultimátum con exhibición de fuerza bruta).

Por desgracia, uno de esos tópicos, quizás el más enraizado, es la manipulación del hombre por parte de la mujer, sobre todo a nivel doméstico, con muchas víctimas institucionales en la actualidad. Algo que a muchas mujeres les cuesta decir que no.

viernes, 7 de febrero de 2014

Carmín y cera (2).

(episodio anterior)

El joven llamó tímidamente a la puerta. La mujer abrió.

-Hola, Estrella…

-Hola, Arturo. Adelante, pasa. –Le franqueó el paso y cerró tras él.

Le quitó la chaqueta y la colgó de un perchero en el armario. El joven aguardó, y después la siguió al salón.

Espacioso, iluminado, con muebles de diseño que inspiraban un aire elegante y acogedor. Se sentaron en el tresillo. La mujer señaló la mesilla central, donde aguardaba una bandejita con bombones y gominolas, y una jarra de agua con dos vasos.

-Sírvete si quieres.

Arturo negó con un gesto, permaneciendo con las manos juntas, en actitud recogida y mirada baja. Estrella, en cambio, estaba recostada de medio lado, con la bata entreabierta luciendo buena parte de su portentosa pierna. Ambos aguardaban. Él contrito, ella con media sonrisa y mirada directa.

-He… he visto abajo en el buzón que su nombre no es Estrella, sino…

-Chisst. Estrella –dijo ella, posando el dedo índice en sus labios. –Para ti, Estrella.

-Sí, señora.

-Yo a ti, en cambio, te llamaré de varios nombres, dependiendo de mi humor. Bien. –se repantigó otra vez. –¿Qué te inspiro?

-Pues…

-En hechos.

Arturo tardó un poco en reaccionar. Se escurrió al suelo despacito y se postró en un ovillo ante sus pies. Agachó la cabeza para llegar al pie que posaba en el suelo, y empezó a cubrir de besos el empeine de satén blanco. Estuvo así un rato, hasta que notó que ella balanceaba el pie que tenía en el aire. Se enderezó un poco y lo atendió durante un buen rato. De vez en cuando lanzaba miradas furtivas a la cara de Estrella, que permanecía inmutable.

-Más hechos.

Arturo se desconcertó un poco por su frialdad. Pensó un instante y se giró hacia la mesita. Escanció un vaso de agua, y cogiéndolo del platillo, se lo acercó a Estrella. Ésta sólo sonrió levemente mientras tomaba el vaso. Bebió un poco y lo volvió a dejar, tomando una servilleta del cubo que Arturo le había aproximado, solícito. Tras dejar ambos platos, hizo lo mismo con el elegante servicio de dulces para invitados.

Un gesto de ella con la mano, mientras masticaba despacito y sinuosamente. Arturo, con la receptividad abriéndose por biombos tirados, creyó entender. Se enderezó, poniéndose en pie, y se desnudó por completo, pendiente de ella, por si se equivocaba de intención. Primero la camisa, después los zapatos, los calcetines, los pantalones y el slip. Intentó hacerlo despacio y manteniendo el ritmo, pero algún que otro requiebro y fallo delataban su nerviosismo.

Cuando iba a arrodillarse de nuevo, ella repitió el gesto. Arturo se quedó desconcertado, y miró a su alrededor. Ya lo estaba de antes, por su aparente falta de respuesta durante su desnudo. Detuvo sus ojos en los pantalones y se le encendió otra bombilla, o se le derrumbó otro biombo. Con cierta prisa, los cogió y desenfundó el cinturón. Formó un lazo con él y se lo colocó al cuello, arrodillándose ante ella y dejando el extremo suelto cerca de su mano.

Pero ella no movía un músculo. Sólo miraba, sin alterar sus armoniosos y atractivos rasgos faciales.

Arturo se aproximó otra vez al pie que ella mantenía en el aire, y pasó sus labios por el empeine de la elegante zapatilla.

Otro gesto de ella similar a los anteriores le hizo apartarse un poco y respirar profundamente, mirando en todas direcciones, intentando adivinar qué quería ella, qué podía hacer, qué esperaba… y se fijó en su mano derecha. Inerte, apoyada sobre la almohada, era muy bonita: uñas arregladas, dorso satinado con venas apenas marcadas, sin anillos, dedos estilizados pero sin marcaje de nudillos… La cogió con timidez y despacito, muy despacito, se acarició con ella la cabeza: cuero cabelludo, frente, barba… pero reincidía mucho en las mejillas, pasándose el dorso y la palma constantemente por ambas. Cerraba los ojos y se los tapaba con el dorso, acariciándose los párpados con suavidad.

-Más hechos –dijo ella de repente, rescatando su mano.

Arturo se quedó un poco paralizado, como un niño al que le quitan su juguete recién preferido y lo colocan otra vez en un largo estante para elegir. Miró de reojo a la cara de Estrella, y creyó divisar algo distinto, pero no lo pudo confirmar. Respiró hondo. Hizo ademán de tomar otra vez el vaso, pero se detuvo ante el leve vaivén negador de Estrella. Lo mismo para la bandejita de dulces. Cuando se reclinó hacia su pie suspendido en el aire, ella lo retiró. Arturo no sabía qué hacer…

 

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(episodio siguiente)

jueves, 6 de febrero de 2014

Lo siento, no tengo nada más.

 

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En algunas ocasiones en que la química del cuerpo me “tira” en una dirección, creo que esto es lo más valioso que puedo dar.