viernes, 26 de junio de 2015

El niño buzo.

El hombre y la mujer se dejaron llevar un momento por la sensación de ingravidez, pero eso bastó para que el niño se alejara lo suficiente de ellos. Cuando la madre abrió los ojos, creyó haber visto mal, y volvió a cerrarlos y abrirlos repetidamente. Al entrar la evidencia con la fuerza de un puñetazo directo, los abrió desmesuradamente y braceó, llamando la atención del hombre, quien también se dio la vuelta y parpadeó, centrando la vista entre las burbujas. En cuanto vio lo que era, se dejó llevar por el instinto y tendió el brazo hacia la mujer, impidiendo su paso.

Una gigantesca sombra se había perfilado de entre las difusas del fondo, acercándose despacio al niño, que se había quedado quieto. El cachalote se movía majestuosamente, procurando no formar muchos remolinos, como captando la fragilidad del diminuto ser que tenía cerca. Tanto fue así, que con la ausencia del más mínimo aleteo, el cachalote fue tomando una postura cada vez más vertical, a pesar de las incomodidades y molestias que ello le supondría. Las enormes aletas traseras se hundían en la oscuridad, y la mole cuadrada de la cabeza fue cerniéndose sobre el niño.

Éste sólo movía pies y manos para mantenerse quieto, compensando las corrientes que desplazaban aquel volumen.

El cachalote se tornó un poco de lado, lo suficiente como para que el niño estuviera en su limitado campo de visión. Una aleta pasó muy cerca, casi tocándolo, y terminó dándose la vuelta y con un aletazo vigoroso y muy pausado, se volvió al fondo del mar.

El niño no se resistió al potente rebufo, pero sí controló, con una milagrosa sabiduría recién adquirida, la distancia, las fuerzas y la vertical, regresando con sus padres tranquilamente.

Subieron a la barca y retornaron a la playa. Guardaron un intenso silencio, respetando los ecos que había despertado la experiencia en el basto libro blanco que era la mente de su hijo. Éste permanecía abrazado a sus rodillas, agarrado a la borda, la mirada perdida en el recién iniciado crepúsculo del horizonte marino.

Llegaron a tierra, aseguraron la lancha y se encaminaron a la casa, portando los enseres que habían usado durante el día.

El niño se fue enseguida a la cama, nada más cenar. Los padres seguían guardando silencio, incluso al repartirse las tareas. Eran generosos y colaboraban abiertamente, pero esa noche era especial. Trataban de imaginar el alcance, la dimensión, la energía cautivadora que el niño había captado y que anidaba en su cabeza, run-rún todo el rato con el océano inabarcable que tenían ahí al lado, y del cual habían tenido una muestra casual de su poderío.

Al día siguiente, el niño no estaba en su cama. El padre salió a buscarlo, y siguiendo su instinto, se acercó a unas rocas que estaban a un tiro de piedra de la casa. Asomó en un pequeño claro, y allí estaba el niño, sentado con las piernas cruzadas, encogido ante una enorme roca que semejaba la cabeza de un cachalote. No movió la cabeza cuando se la acarició, sentándose a su lado y contemplando con él el significado de aquella vista.

Un rato después, ambos se levantaron y volvieron a la casa, desayunaron y el niño se puso a hacer sus deberes. La madre se percató de que estaba más centrado y tranquilo de lo habitual, con lo cual terminaron antes, y en cuanto le dio permiso, salió y no se le volvió a ver hasta la comida. Por si acaso, el padre se pasó un par de veces, y lo vio fijo e inmóvil bajo la roca.

Por la tarde, el niño no se opuso en absoluto a la excursión que tenían planeada tierra adentro. Se dejaba llevar, pero sus padres ya sabían dónde estaba su mente. Nada le distraía, ni los requerimientos de sus amiguitos, que querían jugar con él, ni las preguntas de los padres a éste y a sus padres. Marinos muchos de ellos, captaron al instante lo que estaba pasando y respetaron la poderosa inercia del niño.

Volvieron a casa, y antes de cenar, el niño se acercó otra vez a la roca, apurando el tiempo ante ella. Se fue a la cama enseguida, pero el padre guardó vela en el piso de abajo, intuyendo algo que se hizo realidad.

En efecto, el niño se había levantado en medio de la noche y se había puesto una bata, había cogido una manta y una linterna. Salió de la casa en silencio y se fue a la roca. Allí se acostó hecho un ovillo contra la base, y se durmió.

El padre, guardando la distancia, creyó ver a la roca inclinarse un poco sobre el niño, y también se quedó allí, velando el sueño de su hijo.

 

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