domingo, 6 de diciembre de 2015

La Victoreida.

… Víctor entró en el castillo otra vez. Pero en sus ojos brillaba una determinación. Se plantó en medio del inmenso recibidor, sin mirar a nadie.

-¿Dónde están?

Las tres mujeres que en aquel momento estaban allí casualmente se miraron entre sí, extrañadas.

-¿Qué? –preguntó una.

-¿A qué te refieres? –precisó otra.

En lo alto de la escalera se asomó Umbría, guardando silencio.

-En la grava de ahí fuera he distinguido huellas de neumáticos. Todoterrenos mixtos 285, por lo poco que he podido ver en la penumbra. Dibujos distintos, al menos tres vehículos muy… llamativos, poco menos que tanques. Y en los garajes no he visto esos coches. Además son vehículos que suelen conducir hombres, más si van en grupo –Miró a una, luego a otra. –¿Hacéis como en “Abierto hasta el amanecer”, os quedáis con esos cacharros y los tiráis por algún precipicio que no conozco? Hay muchas zonas que no me habéis enseñado por aquí…

-Cuidado con lo que dices –silabeó una, con voz ligeramente cavernosa.

-Están en los calabozos del sótano abierto. -Todos alzaron la cabeza hacia lo alto. Umbría se apoyaba con su elegancia característica en el macizo posamanos de mármol artísticamente repujado. –Llevadle allí, vosotras tres, y que los vea. Contestad a sus preguntas, sin omitir nada.

Unas que estaban arriba con ella amagaron para objetar, pero Umbría las detuvo con una mirada antes de volverse hacia adentro.

Las de abajo se miraron entre sí y se encogieron de hombros. Indicaron a Víctor el camino y echaron a andar hacia un portalón situado en esa misma planta, pero en un salón muy al fondo.

Con gran ruido de goznes y cerrojos lo abrieron. Del interior asomó una brisa fría y húmeda, por un pasillo empedrado que descendía en suave rampa, en la negrura más absoluta. Una de las mujeres abrió un armario cercano y sacó tres maderos que bañó en un cubo y los encendió con un mechero.

-¿Y eso porqué? ¿no tenéis linternas?

-Es parte del juego –dijo una, seductoramente enigmática.

Entraron los cuatro, la última entornó la puerta. Llegaron a unas escaleras descendentes talladas en la roca y bajaron despacio.

Tras una vuelta de caracol, asomaron a un amplio rellano que daba a una puerta maciza con tachones de hierro. Víctor amagó con detenerse un instante para definir una extraña inquietud, pero las mujeres le conminaron a seguir bajando por las escaleras.

Otra vuelta de caracol aguardaba otra puerta parecida a la del rellano, sólo que encima del último escalón, sin ningún espacio de comodidad. Al abrirla, la escalera descendía un poco más, sin pared izquierda, hasta morir en un sólido empedrado húmedo.

Allí, rodeando a Víctor, los movimientos de las mujeres se tornaron como con más aplomo, sus caras se endurecieron, sus poses se enervaron, tomando un aire de autoridad incuestionable, un poco altanero y provocativo. Alzaron las teas y escoltaron al hombre hacia el fondo.

Dos antorchas encendidas colgando cada una en la pared izquierda y derecha iluminaban un tétrico y robusto enrejado, tras el que aguardaban unos hombres desnudos.

Las mujeres se detuvieron a metro y medio de las rejas. Víctor amagó con acercarse más, pero una alzó un brazo delante de él, avisando que guardase las distancias.

Víctor observó cuanto pudo detenidamente.

Divisó seis celdas, de las cuales tres estaban ocupadas por trece hombres, repartidos en cinco la de más a la izquierda, cinco la siguiente a su derecha y tres en la siguiente.

Se acercó a la primera despacio, con los brazos pegados y las manos cruzadas a la espalda. Uno de los hombres se abalanzó hacia las rejas y asomó los brazos, intentando capturarle. Tenía su cara grotescamente deformada, ojos desorbitados, lengua fuera, respiración entrecortada, gemidos entremezclados con palabras chillonas en un idioma que no entendía, asomó su pene enhiesto entre dos rejas y gesticulaba obscenamente hacia él.

Antes de que Víctor se repusiera del susto, una de las mujeres saltó hacia adelante y con celeridad enarboló una larga fusta que golpeó certeramente en las partes sensibles del loco, que se encogió con un chillido de dolor y se retiró cojeando al fondo de la celda.

Aunque en su fuero interno bullían las dudas, el asombro y la sorpresa, su cara era una lápida inmutable. Pues, a pesar de esa muestra de crueldad inaudita, confiaba plenamente en las mujeres. Dominó sus emociones, y dejó que corriera la parte más analítica de su faceta.

Observó en silencio durante un rato lo que daban de sí las antorchas en las caras de los encarcelados. Se encaminó a la siguiente celda. Ambas estaban divididas por rejas del grosor de un muslo, sólidamente ancladas arriba y abajo, separadas entre sí poco más de medio palmo. Se detuvo y observó a sus ocupantes, que permanecían extrañamente tranquilos. No dijo nada, y se acercó a la tercera celda.

Requirió una antorcha, que acercó con precaución hacia ésta última, elevándola todo lo que pudo para alejar el fuerte foco de luz móvil y estabilizar la vista. No paró ahí, sino que siguió a la celda contigua, que, aunque vacía, suscitaba su interés, tanto que asomó la tea entre las rejas. Al observar arriba, en el techo, notó la amplia claraboya enrejada que disponían todas las celdas. Pero ese descubrimiento pasó a segundo plano al prolongar su inspección al techo común y divisar un entramado de cadenas y poleas horizontales y verticales, todo en hierro negro, que causó que estuviera un buen rato mirando a lo alto aquí y allá, siguiendo los tendidos de las cadenas. Así, le llamaron la atención dos huecos amplios en las dos paredes restantes, uno frente al otro, y cerrados por sendas sólidas verjas.

Las celdas eran todas pequeñas, de cinco pasos de fondo por dos de ancho. La altura de todo aquel sótano superaba con creces los cuatro metros. Pero le llamó la atención que, de los dos cubículos laterales, el de la derecha tuviera altura más que amplia para una persona de pie, pero el de la izquierda tenía que encogerse un poco para entrar. Y se perdía en suave rampa hacia arriba. Se acercó a uno y después al otro. En ninguno se divisaba el fondo. De hecho, en el de la derecha distinguió dispensadores de gas de alumbrado apagados. Por ahí olió la brisa que venía del exterior, trayendo aromas húmedos del bosque de los alrededores del castillo.

Las rejas eran anchas y sólidas. Pero absolutamente todas verticales. No había ni una horizontal, salvo los marcos superiores e inferiores de las puertas de las celdas. Todas ellas eran de hierro fundido, de superficie granulosa y tacto un poco basto. Las cadenas que discurrían por el techo eran del mismo material. Según pudo divisar, todas las puertas tenían su propia cadena, que, mediante un juego de poleas, iban solidarias hacia una gruesa cadena central que se metía tensa en un agujero cavado en la roca, muy por encima del hueco izquierdo.

-¿Quiénes son? –preguntó a una de las mujeres, señalando a los hombres de las celdas.

-Son directivos y consultores de una empresa bursátil de München.

-¿Les habéis dado algo? Parecen drogados… –se fijó en ellos.

-No.

-Pues su actitud no es precisamente de pánico, ante lo que les espera… A menos que… a menos que aún no lo sepan, lo cual explicaría cómo demonios los habéis metido ahí…

Las mujeres no dijeron nada.

-¡Eh…! –uno de los tres hombres de la tercera celda se destacó. –¡Eh, yo hablo un poco español…! ¿De qué ustedes hablar…? ¿saber qué? ¿Y quién ser tú…? Dies ist unsere private Party!… eh… ¡esto ser nuestro… nuestra fiesta privada…!

Víctor miró a una de las mujeres, señalándole.

-¿Puedo…?

Ella extendió su brazo con cierta ceremonia condescendiente.

-No sabéis porqué estáis aquí, ¿verdad…? No sabéis dónde os habéis metido. Imagino que os habrán traído para celebrar una fiesta pública y secreta, de ésas que os gustan a los poderosos y adinerados, para dar rienda suelta a vuestras perversiones…

Víctor hablaba despacio, sin despegar sus ojos del encarcelado que dominaba su idioma. Vio cómo empezaba a inquietarse.

-Dentro de tres horas, yo sí que participaré en una fiesta pública y secreta. Una ceremonia muy especial en la que estaremos cuarenta y siete mujeres y yo. Cuarenta y seis játiras, una jánida y un servidor. Es largo de explicar, pero… basta con que sepáis que, cuando se abran todas las celdas, más vale que corráis por ahí –señaló el de la derecha –a toda la velocidad que podáis, porque por ahí –señaló a la izquierda –asomarán cuarenta y siete fieras hambrientas, que os darán caza y os devorarán sin ningún tipo de remordimiento.

-Wut…? ¿qué dices? ¿que nos devorarán quiénes? ¿qué son ját… játiras, y jánidas? ¿qué fieras hambrientas? ¿y tú quién eres? ¿qué significa todo esto?

Víctor, que había iniciado el camino de regreso hacia las escaleras flanqueado por las tres mujeres, se detuvo y se volvió de medio lado.

-Habéis cometido un crimen… o varios crímenes horrendos, provocando mucho dolor y sufrimiento en alguna parte del mundo. Y os habéis librado de la justicia por tecnicismos legales, distancia de seguridad, o pagando abogados sin escrúpulos. Supongo que habéis tenido oportunidad de enmendar el daño que habéis causado, ¿tengo razón? –miró a una de las mujeres, que afirmó con la cabeza –pero habéis seguido por el mismo camino, así que os han traído aquí en secreto, a espaldas de todo el mundo, cubriendo bien vuestro rastro, y… y os han cazado como a conejos. No llegaréis vivos al amanecer. Corred, corred cuanto podáis, que os cogerán, os derribarán, destriparán y se comerán vuestras vísceras mientras miráis impotentes. Y yo… yo no soy nadie. Sólo estoy aquí porque estas mujeres necesitan mi presencia en la ceremonia que dentro de tres horas hará que se conviertan en panteras pleistocenas, enormes panteras pleistocenas, de cien kilos de peso, antepasadas lejanas de los jaguares del sureste asiático de ahora, que os perseguirán sin descanso y acabarán con todos vosotros.

Víctor terminó de dar la vuelta y echó a andar, seguido por las mujeres, que se miraban entre sí con cierta fijeza y asombro disimulados, inmunes todos ellos a los gritos que lanzaba el otro tras las rejas.

Gritos que sonaron incluso cuando la puerta se cerró y subieron las escaleras, con paso decidido y grave. Todavía se oían al asomar al rellano superior.

Víctor se detuvo ahí. Miró largamente la puerta y señalándola, se encaró con una mujer.

-¿Qué hay ahí?

Se miraron entre sí, indecisas.

-Es… una sala de… de recreo.

-Ahí es donde dan las claraboyas que vi abajo en las celdas, ¿no…? Quiero verla. Quiero ver lo que hay ahí dentro, por favor.

Las tres se miraron entre sí pausadamente. Una se encogió de hombros, otra afirmó con la cabeza y la última suspiró y tendiendo su antorcha a una compañera, se acercó y abrió de par en par tras mucha maniobra de cerrojos. Luego se encaminó a un lado y accionó varios interruptores.

-Oh, Dios mío… –musitó Víctor mientras entraba despacio.

Unos cuantos focos aquí y allá iluminaban un gran salón diáfano con techo abovedado en roca viva. Los gritos, ahora múltiples, el que había hablado lo habría traducido a los demás y que se unieron a la barahúnda, se oían nítidos por los huecos que había visto abajo en el techo de todas las celdas y que ahora eran trampillas en el suelo, al fondo del recinto. Pero Víctor no les prestaba la más mínima atención, absorto en lo que veía.

Jaulas, potros, cruces, cadenas, mesas macizas con argollas, argollas en las paredes, argollas en cadenas que colgaban del techo, poleas, tornos, sarcófagos metálicos horizontales y verticales, un estrado con sillones de madera y cuero repujados, cepos de cuello y muñecas fijos a media altura, tres sólidos cadalsos con argollas colgando de trácteles en el madero horizontal y puntos de fijación en los verticales, cinco grandes bañeras victorianas, dos inmensos fregaderos de cemento… En determinadas zonas de las paredes colgaban rollos bien atados de cuerdas de los más variados grosores, materiales y longitudes. También descubrió tres grifos con mangueras perfectamente enrolladas a sus lados.

El suelo era todo empedrado con enormes y toscos adoquines que encajaban entre sí al milímetro. Pese al ambiente pretendidamente cargado que reinaba allí, unido a los gritos que surgían del suelo, reinaba una sensación de orden y limpieza que a Víctor no se le pasó por alto.

-Ahora entiendo todo mucho mejor… Cómo los traéis aquí, cómo los desarmáis, cómo os ganáis su confianza, cómo os las ingeniáis para que accedan de buena gana a que los bajéis desnudos a esas celdas con una sonrisa en la cara, creyendo que es parte del juego… cómo hacéis que ellos mismos cubran voluntariamente su rastro en las ausencias de sus entornos habituales mientras están aquí…

Se fijó en unos grandes armarios de pared a izquierda y derecha de la entrada.

-¿Qué hay en esos armarios…? –se acercó a uno, miró a las mujeres esperando su consentimiento, y tras obtenerlo, lo abrió. Después abrió otro, y otro, y fue a la pared opuesta y abrió los otros tres.

Máscaras, capuchas, arneses, esposas de cuero y de metal, látigos, fustas, tenazas, mordazas, punzones, correas, corsés rígidos, muñequeras, cepos móviles, atriles y un sinfín de falos postizos de los más variados tamaños, formas y colores. En el resto de útiles predominaban el negro, el rojo y el metal pulido.

-Todo… todo esto es… es muy nuevo… –acertó a decir.

-¿Qué?

-Que todo esto es muy nuevo… –logró recuperar el control mediante una reflexión fría. –Que todo esto, toda esta estética, estos… útiles, se popularizarían hace no más de… de ciento cincuenta o doscientos años… que antes no podíais tener todo esto para… para… eh…

-Algunas cosas de por aquí tienen más de quinientos años.

-Eh… –Víctor sintió que se ahogaba. –Y… eh… ¿lo usáis única y exclusivamente para… eh… para las víctimas posteriores a todos los dazzarlan, como hoy…?

-No. Algunas veces lo usamos con fines lúdicos… ¿qué? –la mujer que había hablado captó la señal de las otras dos. –Quiere la verdad, pues le digo la verdad.

-¿Te influirá todo esto para cumplir con tu papel esta noche…? –preguntó otra. –En parte por eso no quisimos que vieras esto ahora…

Víctor negó despacio con la cabeza. Pasó el dedo por una máscara de cuero rígido y negro remachada.

Un grito particularmente fuerte terminó de despejarle, y cerró los armarios con delicadeza.

Cuando cerró el último, miró asqueado al fondo, a las trampillas en el suelo. En una de ellas asomaba una mano que se movía frenética, zarandeando las robustas rejas. Debían de haber montado una torre de tres personas para llegar allí. No eran particularmente fuertes, pero supuso que la desesperación al conocer la verdad les daría energías tremendas.

Rechazó con leve gesto de la mano los ecos que despertaban en su conciencia, y salió del salón, subiendo las escaleras. Las mujeres apagaron las luces, cerraron los portalones y le siguieron.

(primeros capítulos aquí)

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