miércoles, 30 de abril de 2014

Maldito sea el orgasmo.

Sí. Maldito sea.

Porque invalida casi todo lo demás.

Porque agota y paraliza por completo a quien lo tiene.

Porque se convierte en objetivo a conseguir por encima de cualquier otro.

Porque es marca de calidad a exigir en toda relación íntima.

Porque rompe y destruye la armonía del momento.

Porque determina el fin de una etapa a partir de la cual suele ir todo cuesta abajo.

Porque es discriminatorio, caótico y desordenado.

Porque es un sumidero oscuro de inspiraciones trabajosamente cultivadas.

Porque arrambla con todo de golpe dejándolo como si hubiese pasado un huracán.

Porque despoja de detalles a las ideas centrales dejándolas en los huesos.

Porque marca un límite a intentar batir constantemente, cueste lo que cueste.

Porque su falta tras un largo esfuerzo físico intentando que venga deja un vacío mental difícil de llenar.

Porque es sinónimo de satisfacción científica y sin embargo no se puede dosificar ni medir.

Porque es objeto de comercio tasable y con impuestos.

Porque se usa como arma de guerra.

Porque implica ir a toda velocidad, al máximo poder explosivo y a las más altas temperaturas, e invalida metafóricamente todas las demás sensaciones.

Porque es denso, vertiginoso, fugaz, incontrolable y corrosivo.

Porque es tabú en muchos sitios y ambientes, y como tal no se enseña nada sobre él, pillando a todos desprevenidos en su primera vez, pese a estar en la mente de todo ser vivo del reino animal.

Porque es egoísta e insolidario.

Porque su escasez o sobreabundancia conlleva la obsesión y la desesperación, y en contados casos, la locura.

Porque es fuente de toda clase de conflictos, tanto personales, como de pareja, como sociales. Causa última de ruinas económicas y de prestigio, y base indirecta de muchas manipulaciones o chantajes.

Porque nombrarlo en casi cualquier circunstancia queda feo, y sin embargo, se tiende a él.

Porque artísticamente es casi imposible de representar y transmitir.

Porque tiene poderosos vínculos químicos con el dolor, la agonía y la muerte.

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jueves, 24 de abril de 2014

Iconos cálidos: Promethea (A. Moore-J.H.Williams III)

En una de mis anteriores entradas usé esta imagen:

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para realzar lo que intentaba transmitir. Y pienso si no habré hecho mal, dejándome llevar por mi faceta friki-devoradora de tebeos…

En aquel momento no me importó. Tuve en mente algo parecido a esta entrada que hoy publico. Para mí “Promethea”, de A. Moore al guión y J. H. Williams III al dibujo, es una pequeña obra maestra que representa lo que debería ser el espíritu femenino en la modernidad.

Una guerrera de origen antiguo y místico, sabia, poderosa, casi omnipotente (de hecho su último número es una despedida en tono épico que implosiona en denso embudo todas las creaciones de A. Moore en su línea editorial ABC antes de dar el cerrojazo y retirarse para siempre de este mundillo), con sus fallos, dudas, periplo de aprendizaje y descubrimientos, batallas y acción como todo tebeo que se precie, donde uno de sus fines es entretener… um…  creo que estoy equivocado con respecto a la idea que tenía en mente…

Así que sin más, paso a…

¡Promethea! Ya simplemente el nombre, elegante, sonoro, rotundo, evoca un mito clásico lleno de energía, fatalidad y tragedia.

¡Promethea! Donde la mujer ocupa el lugar que le debería corresponder si fueran ellas quienes mandaran en el mundo actual. Y que en esto se hayan empeñado hombres es casi de manual.

¡Promethea! Donde la magia es una dimensión, no una estafa. La astrología es un estudio sobre el pasado, no sobre el futuro. Los símbolos son aquello que el observador quiere que signifiquen, no algo dañino ni destructivo.

¡Promethea! La guerrera, la madre, la amante, la novia, la amiga, la hija, la abuela, todas en una… y una en todas. Pues no tiene problema en reconocerse a sí misma en varias guerreras sabiamente manifestadas a la vez, y luchar todas juntas contra una amenaza múltiple en forma de invasión. E incluso luchar contra sí misma, provocando una tensión en el lector que se verá satisfactoriamente resuelta conforme transcurra la acción.

¡Promethea! La de los colores caleidoscópicos, la de las páginas como escenarios barrocos de teatro secuencial que cambian de una a la siguiente, la de los interminables viajes de búsqueda en dimensiones oníricas. El hiperrealismo también cabe ahí, un número donde las protagonistas se tornan de carne y hueso, modelos fotografiados y trasladados a fondos que siguen conmoviendo visualmente.

¡Promethea! La escurridiza mensajera a la que los poderes establecidos intentan eliminar por la amenaza que supone para el sistema.

¡Promethea! La luz, la piedad, la sensibilidad, la fuerza, el cariño, el aguante, el sexo, el humor, la sabiduría, la sugerencia, la belleza, el perdón, la dulzura… todos ellos valores que los autores hilvanan sin apenas ningún chirrido.

¡Promethea! Donde una mujer del montón, gorda, antipática, vieja y solitaria tiene su papel fundamental en el transcurso de la obra.

¡Promethea! La maldad mística tiene su lugar y es encajada con toda elegancia inesperada en el argumento central, sin alharacas ni aspavientos exagerados. Incluso con un punto de humor y cariño.

¡Promethea! En la que tienen lugar la virgen María y Cristo crucificado, hasta Babalion, la lujuria hecha mujer, y los demonios del Apocalipsis. Y tendría cabida el BDSM, de no ser porque ya sería demasiado explícito…

¡Promethea! Si algún día osan hacer una película sobre ella, al estilo de “V de Vendetta”, “Watchmen” y “La liga de los caballeros extraordinarios”, por citar ejemplos de flagrantes bodrios consumistas basadas en obras maestras del mismo escritor, juro que despotricaré hasta quedarme sin dedos contra ese nuevo intento. Afortunadamente y de momento, no creo que caiga la breva. Porque sería como “Matrix”, pero en dirección opuesta y con efectos especiales elevados a la n-ésima potencia… como mínimo.

¡Promethea! La que va y viene de otra dimensión de nombre igualmente evocador, poderoso y bullente: la Inmateria. Donde la energía se puede tocar y la materia sólida se puede moldear. La Inmateria, donde vamos todos cuando dormimos. La Inmateria, donde los poderosos a este lado de la frontera allí son apenas un escupitajo en una oscura acera. La Inmateria, donde los niños son sus grandes adalides, los amantes insatisfechos buscan y encuentran cuerpos que se amolden a sus necesidades, los ancianos guardan y viven sus recuerdos, y los muertos tienen el lugar que les corresponde. ¡La Inmateria!

Ojalá viniera Promethea a por mí y me llevara con ella… no, espera… ya ha venido, ha dejado su impronta imborrable en mi recuerdo y mi cuerpo, y se ha ido para siempre, con el firme propósito de no volver más, a pesar de tener frágiles hilos que todavía me pueden comunicar con ella, y de los que penden una esperanza de reencuentro cada vez más ajada, más reseca, más disminuida, pero que aún respira…

Y como uno más de una serie de artistas menores que a lo largo de la Historia se pierden al obsesionarse con Promethea y acaban en grandes tragedias, yo también tengo mi pequeña tragedia…

domingo, 20 de abril de 2014

Volúmenes no percibidos.

Desde hace meses, tengo en el escritorio de mi ordenador la siguiente imagen:

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que tomé después de ver varias veces “El reino de los cielos” en mi ordenador. Digo varias veces, seguidas y no seguidas, para separar el grano de la paja, lo valioso de lo trivial, lo que realmente me conmueve de lo tópico o previsible. Y ésta es una de las imágenes que más eco despiertan en mí. Despertaban.

Porque hoy, domingo 20 de abril de 2014, un amigo me ha propuesto ir a visitar una exposición permanente en mi ciudad sobre Pablo Gargallo, en el museo del mismo nombre. Y tras ver muchas esculturas seguidas suyas, desde diferentes puntos de vista, con la guía de mi amigo, que me abrió los ojos mientras las veía (diferenciar “formas” o “siluetas” de “volúmenes”, aplicar los conceptos “convexo” y “cóncavo” en sus obras, entre otros trucos visuales para percibir lo que transmite ese escultor), se me ha quedado una “inercia retinal” que, al llegar a casa y ponerme ante el ordenador recién encendido, ha hecho que percibiera la anterior imagen de otra forma.

En principio, la había tomado por la máscara, sus trabajadas filigranas, sus proporciones elegantes y correctas, realzadas por los brillos metálicos y la fina cota de malla que hace de pelo, el foco desde el que está tomada… Todo ello me transmite una armonía que… bueno, no descubro el oro y el moro con esto a nadie, es sólo lo que me transmite a mí: delicada y rotunda, fragilidad y orgullo sano, artesanía elaborada mezclada con crudeza y resignación bien llevada…

Pero, como decía, hoy he descubierto un volumen en su mirada. Una enorme tristeza, que se desparrama incontenible sobre todo lo que tiene delante, una tristeza serena y resuelta, pero a la vez, esperanzada… Claro que esto lo he visto en la imagen a pantalla completa. En pequeño como he enlazado aquí, quizás no se aprecie mucho…

Es inevitable tomar el contexto en el que se desarrolla la escena de la película de la imagen. No obstante, tras tanto tiempo llevándola de fondo de escritorio en mi ordenador, he logrado separar ambas cosas. De ahí este añadido que he aportado hoy, que no tiene nada que ver con la película.

martes, 1 de abril de 2014

Lecturas colaterales y harina de sueños.

Pompeya de aluminio, que has batallado contra el acero candente, ruega por nosotros.

Ladrillo encima de ladrillo, Hércules detrás de Héracles, hombre debajo de mujer, y seno al lado de la luna, rogad todos por nosotros.

Mondadientes, ven y escarba las onzas de platino que quedaron de la hambruna de ayer. Pero antes, ruega por nosotros.

Dragoncete achaparrado, durmiendo en forma de cenicero con sonrisa satisfecha incluida, ruega por nosotros.

Fantasía y superstición puras hechas ciencias exactas con las que se basan muchas reglas sociales de vida o muerte, rogad por nosotros.

Conchas insulsas, insultos vacuos, monstruos de feria vacíos que se llenan de ambas cosas, largaos todos de aquí a la chita callando, u os machaco con una lima del veinticinco.

Babas electrónicas, base de toda vida, base de toda comunicación, íntima o pública, no os deforméis más en la base de mi cerebro, y reformaos conforme a la vida que estoy intentando llevar.

¿Por qué las jaulas están ahí enjauladas sin poder salir al mundo a gritar que están ahí? Porque los barrotes que las contienen son los más duros del mundo: los del autoconvencimiento de su inutilidad.

¿Por qué las bellísimas siluetas tantálicas responden constantemente a mis continuas llamadas, pero en cuanto avanzo la mano, éstas se difuminan y desaparecen? Porque están hechas de la inmateria de los sueños.

 

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