miércoles, 30 de diciembre de 2015

Cafetera rota.

Un día la cafetera dejó de funcionar. En silencio, a la chita callando. Echo el agua, pongo la mezcla prensada en la cazoleta, coloco la taza, activo el aparato, se enciende el piloto y me dedico a otras cosas. Pero pasa el tiempo, pasa el tiempo y no se oye el típico silbido, ni se extiende el intenso olor del café recién hecho.

Lo apago, lo enciendo y nada.

Resignación. Quizá no sea nada, quizá tenga arreglo…

La desmonto, miro lo que hay que mirar, y tras unas mediciones, decido que no tiene arreglo.



El problema está en la resistencia calefactora que calienta el agua y que está “dentro” de la pieza de aluminio fundido que es todo el recipiente, atornillado a la espita también de aluminio fundido que guía el vapor hacia la cazoleta conteniendo la moltura. Por tanto, no se puede abrir si no es con una sierra y echando todo a perder. Si fuera una resistencia independiente, atornillada al vaso en vez de “hacer cuerpo” con él, hubiera mirado de sustituirla, aunque fuera con otro modelo de componente, que dudo encontraría a la venta. También si el fallo estuviera en los dos componentes de seguridad que detectan temperatura y sobrecarga, aún tendría solución, una sustitución de dichos sensores y listo.

Pero no. Toda la cafetera convertida en chatarra desmontada.

En fin. La llevo a un punto limpio y me acerco a comprar otra a una cadena de supermercados.

Desisto al ver los precios y los modelos en que se basan su funcionamiento, sin convencerme ninguno. No dudo de la calidad final del café que sale, pero está un poco fuera de mi presupuesto, tanto del aparato en sí como de los consumibles preparados post-venta.

Intento mantener el ritmo, el impulso, el ímpetu, el optimismo, las ganas de hacer cosas, preservar el naciente hábito, pero… poco a poco el cansancio, el desánimo, la inercia se van abriendo paso…

Todo esto pasó hace dos meses. Mi hermana me regaló otra cafetera que no emplea. La monto en mi casa, y funciona, ya tengo café otra vez. Aunque la técnica sea ligeramente diferente: en la antigua echaba el agua exacta y me olvidaba, volviendo después al rato indefinido. En ésta debo llenar un gran depósito interno, casi 1 litro de agua, y vigilar cuánto café sale. En la antigua cabía más moltura en la cazoleta, tres o cuatro tazas. En ésta dos, y escasas. En la antigua el vapor salía con mucha más furia y ruido, en ésta se activa una especie de bomba que traquetea contra la mesa el tiempo que está echando vapor. En la antigua el filtro vertía el vapor directamente en la cazoleta y de ahí a la taza. En ésta el filtro dispone de un mecanismo muy extraño compuesto por arandelas de goma que sellan el conducto cuando deja de soplar vapor, imagino que para evitar el goteo constante post-café, algo que en la antigua no pasaba, ya que cuando se acababa el agua, se acababa, sin goteo posterior. En la antigua el café salía fuerte, muy fuerte, con posos y todo. En ésta el café sale… em… casi como de pitiminí.

No me ha gustado mucho el cambio, pero a caballo regalado…


Ahora se trata de recuperar el ímpetu, la disciplina, la limpieza.

domingo, 6 de diciembre de 2015

La Victoreida.

… Víctor entró en el castillo otra vez. Pero en sus ojos brillaba una determinación. Se plantó en medio del inmenso recibidor, sin mirar a nadie.

-¿Dónde están?

Las tres mujeres que en aquel momento estaban allí casualmente se miraron entre sí, extrañadas.

-¿Qué? –preguntó una.

-¿A qué te refieres? –precisó otra.

En lo alto de la escalera se asomó Umbría, guardando silencio.

-En la grava de ahí fuera he distinguido huellas de neumáticos. Todoterrenos mixtos 285, por lo poco que he podido ver en la penumbra. Dibujos distintos, al menos tres vehículos muy… llamativos, poco menos que tanques. Y en los garajes no he visto esos coches. Además son vehículos que suelen conducir hombres, más si van en grupo –Miró a una, luego a otra. –¿Hacéis como en “Abierto hasta el amanecer”, os quedáis con esos cacharros y los tiráis por algún precipicio que no conozco? Hay muchas zonas que no me habéis enseñado por aquí…

-Cuidado con lo que dices –silabeó una, con voz ligeramente cavernosa.

-Están en los calabozos del sótano abierto. -Todos alzaron la cabeza hacia lo alto. Umbría se apoyaba con su elegancia característica en el macizo posamanos de mármol artísticamente repujado. –Llevadle allí, vosotras tres, y que los vea. Contestad a sus preguntas, sin omitir nada.

Unas que estaban arriba con ella amagaron para objetar, pero Umbría las detuvo con una mirada antes de volverse hacia adentro.

Las de abajo se miraron entre sí y se encogieron de hombros. Indicaron a Víctor el camino y echaron a andar hacia un portalón situado en esa misma planta, pero en un salón muy al fondo.

Con gran ruido de goznes y cerrojos lo abrieron. Del interior asomó una brisa fría y húmeda, por un pasillo empedrado que descendía en suave rampa, en la negrura más absoluta. Una de las mujeres abrió un armario cercano y sacó tres maderos que bañó en un cubo y los encendió con un mechero.

-¿Y eso porqué? ¿no tenéis linternas?

-Es parte del juego –dijo una, seductoramente enigmática.