viernes, 18 de marzo de 2016
Clasdal el hombre dragón e Irune la dura doncella (II)
Cuando te despiertas, te sorprende encontrarte en una cama de plumas blancas y suaves, la sensación de plenitud y tranquilidad te produce una despreocupación que no es común en ti. La desconfianza en el pueblo te estresaba tanto que tus reacciones eran fruto del inconformismo y del malestar que te producía.
Clasdal está sentado a tu lado, contemplándote con serenidad.
-Llevas dos días dormida.
-¿Dos días? –preguntas, incrédula. Te recoges pudorosamente, abrazándote a la manta.
-Te he traído miel, queso, fruta y leche –señala con la barbilla la roca que se alza justo enfrente.
Se apoya sobre una mano para levantase, pero tú le agarras.
-Espera, ¿qué ha pasado en estos dos días? Me pareció un sueño de apenas unas horas pero los recuerdos son tan reales...
-¿Qué recuerdas, Irune?
Te quedas pensativa, haciendo memoria de todo lo vivido en ese largo sueño.
-He soñado que volaba agarrada al lomo de un dragón. Viajaba por encima de pueblos, valles, mares, montañas, la visión era tan espectacular y tan intensa la sensación, que las imágenes vienen a mi memoria como… como fogonazos. En cambio, es tan real que aún puedo sentir la brisa en mi cara...
Después de un largo viaje, apareció ante mí el lugar que me mostraste, el dragón bajó ahora más despacio y me dejó sobre la hierba fresca.
Todas las mujeres se apresuraron intrigadas y juguetonas hacia mí, eran bellísimas, sus sonrisas y sus miradas eran infantiles, entre sinceras y despreocupadas.
Me cogieron de la mano y me acompañaron a un lugar donde me acicalaron, me peinaron y me cubrieron con aceites perfumados con suaves caricias.
Aguardas un momento en suspenso, pensando que quizás él se reirá. Pero Clasdal permanece inalterable.
-Cuando… cuando ya han terminado, se apartan y la mujer que repartía frutas en la visión de la bola de cristal se me acerca, desnuda y sonriente…
Dudas de nuevo, sientes que te ruborizas, y bajas la cara.
-Continúa –dice Clasdal, sin inmutarse.
-Eh… bueno… aquella mujer se arrodilló ante mí, y… -te llevas los dedos a las sienes, concentrándote. -A partir de aquí no recuerdo nada concreto… Sólo… placer, mucho placer… aquella mujer, su sonrisa, su voz… olía como a… rosas, frescas y húmedas… y… y… luego… un hombre desnudo y sonriente, cuya cara me resultaba familiar, pero era incapaz de recordar en qué, también se acercó, con su virilidad hinchada… se cernió sobre mí, me besó, me acarició… su piel olía fuerte, como a… almizcle… pero no era desagradable, más bien cálido y envolvente… al entrar en mí, ya no… ya sí que no recuerdo nada más… Lo siento –concluyes, con un ademán de disculpa.
Clasdal cabecea con determinación. Señala las viandas.
-Come. Necesitas reponer fuerzas. Mientras tanto, te contaré exactamente lo que ocurrió desde que te bañaras desnuda en el estanque de las nieblas del dragón.
Te habías poco menos que abalanzado a la comida, cuando te detienes, asombrada.
-¿El estanque de las nieblas del dragón…? ¿aquello eran… nieblas de dragón? ¿no es un mito? Cuando era pequeña, mi abuela me decía que existía un estanque que guardaba celosamente un dragón, y que sus nieblas llevan al paraíso al que entra en ellas…
Clasdal te conmina a comer con una leve sonrisa. Te cuesta reconocer en él al hombre rudo, arisco y autoritario con que te encontraste tras el rapto. Se sienta en un sillón al lado de la cabecera de la cama.
-Mientras tú te bañabas, yo fui a ocuparme de los prisioneros como se merecían según tu veredicto. Nada más entrar, empezaron a suplicar, a pedir piedad, a arrepentirse de todo cuanto habían hecho, a jurar que no lo harían más, que harían todo cuanto fuera posible para reparar el daño… tal era la energía con que suplicaban, que les dí a elegir: o morían tal y como tú habías dicho, o soltaba la macilénfa… algunos dudaron, pero otros cambiaron de idea casi al instante: morir tal y como has dicho tú. Los que dudaban se decidieron por la misma suerte, tanto terror les inspira ese animal… –Clasdal mueve un poco la cabeza –aunque no les culpo. A pesar de la enorme diferencia de tamaño, aspecto y agresividad, incluso un dragón tiende a apartarse de su camino… Bueno, a lo que íbamos: les hipnoticé, y al cabo de unos momentos, algunos empezaban a gritar, a suplicar, a intentar rechazar, o golpear, o correr… los más fuertes tardaron algo más, pero acabaron cediendo. Un rato más tarde, estaban idos, con los ojos en blanco, los cuerpos tirantes, las mandíbulas tensas, algunos se habían mordido las lenguas, o los labios, y sangraban por la boca. Les dejé así y volví contigo.
Fue un cambio agradable de visión. Ya te habías bañado en el estanque, y las nieblas se pegaban a tu alrededor mientras salías. Al verme, te ruborizaste, pero no ocultaste tus encantos. Te cogí de la mano, te llevé fuera, me transformé en dragón, te ayudé a montar y emprendí el vuelo.
-Espera… espera, por favor… -interrumpes tú con gesto respetuoso. -¿Monté en… en tu lomo de dragón… desnuda?
-Así es -Clasdal afirma con la cabeza. –Por supuesto, tuve cuidado de no dañar tu piel con mis corazas y escamas. Las nieblas del dragón no son simples nieblas. Todo el que se baña en ellas queda cubierto por una finísima capa que preserva la temperatura y protege contra el viento, por fuerte y cortante que éste sea, durante un buen rato… medio día aproximadamente. Luego se disuelve.
-¿Y ya está? ¿ése es el efecto mágico que tienen? –Clasdal afirma con la cabeza. –Entonces, lo que dijo mi abuela era un cuento… Decía que era la fuente de la eterna juventud, y…
-¿Me dejas continuar? –te interrumpe Clasdal, con un gesto insólito de ternura. Tú te detienes, asombrada. –Tu abuela no iba muy desencaminada. Como iba diciendo, emprendí el vuelo, un largo viaje por encima de las nubes, a gran velocidad. Atravesamos claros en donde veías pueblos, lagos, valles, montañas, mares, islas… El viento impedía que pronunciases palabra, no te habría oído, pero sentía tu curiosidad por saber por dónde pasábamos. No obstante lo emocionante del viaje, te dormías, así que volé más despacio, para que te acomodaras entre mis alas y durmieras. Al cabo de unas horas, el calor del sol en tu cara, la luz, hizo que te despertaras. Volví a volar despacio para que tu despertar no provocara un susto. Cuando me aseguré de que estabas ya despejada, volví a volar rápido. De todos modos, ya estábamos cerca. Descendí a una isla en medio del mar. Una isla volcánica, cubierta de vegetación verde, con flores y frutas como nunca habías visto antes. Aterricé en un claro y te dejé sobre la hierba fresca. Mis concubinas se acercaron, dispuestas a atenderte y servirte para que recuperaras fuerzas, darte tiempo para que terminara de disolverse la capa de la niebla de tu piel y explicarte cuantas dudas tenías. Mientras tanto, yo me aparté más allá y cambié a mi forma humana. Samar se quedó conmigo, para ayudarme y hacerme compañía. Cuando ya estuve bien, completo y consciente de mí mismo, le indiqué que te atendiera, que luego iría yo. Y, en efecto, cuando completé mi limpieza y abluciones y me acerqué, ella estaba a cuatro patas encima de ti, cubriendo tu cara con sus pechos… Según me dijo más tarde, ésa era la zona de su cuerpo que más te gustaba… Mientras, Pidra te complacía en la vulva con su lengua, su boca y sus dedos, y todas las demás, Igrenia, Lumbara, Orbri, Ferja, Drina, Gartina, Galina y Enie se ocupaban del resto de tu cuerpo. Al oír mis pasos, Samar se retiró de encima de ti. Estabas adorable: ojos entrecerrados, quejándote suavemente, intentando dar con tus manos y tus muslos tanto como recibías, el pelo formando una corola alrededor de tu cabeza… Drina, Gartina, Ferja y Orbri se apartaron para dejarme sitio. Me eché a tu lado despacio. Me puse de costado. Quería contemplarte de cerca, ver lo hermosa y receptiva que estabas, tu piel, cruzada de arriba abajo por olas de escalofríos, tus pezones, hinchados y oscuros, tu boca, húmeda, roja, incitante, la curva de tu cuello, tenso y abierto… Mientras las chicas que te atendían en ese costado pasaban a atenderme a mí, yo sólo tenía ojos para ti. Con mi mano libre te repasé despacio. Al llegar a tu boca y meterte los dedos, me miraste abiertamente. Parecías no reconocerme, pero por tu sonrisa, me aceptabas. Te besé en la boca, y de ahí empecé a recorrer todo tu cuerpo con mis labios y mi lengua. Notaba que reaccionabas a esas caricias, puesto que, deliberadamente, me había dejado barba de varios días y raspaba suavemente tu piel sensible, marcándola antes de besar y lamer esa zona. Llegué a tu vulva; Pidra se apartó y me dejó toda tu feminidad. Pero tú no te conformabas con recibir, también querías dar. Conminaste a Samar a que se sentara sobre tu cara y pusiera su vulva rosada al alcance de tu boca. Todas las demás se dedicaban a ti, sin excepción. Cuando ya bebí suficiente de tu fuente, me alcé y contemplé el cuadro, realmente excitante. Samar, de cara a mí, aprobaba con una sonrisa tu labor ahí abajo. Y de todas las demás, Gartina y Lumbara también recibían de tus manos en sus vulvas, introduciéndoles los dedos. Todas sonreían, complacidas.
Clasdal hace una pausa, respira hondo y se echa adelante, apoyando sus codos en las rodillas. Tú respiras entrecortadamente, al ir rememorando paso por paso lo que te describe.
-Pidra se ocupaba con la boca y las manos de mi miembro, que ya estaba hinchado a más no poder. A un gesto mío, todas se apartaron de ti. Alzaste la cabeza y miraste. Debió de gustarte una vez más lo que veías: un hombre desnudo con una cabellera oscura ondulando ante sus caderas, sus manos peinándola suavemente, mientras sus ojos se hundían en los tuyos… -Se toma otra pausa, entrecerrando los ojos, recordando. –Sí, todo un cuadro… como todo nuestro encuentro. Estuvimos especialmente inspirados, todos, ellas, tú y yo… –Sacude su cabeza, y continúa: -Aparté a Pidra con cuidado y gateé sobre ti. Sellé tus labios con un beso, mientras tú alzabas tus caderas, receptiva. Y entré en ti. A la primera, sí, pero despacio. No obstante, yo apenas sentí nada, de tan hinchado y tenso que estaba… Hacía tanto tiempo que no estaba con una mujer… Sólo cuando empecé a darte con fuerza, algún rato después, tras asegurarme de que no te causaba dolor, recibí las primeras oleadas de placer puro recorriendo mi espalda de abajo arriba; la primera especialmente intensa, ya que fue como una… un terremoto que sacudía las tierras apelmazadas largo tiempo sobre mi espina dorsal… -Clasdal resopla y oculta su cara hacia abajo. -Tú marcabas mi espalda con tus uñas de arriba abajo, y las clavabas especialmente en mi trasero. De tan tenso y acumulado que estaba por mi larga abstención, descargué en ti al poco rato, pero mi virilidad no cedió. Pues soy un dragón, y puedo estar así todo el tiempo que quiera. Y así estuve durante largo rato, casi hasta que se ocultó el sol…
Clasdal alza los ojos. Tú estás abrazada a tus rodillas, recordando detalle tras detalle, con los ojos entrecerrados.
-A pesar de que te ofrecías constantemente, caíste agotada. Aguantaste y disfrutaste hasta no poder más. Ya al límite de tus fuerzas, tomaste la iniciativa y quisiste cabalgar sobre mí. Respeté tus deseos, incluso mis concubinas te ayudaron, pero estabas tan cansada que optaste por dejarte hacer, y volvimos otra vez a quedar yo sobre ti. Descargué dos veces más y entonces vino Samar a ocupar tu lugar. Para permitirme recuperar mis fuerzas, ella fue la que tomó la iniciativa. Mientras, las demás chicas te daban la vuelta y masajeaban con aceite tus maltrechas espaldas. A pesar de que el césped es suave y mullido, estar mucho rato tumbada boca arriba mientras una mole de casi trescientas cincuenta onzas te embiste encima todo el rato es algo que tu espalda no aprecia, pese a que intentaba apoyarme todo el rato en mis brazos… Te confieso que más de una vez estuve tentado de cogerte y seguir de pie, con todo tu cuerpo apoyado en el mío, hubiera sido lo mejor para ti y tu espalda, pero era tal el placer que me dabas, que incluso un hombre-dragón puede tambalearse y caer; las concubinas no podrían hacer gran cosa, tanto peso podría herir a alguien… Así que… opté por recuperar el control descargando en ti las primeras veces, hasta que no pudiste más…
Una mirada de disculpa asoma en sus ojos, con una sonrisa un poco burlona.
-… y entonces Samar te sustituyó, y cuando ella cayó agotada a tu lado, vino Pidra, después Lumbara, y después… bueno, todas las demás. A partir de Samar, ya controlaba mis fuerzas y mi sexo, y podía tomar nuestras posturas favoritas… ¿Te acuerdas, Irune…? Mientras Samar y tú hablabais muy cerquita la una con la otra, mirabais dichas posturas… Samar te las explicaba antes de tomarlas… Por cierto, ¿de qué hablabais, que os reíais todo el rato por lo bajito…
Dejas de masticar cansinamente un trozo de queso, y vuelves a la realidad.
-¿Eh…? Oh, de nada en concreto… -niegas bruscamente con la cabeza. –No, lo siento, no me acuerdo… Sólo sé que Samar estaba todo el rato a mi lado, con el olor a rosas de su piel rodeándome… y que deseaba perderme en ella otra vez… y creo que así fue, ¿no…?
-Sí, así fue. Mientras poseía a Enia contra su árbol favorito, me fijé en ti y os ví a ti y a Samar abrazaros y acariciaros… más tarde, os besabais, e ibais a más… Las chicas que os rodeaban sólo sonreían, cansadas. Pero Samar y tú, por ser las primeras, ya habíais recuperado fuerzas y os dedicasteis a complaceros mutuamente… Sin estridencias, sin posturas fatigosas, simplemente recostadas una frente a otra… Cuando terminé con Enia, y antes de empezar con la última, Lumbara, me fijé detenidamente en vosotras, pero vuestro sexo, lento, sin apenas avances ni cambios bruscos, no sólo no me calmó, sino que vino a inflamarme más aún, y la pobre Lumbara tuvo que apagar el fuego… Hizo lo que pudo, pero no lo consiguió. Acabó más derrengada que las demás, todas tumbadas en cualquier postura a vuestro alrededor.
Terminas de beber un vaso de leche. Se crea un silencio denso entre vosotros. Clasdal agacha la cabeza, en un gesto que le has visto hacer varias veces, muy suyo, pero que aún te cuesta asociar a un sentimiento o expresión determinada.
-Cuando dejé a Lumbara con cuidado en un hueco a tus pies, sin fuerzas y con los ojos entrecerrados, los nuestros se cruzaron –su voz se vuelve un grave susurro. -Sentí que me dabas vía libre hacia ti una vez más… Así que caminé sorteando los cuerpos de mis concubinas, y te cogí en brazos. Samar apenas se movió. Sólo sonrió, siguiéndonos con la vista hasta que la oscuridad nos envolvió, pues en aquellos momentos, la leve luz gris previa a la noche se había extinguido. Te llevé unos pasos más allá, a un claro desde donde se divisaban las estrellas, y te dejé en el suelo. Reuní leña y encendí un fuego. Como dominador del mismo que soy, me aseguré de que sería un fuego terki… una hoguera de luz y calor pequeños, pero duraderos. Así no tendría que reavivar las llamas mientras estuviera contigo.
Alza la cara. Una expresión diferente irradia en ella, te hechiza una vez más: reconoces y asocias sus rasgos tallados a machetazos, su barba incipiente y con apariencia ruda, su tez tiznada de negro y gris, sus ojos negros y sin fondo, su pelo revuelto y enmarañado, confundido con las oscuras pieles que cubren sus anchos hombros, sus dientes blanquísimos asomados apenas entre unos labios de dura curva…
-Empecé a besarte, y tú no respondías. Te acaricié la cara, pero seguías igual. Rechacé el mirar en tu cabeza el porqué. Te deseaba como a una afín, como a una compañera más de mi harén, a las cuales trato igual que a ti entonces. Y te lo comenté. Entonces tú preguntaste por ellas, si estaban en esa isla en contra de su voluntad. Y te repito la respuesta que te dí entonces, y que luego ellas te refrendaron. Ni las fuerzo, ni las espío, ni las obligo… A todas les pido consejo por igual, juntas y por separado, a todas atiendo sus deseos, sus preferencias, sus parcelas… En todas aprecio sus deseos de agradarme: una con música, otra con poemas, otra con flores, dos con danzas de sus tierras, otra con perfumes y licores de los más finos que prepara en mis ausencias, otra con platos de exquisitas combinaciones de frutas… Cada una en su especialidad, ayudadas por las demás, en total armonía y sin competencias, trataban de complacerme. Y con todas ellas tengo una palabra amable, una caricia, una cosquilla… Y tú, al fin, te convenciste y colaboraste. Tras besarte y acariciarte, esa vez sí: esa vez te cogí en mis brazos, y de pie y completamente relajada en ellos, te dejaste hacer. Noté que te sentías muy especial, al ser tomada al aire… tu vulva en mi boca, mientras te ofrecías tumbada sobre mis brazos como ramas de árbol… Un hombre normal, por muy fuerte que sea, no aguantaría más allá de tres caídas de piedra en esa postura, pero yo soy Clasdal, el hombre dragón. Y aquella fue la postura que más disfrutaste, la más fatigosa para el hombre, porque te despertaba nuevas sensaciones. Y lo que vino después…
Se detiene. De sus ojos surge algo parecido a una viva llamarada de deseo, que cala muy profundo en ti.
-Te tomé una y otra vez así, descargué en ti varias veces, sin que tocaras el suelo, mientras las llamas terki lucían… hasta que se apagaron. Poco más tarde, noté de nuevo tu cansancio, y te devolví a los brazos de Samar, en los que te dormiste como una niña. Volví al claro, me transformé en dragón, emprendí el vuelo y busqué una presa lo bastante grande para saciar mi apetito… La caza duró toda la noche. Ataqué dos barcos que se aproximaban demasiado a mi isla, devoré un foular que nadaba por ahí cerca, sacié mi sed bebiendo brea del pantano de las torjas negras… y volví al amanecer. Todas vosotras dormíais todavía, cuando os visité tras tomar mi forma humana, así que cogí frutas, las pelé, las troceé, las exprimí y os monté un abundante desayuno. Os desperté a besos y caricias, bien entrada la mañana, puesto que ni siquiera el trinar de los pájaros os despejaba.
Cuando terminasteis vuestras abluciones y disteis buena cuenta del desayuno, todas se fueron a sus quehaceres diarios, y Samar y yo nos quedamos contigo. Hablamos largo y tendido, relajados, con toda naturalidad, de lo que deseabas, las dudas que tenías, si querías quedarte ahí o volver a tu pueblo… A pesar del cuadro tentador que te presentaba esa isla y la compañía, sentías que aquél no era tu sitio, y así lo expresaste. Deseabas volver. No intentamos convencerte. Pasamos el resto del día paseando por la isla, y Samar y yo te íbamos explicando la flora y la fauna del lugar, comimos en una pequeña cala, tomaste el sol, te bañaste, nos amamos los tres una vez más en la arena hasta vuestro agotamiento, descansasteis a la sombra de una palmera, te bañaste otra vez en un riachuelo cercano para quitarte los restos de sal, arena y algas de tu pelo y tu cuerpo, y volvimos. Todas las demás aguardaban expectantes, para saber si te quedabas. Cuando vieron que no era así, se entristecieron. Te habían cogido cariño, habían hecho vagos planes para ti acerca de enseñarte gustosamente sus oficios, pero tú ya habías tomado tu decisión. Además, siempre podrías volver. Tras las despedidas de rigor, nos fuimos al estanque de la cueva, donde sus nieblas te cubrieron para el viaje, me transformé, Samar se despidió de ti con un largo abrazo, besos y caricias, y partimos. Durante el viaje te dormiste, y me ha dado tiempo de llegar aquí, transformarme de nuevo en hombre, echar un vistazo a los prisioneros, todos ya muertos, me he deshecho de sus cadáveres, he bajado al pueblo a por esas viandas, y me he sentado aquí, esperando a que te despiertes.
Se levanta y pasea un poco, estirando las piernas y arqueando los brazos, que crujen poderosos.
-Salgo fuera para que te vistas. Cuando estés lista, si no quieres nada más, volvemos a tu pueblo.
Y desaparece por el hueco de la puerta, cerrándola tras de sí.
martes, 15 de marzo de 2016
Clasdal el hombre dragón e Irune la dura doncella (I)
La vida sigue. La gente cultiva sus huertos, sus campos, cuida sus granjas, crían sus animales, comercian entre sí con productos de primera necesidad: el herrero, un par de tejedores, un par de curtidores y zapateros, tres panaderos, dos albañiles, varios leñadores, algunos cazadores… Estos dos últimos gremios saben hasta dónde pueden llegar con su labor, pero también saben que la muerte más triste y violenta les aguarda si se atreven a cruzar un límite marcado con cenizas, como un cortafuegos que rodea al pueblo en una extensión de varios kilómetros a la redonda.
Un día, el dragón les hace llegar un mensaje: quiere una doncella. Sólo eso. Una doncella joven, atractiva, no precisamente virgen, resuelta y de ánimo fuerte. No dice para qué, pero lo peor se instala en las mentes de los aldeanos. Estos celebran una reunión apresurada, y tras unas cuantas horas de miedo, lágrimas, gritos y angustia se deciden por ti.
Tú te niegas, pero ellos te atan antes siquiera de que eches a correr, y te dejan en el punto convenido. Al cabo de unas horas, en que ya es de noche, un batir de alas inmensas seguido de una sombra amenazadora se cierne sobre ti, notas que sus zarpas se cierran en torno a tu cuerpo, y cuando emprende el vuelo, te desmayas.
Al despertar, no recuerdas nada. Poco a poco, los acontecimientos acuden a tu mente, y te despejas de un salto, con un quejido. Estás sobre una roca plana, al lado de una gran fogata que ilumina una inmensa caverna y te da calor. La luz apenas llega al techo, y todo lo que ves son sombras y reflejos difusos aquí y allá. Al arrebujarte, presa del pánico, notas que no estás atada, tus vestidos están intactos y estás cubierta por un manto.
Pasa el rato. No se oye nada. Más calmada y con un incipiente valor nacida de ti misma (nunca fuiste una cobarde), te atreves a decir, con voz no muy alta:
-Hola…
Silencio. Repites otra vez, con voz más alta y clara.
-Hola… ¿hay alguien?
Oyes un ruido retumbante, una robusta puerta se abre y se cierra.
-Ah, ¿por fin despierta?
La voz no es desagradable. Es más, acaricia con virilidad tus oídos, calmándote. Oyes pasos robustos acercándose a ti. Intentas divisar de dónde vienen, y a pesar de los ecos, no andas muy desencaminada: poco más allá del círculo de luz, aparece una figura cubierta de pieles. Un hombre alto, corpulento, con andares seguros y erguido como un roble. Se acerca a ti y se sienta a tu lado, poniendo sus manos al alcance del fuego. Por puro reflejo, te fijas en ellas: manos grandes, morenas, callosas, nervudas, sin un ápice de grasa en sus dorsos, con lo que las venas se marcan como riachuelos subterráneos rebosantes empujando la superficie elástica a cada latido.
-¿Cómo te llamas? –pregunta él, sin siquiera girar la cabeza.
-I… Irune.
-Yo soy Clasdal – y por primera vez, gira la cara y te mira.
Te sientes subyugada por una mirada franca, gris y envolvente. Los rasgos, con barba incipiente y rodeados por un pelo largo, negro y crespo, te recuerdan a una roca tallada a martillazos, como las que practica tu primo adolescente en la piedra. Incluso las manchas de ceniza y polvo negro que los cubren parecen estar en su sitio justo. No sabes muy bien por qué, pero te sientes dominada por la tremenda rudeza y fuerza varonil que rebosa por su boca, sus ojos y la impresión de su cara levemente tiznada.
Pero reaccionas enseguida, resuelta a no dejarte llevar por lo que empieza a hormiguear bajo tu piel.
-¿Qué hago aquí? ¿dónde está el dragón…?
-El dragón soy yo. He tomado mi forma humana. Y en cuanto a qué haces aquí… Te lo diré cuando hayas recuperado fuerzas.
Se levanta y se acerca a la fogata, retirando una pequeña marmita. Se acerca a ti con un cazo, y te sirve de dentro una ración, chorreante. Tú miras con desconfianza.
-Es leche de cabra. Si no quieres beber, allá tú.
Acercas tu nariz, y en efecto, hueles su aroma inconfundible. Te lanzas a por el cazo, hambrienta y sedienta, y pasas por alto el que está un poco caliente para tu paladar. Te lo bebes de un trago, y se lo devuelves. Clasdal te sirve otro.
Permanecéis en silencio, observándoos mutuamente de reojo.
-Irune… Un bonito nombre –musita al fin, mirándote directamente.
-G… gracias –musitas, dominada por su imponente presencia. Reaccionas una vez más. -¿Para qué me has traído aquí? ¿qué quieres de mí?
Por toda respuesta, él entrecierra sus ojos, observándote, calibrándote hasta dónde serías capaz de llegar, qué estarías dispuesta a hacer, la convicción de tus principios, tus rechazos, tus miedos; también se fija en tu físico, lo que tú has dejado al descubierto: tu pelo, tu cara, tus hombros, tu escote, tus manos. Al fin se levanta y te anima a hacer lo mismo. Obedeces. Es entonces cuando de pie compruebas que sólo le llegas a la altura del corazón. Coge una antorcha de la hoguera, toma tu mano y te guía. Tú te dejas hacer.
Te guía por entre grandes rocas y piedras, y se detiene ante un macizo portón, que él abre con una mano como si nada.
Entráis dentro. El interior está oscuro, pero unos quejidos de hombres te llegan a los oídos, y antes de que te inquietes, Clasdal cierra el portón e ilumina el interior con la antorcha.
Lo que ves te paraliza. Unos cuantos lechos de piedra asoman del suelo. Sobre ellos, tumbados y argollados a los lechos, permanecen inmóviles unos cuantos hombres desnudos. Unos aros de metal hincados en la piedra les sujetan férreamente y sin holgura muñecas, pies y frente, imposibilitándoles incluso el girar la cabeza.
-Te presento a la hez de la región. Pederastas, violadores, asesinos, asaltantes de caminos… -avanza entre ellos, y señala a uno con la antorcha. –Este violó y mató a un par de muchachas en el poblado de Forver, a treinta millas de aquí. Este otro –lo iluminó con la antorcha -asaltó y mató a una familia que volvía de un poblado cercano de visita de unos parientes. Aquél de allá mató a su vecino por quedarse con sus tierras…
Continúa su paseo, y tú caminas tras él, atenta a sus explicaciones, mirando a cada uno como quien mira a un bicho extraño. Aquéllos en que caes en su campo de visión te miran con miedo, esperanza y curiosidad; algún que otro permanece indiferente, como ajeno a la suerte que corre. Ves, no obstante, que todos están bien alimentados, sin huellas de hierro, látigo u otras torturas, pero pálidos, nerviosos y sudorosos.
-… éste secuestró y violó a un niño durante un mes, manteniéndolo en un foso en medio del bosque, atado y silenciado, hasta que murió de hambre y sed porque no se tomó la molestia de volver cuando se cansó de él. Y así, todos los demás, con delitos más o menos igual de brutales.
Se volvió hacia ti.
-Como ves, todos merecen la muerte. Y aquí entras tú.
-¿Yo...?
-Sí, tú. Te he observado durante seis lunas allá en el poblado, con mi forma humana. Estaba en la posada, pagando el hospedaje cada día, y cada día iba a verte. Tú estabas con tus labores, ayudabas a tus padres, cuidabas de tu hermanito, hacías la comida, la compra, tejías enfrente de la puerta de casa, ibas al huerto, los mozos del pueblo te rondaban, pero no les hacías caso… esto último me llamó la atención a los pocos días de llegar. En los ratos que creías estar sola, alzabas el rostro al cielo y soñabas despierta. Soñabas con irte muy lejos de allí, soñabas correr aventuras más allá de tu pueblo, soñabas con cabalgar veloces caballos, soñabas con el mar, con nadar sin tocar el fondo, y… también soñabas con un amante, deseabas unas manos grandes que te desnudaran, te acariciaran con rudeza, te alzaran y te tomaran al aire, dejándote manejar a su antojo…
Tú abres y abres más la boca y los ojos, asombrada. Logras musitar:
-¿Cómo… cómo sabes tú todo eso?
-Soy Clasdal, un dragón con extraordinarias habilidades y poder para ejercerlas, una de ellas ver lo que puebla la cabeza de cualquiera de vosotros. De ahí que todos estos estén como están –trazó con la antorcha un círculo alrededor, señalando a todos los presos. –Te aseguro que muchas de estas mentes están perturbadas, y el resto no siente ningún amor ni respeto por sus semejantes.
-¿Y tú sí? –reaccionas, dispuesta a enfrentarte a tu secuestrador. –Tú, que has matado y desollado a los Vinmannu, a los Edacre, a los…
-No soy humano –te interrumpe él, con un brío contenido que te llega muy al fondo, paralizándote. –Soy un dragón. Se os dieron unas órdenes muy específicas, y todos ellos las desobedecieron. Pagaron por ello y dieron ejemplo a los demás. Pero vamos al porqué te he traído aquí.
Y se acerca a una pared, aproximando la tea a una antorcha que colgaba ahí, encendiéndola. Después se dirige a otra, y a otra, y a otra… Aquel calabozo, una vez encendidas todas las antorchas, adquiere un tinte distinto. No hay apenas sombras, y el calor empieza a notarse. Clasdal, cuando termina de encender la última, tira al suelo la tea que porta en la mano, y se dirige a un asiento tallado en la roca, en medio de la pared del fondo.
-Tú vas a decidir quién vive y quién muere. Y ellos lo saben, por eso algunos te miran con esperanza, otros con indiferencia, y otros con determinación de satisfacerte antes de morir.
-¿”Satisfacerme”? –preguntas, incrédula.
-Sí, querida, satisfacerte. Una de tus debilidades hace que los mozos del pueblo te ronden más de lo normal, y corran rumores nada inocentes acerca de tu castidad, y del granero de tu padre salgan en ocasiones más ruidos de los razonables para la moral comunitaria, y del granero del pueblo, y del desván del caserón abandonado en la punta este del pueblo…
Hace una pausa, dándote tiempo para asimilar.
-Están férreamente atados, y no pueden hacerte daño. Y ellos saben que no deben hacerte el más mínimo daño. Así que si lo que te apetece es sentarte encima de sus caras para que te den placer, puedes hacerlo; no te morderán. Si lo que te apetece es cabalgar encima de sus caderas, también puedes hacerlo. Y si alguno no colabora, o te hace daño, no hará falta que me avises: le caerá un rayo de aviso a su alrededor. Y si insiste, el rayo le quemará los pies. Y si aún insiste en hacerte daño, otro rayo subirá por sus piernas… Así hasta que colaboren. Aunque con su actitud tienen asegurada su muerte posterior entre terribles dolores… Ya que cuando termines, tú decidirás quién vive y quién muere, basándote en la satisfacción que has obtenido de todos y cada uno de ellos… Te convierto en ama y señora de sus cuerpos y sus vidas. Tú verás.
Clasdal calla un momento, observando cómo terminas de asimilar la proposición. Se echa adelante y apoya los codos en ambos reposabrazos rocosos, entrecruzando los dedos. Una expresión de ironía humaniza su cara por unos momentos.
-De hecho, míralos. Algunos ya se están preparando.
Das media vuelta y te fijas detenidamente. En efecto, la virilidad de muchos prisioneros se está inflamando; así de lejos, todos parecen iguales, pero los tamaños, los colores y las formas se definen conforme pasan los segundos.
Te vuelves, confusa y ruborizada. Pero Clasdal remata:
-El saber que una hermosa mujer va a poseerlos, y que su vida depende de ello, les da muchas energías ¿verdad…? Más aún si sólo eliges a uno o a do o a tres. Los más atractivos, los más fuertes, los más definidos y proporcionados físicamente… -Te mira con seriedad. –El resto serán ejecutados directamente. Bien… ¿qué decides? ¿los vas a poseer o no?
Confusa y algo incómoda, tardas unos minutos en contestar, pues aunque nunca callaste ante nadie, la figura de Clasdal se magnificaba en aquella cueva, en la que cada vez te sientes más pequeña y vulnerable. Te sientas despacio a sus pies, abarcando con tus manos una de sus rodillas, abrumada conforme pasa el rato. Aun así, levantas la cabeza y señalas a todos los prisioneros:
-Te jactas de lo mucho que me conoces y de todo lo que sabes de mí, y realmente no tienes ni idea de cómo soy. Nunca sería capaz de desear y poseer a un asesino, a un violador, ni a nadie que no me mereciese algún tipo de interés como hombre. Me excitaría más ver que obtienen su castigo al morir, que imaginar cualquier fantasía sexual con ellos.
Todos los prisioneros, salvo dos o tres, al oír esas palabras, gritan, se retuercen, gimen, intentan desesperadamente soltarse las ataduras. Clasdal se levanta:
-¡Silencio! –Su vozarrón parece sacudir la misma roca, y los ecos reverberan durante largo rato incluso por la caverna, atravesando el portón.
Todos cesan al punto sus quejas. No se atreven ni a respirar. Temblorosa, le miras a los ojos. Eres consciente de que cualquier respuesta por su parte podría desatar la furia de ese animal convertido en hombre, pero aún así quieres mirarlo.
Clasdal desvía la cara hacia ti. Sus facciones quedan veladas por las sombras de la crespa melena caída, pero notas que sonríe con ironía y cierta condescendencia, provocando en ti una ira inesperada:
-¿Para qué me has traído realmente? -le gritas, enfadada. Das un salto, te pones en pie y te enfrentas a él con los puños apretados.-¿Crees que puedes mantenerme prisionera en esta cueva? ¿crees que voy a hacer todo lo que quieras? Estás muy equivocado.
Su sonrisa desaparece. La comisura visible de sus labios se tensa. Sus facciones angulosas, su estatura y corpulencia, y su piel manchada le vuelven más temible. Los ojos brillan en medio de las sombras de su cara.
-Tú harás lo que yo te mande -dice Clasdal con voz retumbante, arqueando las cejas y mirándola fijamente. Suavizó su expresión. -No tienes de qué temer, pasarás aquí unos días, y luego te devolveré al pueblo, pero no olvides dónde estás, y aunque me agrade una voz femenina recorriendo hasta el más pequeño de los huecos de esta fría cueva, no dudaré en amordazarte si me molestas.
Clasdal se sienta y te invita a sentarse a sus pies otra vez.
-¿Quieres que mueran estos hombres? ¿no quieres que sean objetos para tu placer?
-No creo que merezcan ni un roce de mi piel, si es eso lo que preguntas.
Aunque tú sabes muy bien que Clasdal haría lo que quisiera, te sientes partícipe de todo aquello, y poder juzgar a aquellos hombres por sus actos tan grotescos y decidir que merecen la muerte, te produce tal excitación que ningún acto sexual puramente dicho te proporcionó nunca.
Al mismo tiempo, estar sentada a los pies de aquel hombre tan poderoso te produce una atracción que cada vez te cuesta más disimular.
Estás inmersa en sus fantasías, y te sobresaltas cuando Clasdal te coge de la mano y te mira fijamente.
-Me ha gustado lo que has decidido, Irune. Puede que esté confundido contigo, pero tus actos en el pueblo no me mostraban otra cosa.
Abrumada y excitada, le escuchas, y dejas que su voz varonil se adentre hasta en el más recóndito rincón de tu cuerpo. Sus palabras son como gotas de agua fresca que mojan tu piel caliente; un escalofrío te recorre desde los dedos de las manos hasta tus pechos, tus pezones se endurecen y se marcan en la camisa como punzones. Intentas arquear la espalda para que no toquen la fina tela y te delaten, pero todos tus intentos infructuosos provocan que te ruborices, así que reaccionas y te yergues, orgullosa.
Clasdal baja los ojos a tu pecho marcado, y capta abiertamente lo que venía sospechando. Bucea durante largo rato en tus ojos, quieto, sin tocarte. Sonríe con mezcla de admiración y deseo, pero también con contención y pena.
-Te sientes atraída por mí –Clasdal cabecea con pesar. –Soy un dragón. Mi ardor es tal, que se destila en este estado de forma humana, aunque intente controlarlo. Si te tomara, te haría mucho, mucho daño; podría incluso matarte.
Te recoges un poco en ti misma, presa de una gran frustración.
-No obstante, hay un lugar especial donde controlo por completo mi forma humana, y ahí sí que puedo darte lo que deseas.
Gesticula suavemente con la mano, y una bola de cristal vuela de la puerta posándose en ella. Te la acerca a ti. Tras un leve resplandor, la esfera muestra un bosque luminoso, con césped, flores y un arrollo con una pequeña cascada. Se ven muchachas desnudas, todas jóvenes y hermosas, retozando en el césped, riendo, peinándose unas a otras sus largas cabelleras, bañándose en el arrollo o lavándose el pelo en la cascada. Una sale del bosque cargada de frutas, que reparte entre todas. Te fijas en ésta última: alta, rubia, de larga y densa melena de brillantes cabellos casi blancos hasta la cintura, curvas potentes y generosas, senos grandes y firmes, y piel albina blanca como la nieve. Destacan sus pezones, de un rosa pálido delicado, y su uve íntima, cubierta de un manojo retorcido de cortos hilos de oro. Se mueve con naturalidad entre todas las demás, que se apresuran a recibir su fruta con respeto y espontáneas sonrisas de cariño mutuo.
La imagen se apaga. Subyugada por la visión, vuelves a fijar tus ojos en los suyos.
-Este es mi harén, y está muy lejos de aquí… ¿quieres ir ahí ahora mismo?
Antes de que contestes, Clasdal desvía la mirada a los prisioneros, que se les nota expectantes, aguantando en lo posible la respiración. Los señala con la otra mano.
-Pero antes, ¿qué quieres que haga con ellos? Tú eres su ama y señora. Tú decides: ¿viven o mueren? Si viven ¿encerrados aquí a cadena perpetua, inmóviles como están ahora, con cucarachas que les transmitirán enfermedades no mortales, pero sí dolorosas? ¿o bien dejarlos sueltos para que se violen y se devoren entre sí, sucumbiendo el último de ellos a la locura, el hambre y la sed? Si mueren, ¿abrasados por una llama, castrados y desangrados hasta morir, mordidos por una macilénfa…? –al oír ese nombre, te abrazas a sus piernas y miras alrededor, a las sombras, esperando ver una pequeña bola negra y peluda – Tranquila, está enjaulada.
-¡Nooo….! –grita desesperado uno de los prisioneros, siendo enseguida coreado por el resto. -¡Por favor, cualquier cosa antes que la macilénfa, por favor…!
Tú te levantas despacio; te invade una sensación poderosa: mezcla de ira, frialdad, autoridad, dominio, rabia, desprecio, determinación. Tu cuerpo se yergue como el de una reina.
-Quiero que mueran hoy mismo. Que su muerte sea tan dolorosa y brutal como los crímenes que cometieron.
Los presos reaccionan con gritos y quejidos aclamando perdón, todos juntos semejan una manada de hienas. Es tan molesto que Clasdal los enmudece con un manotazo en el aire.
Te vuelves, tus ojos centellean por la excitación del poder.
-Me gustaría que mientras agonizan, todos sus crímenes pasen ante sus ojos, igual que sus muertes pasen ante los ojos de todos los asesinos y violadores del mundo, reflejada en una pesadilla tan real, que vivan a partir de ese momento con el temor y la seguridad de la suerte que les espera.
Clasdal sonríe, realmente no sabes cuál es la magnitud de su poder, y la petición, aunque para ti casi imposible, es un chasquido de dedos, un gesto, un parpadeo, para él.
-Así lo haré.
Se levanta, te tiende la mano y salís de ahí. Te acompaña al otro lado de la caverna, penetráis en un pequeño corredor, al fondo del cual brilla una luz suave. A medida que avanzáis, un vapor caliente y ligeramente perfumado roza vuestras caras.
-Esto es un lago de aguas subterráneas térmicas y purificadas. Provienen de las entrañas de la tierra, de un sitio que piqué y moldeé yo hace mucho tiempo.
Te quedas maravillada ante la visión: una pequeña bóveda, de suelo en suave pendiente, va a parar a un lago de aguas titilantes y luminosas. No puedes evitar descalzarte y tocar el agua cristalina, tibia y con un aroma envolvente que te relaja. Quieres tomar un baño, pero la presencia de Clasdal te reprime. Te giras para pedir un momento de intimidad, y te sorprendes al hallarte sola.
Rápidamente te deshaces de tus vestiduras y te sumerges lentamente, notando como te invade esa sensación tan maravillosa. Cierras los ojos, el cosquilleo del agua te sume en un largo sueño, lleno de fantasías y deseos anhelados.
(capítulo siguiente)
lunes, 22 de febrero de 2016
Lolita la bárbara.
Le sacan de la fila y me lo acercan, cargado de cadenas para rebeldes, grandes y pesadas. Rumores: nunca se ha rebelado, pero su postura casi siempre erecta, sus grandes pasos y su enorme fuerza parecen transmitir una disposición nada desdeñable. Como se quedara de pie ante mí, sin mostrarme el debido respeto y sumisión a mi persona, Onolsra se acerca y le da un fuerte golpe tras las rodillas con la vara, haciendo que caiga.
No me gusta Onolsra, pese a su devoción y su deseo por mí, es demasiado grande y fuerte, con modales de un buey. El trato que dispensa a los canteros bajo sus órdenes es brutal. Rumores: de vez en cuando elige a uno para sus noches, se oyen gritos estomacales y gorgoteantes en su cabaña y a los dos o tres días sacan el cadáver mutilado a mordiscos y con los huesos descoyuntados.
Hago que Nulsra la sustituya. No quiero que Onolsra le ponga más la mano encima.
El trihelio se queda de rodillas ante mí. Algo se remueve un poco por encima de mi vulva al verle así. Respiro con cuidado, disimulando mi interés reacomodándome en mi trono y adelantando un poco mis pies.
Nulsra le conmina con firmeza y algo de brusquedad pero sin hacerle daño. Espero que el trihelio capte el mensaje y colabore, ya que de lo contrario no sobrevivirá a la noche. Será elegido por Onolsra o por Lulsra o por cualquier otra guardiana cuyos Rumores: son igual de terribles, o peor aún por varias a la vez, y se ensañarán con él sin piedad alguna. Pese a los Rumores: sobre mí, espero que acepte. Mis ojos parpadean sólo para él con suavidad en las profundidades de las finas tiras de cuero que cuelgan de mi pesada tiara, transmitiéndole serenidad y confianza. No sonrío, ya que eso se notaría.
Gracias a Gai'á, el trihelio comprende, y se agacha, y besa mis pies con lentitud y elegancia, haciendo que el calorcillo aumente a cosquilleo.
Alsra, Nulsra y Belsra ya saben qué hacer con él. A todos los demás los azotan devolviéndolos a las canteras.
Un gesto y los caminantes caen de bruces ante mí, de alfombra hacia la litera. Me pongo en pie y Telsra me da la mano. Con ella y con el báculo mantengo el equilibrio mientras ando despacio sobre los dorsales puestos en fila. Noto que uno respira muy levemente mientras poso sobre él, pero decido obviarlo y pasar de largo. Pero al notar a otro que también respira, hago la señal convenida con el báculo, y en cuanto estoy a dos cuerpos de él, a mis espaldas, antes siquiera de que se alce para correr y caer delante de mí a seguir mi camino, las guardianas se le echan encima y le arrastran silenciando su boca. Aunque me desagrade esto, no deben perderme el más mínimo respeto. Rumores: habrán montado apuestas entre ellos sobre a quién dejaré pasar y a quién no. No volveré a saber de él, y no muestro absolutamente ningún interés, como tantos a los que he abocado a la misma suerte. Rumores: son carnaza larga para los apetitos nocturnos de las guardianas de la cantera, ya que al ser hombres seleccionados para esta función, son muy apreciados. Llego a la litera, me tumbo con lentitud y provocación, descubriendo lánguida mis encantos externos, brazos, piernas, caderas, hombros y cuello. Estoy tentada de señalar a una guardiana de tantas que babean por mí abierta e irrespetuosamente, a lo lejos, pero desisto. Hoy ya me aburre provocar daño. Los caminantes rodean con premura la litera, la portean al hombro y nos ponemos en marcha, de vuelta al templo.
En el camino disfruto reacomodándome y provocando miradas y reacciones ocultas entre el populacho. Sonrío con descaro, pero sin pasarme. A pesar de mis dieciséis inviernos, sé lo que debo hacer para no cruzar el límite.
El sol me pica en la cadera descubierta. Despacio, doy media vuelta y descubro la otra, disfrutando del contraste.
En el cambio de postura, descubro al trihelio unos pasos por detrás, llevado con cadenas desde dos guardianas a caballo. Le miro por encima, sin mostrar nada de interés, pero el calorcillo de mi bajo abdomen se reaviva.
Llegamos a palacio. En la sombra del atrio bajan la litera y Telsra se acerca, servicial, tendiéndome la mano.
Yo me desperezo cuan larga soy, bostezo con lentitud y desciendo. Vamos a mis aposentos. Me deshago de mis ropajes de calle con indolencia y me desnudo por completo. Telsra da unas palmadas y asoman tres bañadoras para guiarme al agua. Me acicalan, me restriegan la piel y me perfuman con aceite, secándome y vistiéndome para la ocasión.
Vamos al templo, a la sala de entrega. El selecto público está preparado. Todos me desean, todos me anhelan, todos beben de cualquier gesto mío. Todos los que han abonado la suma mínima por el sacrificio a Gai'á. Todos apiñados allí al fondo, con las guardianas preparadas.
En medio del inmenso círculo de la vida, al otro lado del cual se erige el altar a Gai'á y la gigantesca estatua de oro, plata y marfil que la representa, está el pilón con el trihelio, completamente desnudo, bien inmovilizado, con cadenas tensas cruzándole el torso, los brazos y los muslos.
Permanezco en las sombras fuera del amplio círculo luminoso, espero mi turno. La vieja sacerdotisa saluda, inicia el concierto de timbales, flautas y cítaras, da unos pocos pasos y me pasa el testigo a mí. Entonces salgo yo, y hago lo que mejor se me da, lo que ninguna otra puede hacer por mucho que lo intente, lo que me inspira Gai'á sin apenas voluntad por mi parte, lo que me mantiene viva y por lo que vivo. Danzo.
Primero ritmos lentos, brazos quietos, empiezo a ondularlos, juego de cuello, de barbilla... lo típico, lo que me llena de la inmensa energía que derrocharé después. Lo que provocará que muchos de los presentes y muchas de las guardianas quieran vibrar conmigo, entre mis brazos, y culminar entre mis muslos, y que luego culminarán en las alcobas con sus parejas, esclavos, esclavas o en solitario.
¿Y el trihelio? Al poco de empezar, su reflejo se activa, oscuro, rígido, hinchado de venas, con la punta violácea y brillante. Sus ojos me devoran. Su respiración se agita. Sus manos y brazos se tensan bajo las cadenas. Pero su boca permanece cerrada.
Entre paso y paso de baile, me acerco a él. Paso mis dedos rozando la pelusilla de su torso, de su bajo vientre, de sus muslos, pero sin tocarlo. La excitación le sube más y más. En cierto momento sonrío para mí cuando noto su piel de gallina perlada de sudor tras el paso rielado de las yemas de mis dedos.
Mientras tanto, yo disfruto. Me dejo llevar por uno de los momentos más intensos de mi existencia, que es bailar. Bailar sin parar, desplegando mis brazos, mis piernas, mi pelo, con unos movimientos y ritmos que aprendí a base de mucho esfuerzo, dolor y disciplina, pero que ahora forman parte de mí, y me elevo, y vuelo, y salto, y me retuerzo, y ruedo por el suelo, y me estiro, y me encojo, y me canso, y vuelta otra vez con otros pasos, y me extiendo ante Gai'á, y la música es cada vez más trepidante, y me hipnotizo, y... y me dejo llevar.
Muy pocas veces he sido capaz de provocar la húmeda respuesta en el esclavo durante esos momentos, ahí, en público, ante la presencia de Gai'á, madre de todo y de todos. Si así fuera, pasaría directamente a las manos de las castradoras, para que su último y excepcional líquido de vida fuera realmente el último, antes de entrar a mi privilegiado servicio como eunuco, algo que íntimamente me da más o menos igual.
Pero éste... este trihelio, tiene algo... que me llama la curiosidad. Es distinto a todos los varones con los que he tratado, sean esclavos, hombres libres, soldados, nobles, embajadores, sacerdotes, jóvenes, viejos... Es distinto.
Decido continuar el servicio en privado, y así se lo comunico a Telsra, que da las órdenes oportunas con total discrección. Conociéndome, imagino que también habrá hecho venir a Onolsra, o a Bulsra, o cualquier otra guardiana prescindible cuya devoción por mí les haga perder la compostura más de una vez en público, para la prueba de mi virginidad.
De vuelta a mis aposentos, sudorosa, paso de largo ante mis solícitas y frágiles bañadoras, que aguardan con sus atenciones dispuestas, y entro en la pequeña sala de mi altar privado a Gai'á. Allí sólo estamos Telsra, Gai'á, personificada en el diminuto busto al fondo, una guardiana simiesca y voluminosa a la que no conozco de nada, yo... y el trihelio, atado de pies y manos al madero cruzado. Evito mirar las paredes del fondo, en sombras, donde unos pocos nobles y ricos comerciantes han pagado inmensas fortunas por estar en estos momentos tras los visores disimulados que se suponen secretos, y cuya existencia es objeto de carísimo y reducido mercado selecto, formando parte de los numerosos Rumores: sobre mí.
Me pongo ante él, cuidando de no caer en el hueco cubierto de sedas y cojines del suelo, y respiro hondo. Me exhibo despacio, con música imaginaria, cuya cadencia la marca mi deseo de provocarle, mi descaro desinhibido al no estar ante un público con el que guardar las formas, y provoco otra vez el reflejo, la respiración superficial, la mirada brillante, su sexo crecido. Y me voy al hueco en el suelo ante él, y me tumbo ahí, y me revuelco acariciándome a mí misma, sin cesar de removerme, mientras Telsra acciona despacio el torno que hace que los maderos se abatan lentamente sobre el hueco, sobre mí, el trihelio colgando de ellos, paulatina y literalmente de ellos.
Es entonces cuando por primera vez mi cuerpo contacta con el suyo: rozo su hinchada virilidad con mis caderas, sin cesar de removerme bajo él. Dándome la vuelta voluptuosamente, sonriendo, alzándome lo suficiente como para echar mi aliento en su cara, curvando mis nalgas para continuar con el roce...
Y al fin, noto que respira trabajosamente, cierra los ojos, intenta zafarse con fuerza de los maderos, y explota sobre mi cadera izquierda. Sonrío abiertamente con placer, regustando mi triunfo, pero...
Al mirarle a la cara, a los ojos, capto su desafío. Salvo un leve quejido, sigue con la boca cerrada, en silencio, respirando fuertemente por la nariz. Respiro hondo, ligeramente decepcionada.
Telsra rueda otra vez el torno en sentido contrario; el trihelio vuelve a su posición vertical.
La otra guardiana se acerca y con solicitud y mal contenido deseo me limpia la cadera del precioso líquido derramado por el trihelio. Cuando va a comprobar mi virginidad, se lo impido y señalo las argollas del suelo, delante del altar de Gai'á. Telsra se adelanta y le indica que se tumbe ahí, atándola de pies y manos.
No separo mis ojos de los del trihelio. Estoy frustrada. Su actitud me enerva. Me alzo desafiante. Su piel, su olor, su sudor...
Cuando Telsra da la señal, doy unos pasos hacia la guardiana atada y me siento despacio sobre su cara. Pongo mi canal íntimo al alcance de sus ojos, bien de cerca, y tomándose su tiempo, da el visto bueno. Telsra afirma con la cabeza y se retira dos pasos atrás.
Entonces con rictus de decisión y enseñando un poco los dientes, echo todo mi peso sobre la cara de la guardiana, cuidando de retirar mi entrada de su boca.
Al principio la guardiana no hace nada. Disfruta, la muy perra. Conforme pasa el rato, intenta girar la cabeza para coger aire, pero yo se lo impido. Con las manos cojo su hirsuta melena y tiro hacia mí, controlando férreamente su cabeza. Su cuerpo se arquea a mis espaldas, cada vez más convulso. Sus brazos y piernas tiran de las argollas con mucho ruido.
El calorcillo que me provocó el trihelio se derrama sobre la cara de la perra a la vez que exhala su último suspiro.
Tardo en levantarme. Respiro hondo unas cuantas veces. Cuando lo hago, ni siquiera miro el cadáver que dejo atrás. Me acerco al trihelio y le abofeteo en la cara con rabia, tres veces. Después, con dignidad y soltura, me dirijo a la salida, olvidándome de todo y poniéndome en manos de mis bañadoras para quitarme esta peste que ya no me satisface...
viernes, 5 de febrero de 2016
Ella está ahí por ti, ¿sabes?
Está a tu lado por ti. Así que demuéstrale lo que significa. Podía haber elegido a cualquier otro, podía haber elegido estar sola, como cada vez más gente sobre la faz de la tierra. Pero no. Te ha elegido a ti, y quiere estar contigo. Sus brazos quieren abarcarte, sus manos quieren palparte, sus ojos quieren llenarse de ti, sus oídos no desean perderse una onza de tu voz, su mente está muy pendiente de ti. Así que trátala como se merece, como lo que es, como una reina, tu reina. Puede que la semana que viene, el mes siguiente, o dentro de un año sea la reina de otro. Pero en este momento está contigo, está por ti, así que no eches a perder la ocasión. Vulgo, no la cagues.
¿Por qué? Porque ha percibido algo en ti que ha despertado un eco más profundo de lo que estaba dispuesta a admitir. Porque ha tenido un pálpito sobre ti, porque algo tuyo le ha llamado la atención, un gesto, una mirada esquiva, un rubor, un tembleque o un tic, o la suma de todo eso, que ha decidido arriesgarse a permanecer contigo para ver hasta dónde podía llegar y conocerte mejor mientras tanto, ver si estaba equivocada y si valía la pena abrirse a ti.
Porque tal y como está el mundo, quizá ni ella misma se lo esperaba esa misma mañana, ante el espejo. Recién salida de la ducha, el pelo húmedo, la cara todavía con trazas de sueño pese al contraste vivificador del agua corriendo sobre su piel, no se imaginaría que diez, doce horas más tarde su atención estaría copada por un imprevisto encuentro, por una posibilidad de conocer a alguien que le ha roto los esquemas.
Quizá no seas consciente de la oportunidad que te presenta el destino. Tú, que cada pocos días te dejas llevar por incontenibles vapores en hermosa silueta de mujer, como tantos y tantos hombres a tu alrededor, puede que consideres este encuentro fortuito como algo normal y cotidiano. Pero no lo es.
Quizá te niegues a abrirte del todo, por una comprensible reacción al abandono, a retornar a la soledad y querer volver a estos momentos, pero es ley de vida. Lo que cuenta es aquí y ahora, el futuro se escribirá solo. Trátala en esos momentos como si estuviera a tu lado el resto de tu vida. Y probablemente así sea, porque dependiendo de cómo te comportes ahora, dejará un recuerdo indeleble en tu fuero interno.
Así que ten cuidado. Avanza siempre con pies de plomo. Da tú el primer paso si es preciso, pero respeta su espacio, su iniciativa, su posible negación, tanto en ese momento como en el siguiente. Y ni se te ocurra por asomo tomarte la más mínima confianza en vuestra intimidad, a menos que sea para bien, para sorprenderla, para agradarla. Puede que en tu fuero interno alardees de tratar con muchas mujeres, que sabes lo que necesitan, sus puntos sensibles, sus señales... pero no te engañes: cada mujer es distinta, y pese a que según tu experiencia puedan coincidir, se guían por algo que tienen muy dentro, que guardan muy celosamente, y que no revelan así como así.
¿Si ella se deja mirar? Mírala siempre a los ojos. ¿Se deja abrazar? Manos a su espalda sin bajar de la cintura. ¿Coge tu mano y la posa en su cadera? Acaríciala despacio, sin brusquedades ni presiones. ¿Te guía hacia los tirantes de su ropa interior? Aflójala o quítasela con mimo y respeto, poco a poco. ¿Que ella se abandona en tus brazos, pidiendo más? Tú no. Nunca te abandones. Permanece atento a sus señales. No temas preguntar. Provócale una carcajada si es necesario, pero ten muy presentes tus objetivos. Y tus objetivos son los suyos, los que hacen que ella confíe plenamente en ti en esos momentos tan intensos. También ten presentes tus señales: ¿que sabes que en breve te vas a lanzar como caballo desbocado? Soooo, caballo. No es una yegua. Será igual de bella y briosa, pero muérdete el labio antes de soltarte las riendas. ¿Te hace daño con sus pellizcos, arañazos, mordiscos, manotazos o puntapiés? Aguanta. Por lo que más quieras, aguanta. Que un hombre pierda el control está muy bien para las películas, los libros o relatos, pero la realidad es que el hombre debe mantener la cabeza fría hasta el final porque lo más seguro es que le hagas daño y se eche atrás o se vaya de tu lado...
...
...
...
...
Bien. Si has llegado hasta aquí, si has conseguido cristalizar todo cuanto te he transmitido en una bella y sugerente estampa, y estás listo para ir un paso más allá, detente, respira hondo, coge esa... esa burbuja de cristal con las dos manos...
... y, como diría el profesor rebelde de El club de los poetas muertos, rómpela. Estréllala contra el suelo. Sin miedo, sin reparos. Álzala sobre tu cabeza y lánzala contra el suelo, que se deshaga en mil pedazos, y que el chasquido se convierta en música. Luego da media vuelta y vete. Mejor esto que sufrir lo que puede venir a continuación.
Posible denuncia por acoso, por tocamientos, por violación. Basta una llamada telefónica por su parte. Como poco, noche en el calabozo. Seguramente te echará de tu casa, se quedará con tu coche, una pensión a tu costa y parte de tus ahorros. Sin comerlo ni beberlo, tú, un buen hombre, ahorrador, sufridor, trabajador, sacrificado, honrado, te has visto de la noche a la mañana reducido a un número de acusados por violencia sexual.
Pues a eso es a lo que nos ha conducido la ley de violencia de género. A tratarnos a todos los hombres como potenciales violadores. Sin distinción, por igual. La inmensa mayoría no somos culpables, pero sí nos han convertido en víctimas. A todos. Y como todas las víctimas que están a tiempo, huye.
¿Que deseas estar con esa mujer más que nada en el mundo? ¿que estás seguro de que ella no te quiere ningún mal, que te ha manifestado su deseo de estar contigo? Adelante, pues. Pero bajo tu entera responsabilidad. Echa un vistazo a tu futuro a corto y medio plazo si ella decide ir por ahí una vez has caído en su posible trampa.
Puede que dicha ley no sea tal, que sólo sean rumores, exageraciones, reacciones manipuladas de colectivos que están en contra de dicha ley. Pero creo que bastará una búsqueda por internet para ponerte en guardia, como mínimo.
Puede que tú no seas un maltratador. Si no lo eres, entonces tranquilo. Retírate igualmente, respira hondo otra vez, conciencia en calma, desahógate en solitario y piensa en los hombres que como tú tampoco son maltratadores pero sí han caído víctimas de brujas que abusan de ese poder nefasto que les ha dado esa ley... Si todos los hombres hiciéramos piña y nos retiráramos en momentos clave, ya veríamos en qué quedaría la cosa. Aunque dada nuestra fama, lo galopante de nuestras hormonas, la posición social que da estar en buena compañía y exhibirla, lo fácilmente manipulables que somos en ese sentido, lo veo imposible.
Pero si lo eres, si eres un maltratador, si te gusta tener dominadas a las mujeres ("la mujer en casa y con la pata quebrá")... entonces léete esto. Es antiguo, pero mantiene toda su fuerza.
miércoles, 30 de diciembre de 2015
Cafetera rota.
Lo apago, lo enciendo y nada.
Resignación. Quizá no sea nada, quizá tenga arreglo…
La desmonto, miro lo que hay que mirar, y tras unas mediciones, decido que no tiene arreglo.
El problema está en la resistencia calefactora que calienta el agua y que está “dentro” de la pieza de aluminio fundido que es todo el recipiente, atornillado a la espita también de aluminio fundido que guía el vapor hacia la cazoleta conteniendo la moltura. Por tanto, no se puede abrir si no es con una sierra y echando todo a perder. Si fuera una resistencia independiente, atornillada al vaso en vez de “hacer cuerpo” con él, hubiera mirado de sustituirla, aunque fuera con otro modelo de componente, que dudo encontraría a la venta. También si el fallo estuviera en los dos componentes de seguridad que detectan temperatura y sobrecarga, aún tendría solución, una sustitución de dichos sensores y listo.
Pero no. Toda la cafetera convertida en chatarra desmontada.
En fin. La llevo a un punto limpio y me acerco a comprar otra a una cadena de supermercados.
Desisto al ver los precios y los modelos en que se basan su funcionamiento, sin convencerme ninguno. No dudo de la calidad final del café que sale, pero está un poco fuera de mi presupuesto, tanto del aparato en sí como de los consumibles preparados post-venta.
Intento mantener el ritmo, el impulso, el ímpetu, el optimismo, las ganas de hacer cosas, preservar el naciente hábito, pero… poco a poco el cansancio, el desánimo, la inercia se van abriendo paso…
Todo esto pasó hace dos meses. Mi hermana me regaló otra cafetera que no emplea. La monto en mi casa, y funciona, ya tengo café otra vez. Aunque la técnica sea ligeramente diferente: en la antigua echaba el agua exacta y me olvidaba, volviendo después al rato indefinido. En ésta debo llenar un gran depósito interno, casi 1 litro de agua, y vigilar cuánto café sale. En la antigua cabía más moltura en la cazoleta, tres o cuatro tazas. En ésta dos, y escasas. En la antigua el vapor salía con mucha más furia y ruido, en ésta se activa una especie de bomba que traquetea contra la mesa el tiempo que está echando vapor. En la antigua el filtro vertía el vapor directamente en la cazoleta y de ahí a la taza. En ésta el filtro dispone de un mecanismo muy extraño compuesto por arandelas de goma que sellan el conducto cuando deja de soplar vapor, imagino que para evitar el goteo constante post-café, algo que en la antigua no pasaba, ya que cuando se acababa el agua, se acababa, sin goteo posterior. En la antigua el café salía fuerte, muy fuerte, con posos y todo. En ésta el café sale… em… casi como de pitiminí.
No me ha gustado mucho el cambio, pero a caballo regalado…
Ahora se trata de recuperar el ímpetu, la disciplina, la limpieza.
miércoles, 25 de noviembre de 2015
Te adoré.
Me dio igual lo que digan los demás de esos momentos y sus tremendas expectativas. Me da igual lo que pinten en los medios de comunicación, en los corrillos de amigos, en las confianzas que se toman en según qué ambientes y que yo por supuesto no otorgo. Mi recuerdo sobre nuestros momentos juntos están ahora acorazados en mí, completamente a salvo, y nadie tendrá acceso a ellos jamás.
Confiaste en mí. Tú pasabas por unos tiempos de duda conyugal, y yo respondí de la mejor manera que se me ocurría. Amé tu cuerpo en cuanto me diste ocasión. Respeté tus límites, que pasaron a ser míos sin ningún problema. Con mi empatía y atención al máximo, me disgustaba lo que a ti te disgustaba sin siquiera llegar a definirlo con palabras. Tomé lo que me dabas disfrutándolo el triple. Me concentré en tu placer lo mejor que supe, olvidándome del mío, incluso vinculándolo al tuyo de principio a fin. Mi sed de ti y mi disposición hacia ti eran tantas, que sólo usaba mi cuerpo para atender al tuyo durante todo el tiempo que fuera necesario. Cubierto o sin cubrir, abajo, arriba o de lado, explorando y maravillándome de tus respuestas, lleno de curiosidad y empatía hacia tus señales, intentando anticiparme, saltando olímpicamente sobre mis dudas, teniendo paciencia ante una supuesta falta de respuesta, seguro de que iba por buen camino, y que el tiempo era lo único que me separaba de tu goce y bienestar. Mientras tanto, la entrepierna me escocía, aprisionada y sin poder desarrollarse por completo durante horas, pero no me importó, porque sabía que el sexo que te deparaba era mucho mejor, más candente, completo, duradero y profundo, más placentero, y sin fin a la vista. Era lo que tú querías. Me demostré a mí mismo lo que era capaz de desarrollar ante una mujer como tú, lo que me inspirabas era infinitamente más fuerte y arrollador que el pequeño escozor genital.
Una sonrisa tuya de satisfacción o aprobación, una caricia simultánea de ojos y manos, por leve que fuera, ya era como un rayo luminoso e iridiscente en medio de los nubarrones de dudas que hacía que avanzara un poco a ciegas…
Te llené de mis mejores detalles: mis ojos intentaron no perderse un ápice de cuanto de ti se desprendía, de todo cuanto te rodeaba, tus movimientos, tu ropa y estilo, tus sonrisas, tus dudas. Mis manos no se apartaban de tu bellísimo cuerpo, pero sólo cubrían aquellas zonas donde no pudieran verse rechazadas en su timidez; de vez en cuando se asomaban a tus caderas, nalgas y pechos, pero enseguida volvían a su zona segura: muslos o cintura, zonas correctas y nada ofensivas. Mi respiración se hacía superficial, mi corazón iba a cien, de vez en cuando me daba un leve temblor, pero no era consciente de nada de eso. Sólo ahora, mucho tiempo después, revivo con placer esos detalles.
Fuiste como una reina para mí. Intentaba volcarme en ti, hacerte cosquillas, hacerte reír, sorprenderte, ser un perrito gimoteante, o un amante silencioso, sonriente y seguro de mí mismo y mis capacidades, o un amigo con quien hablar, apoyarse y abrazarte…
Sentí mucho que eso no bastase.
sábado, 24 de octubre de 2015
Garth Ennis.
pero cuando le dan cierta libertad creativa, empieza a crecerse…
… y a crecerse…
… y a crecerse…
… y ya cuando le dan libertad total (más o menos), explota:
Y cuando se lo monta por su cuenta, ya es el acabóse más cabronazo que ha parido madre:
… en donde arrambla con todo, no deja títere con cabeza y patea y tritura el mito del superhéroe moderno. Todo aquél que tenga la “desgracia” de leer The boys de principio a fin “mirará” al resto de los superhéroes con otros ojos (“como dice el proverbio: Un gran poder conlleva la total certeza de que te convertirás en un cabrón”). Y yo no soy excepción. Y como se me han pegado sus “maneras”, sus modos, motivos, estilo y demás, lo destripo aquí para vosotros con un par de machetazos. Ni aviso de “spoiler” ni pollas en vinagre.
Veamos: ¿Superman clon? un producto depravado, hedonista y psicótico de una larga investigación dirigida por el equivalente a A. Einstein, pero en genética en vez de energía atómica. ¿Batman clon? un ricachón torpón con ínfulas que se folla cualquier agujero, sea de carne o no, como consecuencia de una enfermedad degenerativa. ¿X-Men clones? una profusa tropa de jóvenes multimillonarios dados al vicio constante y sin límites, liderados por un pederasta que los rapta de niños, los pervierte, los manipula y los aglutina a su alrededor. ¿Los Vengadores clones? un grupete de figuras a cual más pervertido, odioso, rastrero, cruel y cobarde que haya podido imaginar una mente retorcida y hastiada como la de Garth Ennis. ¿La JLA clon? ídem de ídem. Y todos ellos y unos cuantos más (incluyendo un grupo de cosecha propia basada en el fanatismo ultracristiano, por supuesto con su tonelaje de hipocresía y perversión despiadada) bajo el patrocinio de una corporación privada multinacional con intereses y estrategias de negocios hacia el “dinero de verdad”, la industria militar norteamericana. Y además encajándolo en la historia: Segunda Guerra Mundial, guerras de Corea, de Vietnam, de las Malvinas, la CIA, Rusia… hasta el presente, en que hace que confluya todo en un final… em… apocalíptico, con intento de golpe de estado incluido… y también una pequeña subtrama para dejarlo todo más o menos atado antes de concluir un tanto precipitadamente y dedicarse a otros proyectos, ahora que ya le ha sacado el jugo a esa colección… (o igual es que desde las grandes editoriales, DC y Marvel, le han “conminado” mediante chantajes y amenazas más o menos directas a acabar cuanto antes por lo que representa para sus negocios, que todo puede ser… este tipo de maniobras creo que suelen darse de forma habitual en negocios dominados por dos o tres gigantes empresariales).
Dichos proyectos no sé cuáles serán. Le he perdido la pista desde entonces. Imagino que Ennis estará un poco harto del mundo del cómic y quiso probar en otros campos, como el cine.
Pero sí sé la enorme cantidad de patadas que da este guionista a todo lo frívolo, aparente, contradictorio y hueco de la industria del cómic superheroico estadounidense. Ya sólo le falta incluir entre sus dianas habituales las versiones cinematográficas sucedidas en los últimos años. Sólo que ahí supongo que le obligarán a cortarse más, le atarán con una correa más corta y más sólida…
También sé el enorme bagaje cultural que porta en sus obras no superheroicas, en donde se encuentra más a gusto (por ejemplo, en “Hitman” apenas hace uso de dones metahumanos en el protagonista, justificando como que le den migrañas cuando los emplea), basadas en su mayoría en la Segunda Guerra Mundial, en donde se adentra siempre que puede, con respeto, cariño y admiración por los que lucharon y murieron, tanto de uno como de otro bando. Por supuesto, en el lado alemán, diferencia al ejército (Whermacht) de los fanáticos (SS, Gestapo y demás organizaciones).
No olvido tampoco su vertiente cómica, pero al ser extranjero, sus juegos de palabras pierden con la traducción. Aquí el menda, al dominar el inglés a un nivel menos que básico, se pierde por completo en los argots, así que las obras cómicas las percibo un poquito deslucidas y forzadas.
sábado, 17 de octubre de 2015
Índice de bases oníricas.
Llamo “fantasías de vaho” a las que se generan para diversión momentánea, para pasar el rato en colas o salas de espera, para conciliar el sueño y sentirnos bien con nosotros mismos, o bien como refugio instantáneo y sin pretenderlo de una situación tensa en donde las circunstancias favorecían dicho vaho, pero que luego se disuelven en la nada sin más importancia. Exactamente como cuando se exhala vapor sobre un cristal para limpiar una manchita persistente, dibujar una caricatura o escribir un mensaje sin apenas trascendencia (o quizás con mucha trascendencia pero sin mucha huella para el futuro, que todo puede ser), o cuando se está en un ambiente muy frío se hace un amplio anillo con la boca y se expulsa una larga bocanada de aire para recrearnos en la forma o el efecto que despierta delante de nuestra cara, y que a los niños les encanta cuando lo descubren y juegan con ello.
Lo más llamativo es que tengo unas pocas fantasías recurrentes, básicas o troncales, a partir de las cuales se desarrollan, bien repitiéndolas una y otra vez fielmente, sin variar una coma, o bien un día se me ocurre una pequeña variación, una sorpresa que añadir y que disfruto, o bien cambio de sueño base, dependiendo de mi humor, mis ánimos, o lo que sea, que me llevan a seleccionar de dicho índice el que más me venga en gana.
Lo malo de esto es que si una noche me encuentro especialmente desanimado, desganado o susceptible, y rechazo todo a mi alrededor, incluyendo dicho índice, y me propongo componer otra base completamente nueva, independiente del resto, no me sale así como así, y siempre acabo tirando del índice en cuestión.
Mencionar también que algunas de dichas bases están ya plasmadas por escrito, de diferentes formas y sin ninguna relación entre sí, como pueden ser cuentos sueltos en este blog o en el otro, o bien diferentes blogs dedicados íntegramente a ellos, porque dichas historias daban muchísimo de sí si las desarrollaba, pero se quedaron ahí sin más, a medio nacer, la mayoría de ellas por pura vagancia.
Así que en cada cuento de este Inbaon recién inaugurado incluiré el enlace donde hago referencia a cada uno de ellos, ya sea completa de principio a fin, o sólo principio sin final a la vista. Lo bueno que tiene esta pequeña iniciativa es que puedo desarrollar unas escenas especialmente vívidas o conmovedoras, por la enorme fuerza que conllevan, sin incluir las etapas previas o posteriores que suelen resultar un lastre para mi forma de ser. Por supuesto, intentaré que sean inteligibles y asimilables, pero el esfuerzo de hacerse a la idea de qué pasa previamente en cada una de ellas es fundamental (y supongo que enorme en algunos casos), con los personajes, interacciones, circunstancias, habilidades, etc.
lunes, 12 de octubre de 2015
Té con canela (del Mercadona)
Voy tomando cafés cada pocos días. Solos, con leche, con galletas o a sorbitos sin nada más, con azúcar o sin azúcar, cargados o ligeros (controlando la prensa manual y la cantidad de café molido en la cazoleta), más o menos cafeinados (mezcla en diversas cantidades de tueste natural y descafeinado)… Y cada vez me gusta un poquito más, lo reconozco. Es un ritual que me relaja y me hace sentir en paz mientras dura.
Y claro, en ésas, no puedo evitar imaginarme estar en compañía femenina: ella durmiendo tras una noche especialmente intensa, y yo levantándome y preparándole el café (asumiendo por supuesto que le gusta el café) y entrándolo después en una bandeja, con unas galletas, el tarro de azúcar y algún detalle primoroso, como la servilleta plegada de una forma graciosa y llamativa… (flores, bombones y demás están fuera de la ecuación económica).
Sí, suena feo mencionar la cuestión económica. Pero dada mi situación ídem, esa condición insalvable se me ha metido aceitosamente entre los resquicios de la base de mis fantasías de vaho cotidianas.
La parte negativa del ritual del café es que creo que me he habituado demasiado pronto a sus efectos vivificadores. Ya no siento apenas el empuje que me abocaba a la hiperactividad de antaño. Aunque quizás sea por el control de las dosis en la cazoleta, siempre tirando a la baja con el café tueste natural.
El otro día vi en Mercadona infusiones de té con canela, y me entró curiosidad por probarlo. La canela me gusta (arroz con leche y galletas napolitanas), así que cogí una caja de eso. Pero hoy he comprobado que al tomar el té bien caliente, apreciar el gusto a canela es casi imposible. Quizás sea que en mi estado actual, con la garganta escocida, no huelo apenas nada, ya que influirá en zonas cercanas…
sábado, 26 de septiembre de 2015
Concéptica.
Dícese de la ciencia que pone nombre a tendencias, ideas, procesos, corrientes, orígenes, destinos, fines, usos, reacciones, tolerancias… e incluso radicalismos y fanatismos varios.
Poner nombre no es baladí. Según se designe una u otra palabra a algo, ésta puede cuajar y prosperar, o si suena mal, fracasar y verse relegado al olvido o al uso especializado entre profesionales del ramo. Entiéndase como “cuajar y prosperar” el sumarse al uso cotidiano de una comunidad más o menos numerosa, y que puede usarse como ladrillo para construir más concéptica futura.
No es ciencia nueva. Y tampoco está ceñida a la Filosofía, o al Diseño, o al Descubrimiento, o a la Normativa reguladora (estandarización), o a cualquier campo con mayúscula en el que la Humanidad expresa y lleva a cabo todas las ideas que surjan en cualquier ámbito, tiempo o lugar (nótese que, a lo largo de este blog, la mayúscula no se la aplico a cualquier palabra).
Cualquiera puede usar la Concéptica en cualquier momento. Simplemente con que se le ocurra un proceso nuevo que acorta o ataja conceptos antiguos que los transforma en obsoletos, ya usa esta ciencia, ya usa la Concéptica.
Concéptica también es asignar símbolos impronunciables pero certeros al primer golpe de vista a situaciones e ideas que precisan de lecturas rápidas para actuar en consecuencia de inmediato, casi por reflejo.
Aunque esta última parte disiento un poco, porque dichos símbolos son difíciles de usar en sumas futuras para crear nueva concéptica… y por tanto tienden a estancarse y permanecer inamovibles en el imaginario y comunicación humana.
Como toda ciencia humana, también es proclive al mal uso, manipulación o tergiversación. Y como toda ciencia humana, dicho mal uso, manipulación o tergiversación produce mucho daño, dolor, destrucción e injusticia en dimensiones realmente escalofriantes.
¿Qué fue si no designar “izquierda” a unos valores sociales y “derecha” a otros? Concéptica. ¿Y qué fue radicalizar dichos valores en uno u otro sentido, oponiéndolos en numerosas ocasiones, “extrema izquierda, extrema derecha”? Concéptica. ¿Y también oponerlos contra sus vertientes “moderadas”? Concéptica.
¿Y asignar la cruz gamada al nazismo en la cultura occidental o la hoz y el martillo al comunismo? Concéptica. ¿Diferentes cruces de diferentes colores y formas a lo largo de la Historia? Concéptica. ¿Medias lunas, estrellas de David, estrellas de cinco puntas y otros símbolos que no tienen sonidos asociados pero se exhiben con propósitos llamativos? Concéptica. ¿Señales de tráfico vial, avisos de peligro y símbolos de publicidad e identidad corporativa empresarial? Concéptica. ¿Escudos, linajes, banderas, herencias culturales, pertenencia a diferentes etnias, tribus, valores, incluso modales y costumbres que determinan diferencias más o menos relevantes entre grupos vecinos? Concéptica.
¿Qué fue designar como “Teoría” a la Evolución o a la Relatividad? Concéptica. ¿Y la reacción a la primera, el creacionismo? Más concéptica.
¿”Políticamente correcto o incorrecto”? Concéptica. ¿Insultar, degradar, vejar, comparar, crear metáforas? Concéptica. ¿Convertir siglas en palabras y usarlas como sustantivos, incluso moldearlas como verbos? Concéptica. ¿Una conversación entre científicos eminentes, entre informáticos en perfecta sintonía, entre artistas formados y veteranos, entre médicos sobre cuestiones urgentes de salud…? Concéptica.
¿Esta misma entrada, en donde reflexiono y propongo como “Concéptica” a la concéptica? Más concéptica… siempre y cuando el concepto cuaje y se use entre la gente de forma espontánea, sin llevarme ningún mérito por ello.
Ya que otra de las reglas no escritas de la Concéptica es el anonimato de sus orígenes, citando éstos como anécdotas sin apenas importancia, si se llega el caso.
domingo, 20 de septiembre de 2015
Warren Ellis.
“-…Es demasiado fácil.
-Llevas con esto desde anoche. Si fuera fácil ya no tendría que oír cómo te quejas. ¿Qué problema hay?
-Las lenguas humanas derivan de doce sonidos raíz. Esos sonidos dependen de la estructura de la laringe y de las condiciones atmosféricas.
-¿Y?
-La grabación de voz que encontró Anna tenía esos sonidos raíz. Y el ordenador los relaciona con elementos de los caracteres lingüísticos del texto.
-Y por tanto te quejas de que es demasiado fácil. ¿Qué quieres?
-Accedemos a las palabras de una raza imposiblemente antigua, esencialmente alienígena. Debería ser más difícil.
-Venga, John. Misma laringe. Misma estructura pulmonar. Diez dedos, cosa que lleva naturalmente a unas matemáticas de base diez. Somos parecidos… Vale, es raro… pero aquí todo es muy raro. ¿Qué te preocupa?
-¿Quieres saber qué me preocupa? Se puede averiguar mucho de una cultura a través de su lengua.
-Sí.
-Bueno, si fuéramos alienígenas ante un texto inuit, veríamos que tienen cincuenta palabras distintas para decir nieve. ¿Qué deducimos de eso?
-Que en su tierra nieva una barbaridad. Ya lo entiendo.
-Pues entiende esto: de momento, tengo ciento sesenta y tres palabras distintas para decir asesinato.”
“Ocean”. Warren Ellis, guión. Chris Sprouse, dibujo.
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Contexto: Un universo con su abundante e indefinido plantel de superhéroes, tanto villanos como benignos, algunos ocultos y solitarios, otros en grupos privados, otros en grupos paraestatales, etc. Uno de esos grupos está de asueto en un bar, el “Clark’s Bar”. Un componente del grupo, Toshiro, es un gigante gaseoso contenido dentro de una enorme armadura; otro, Nigel, es un ente también gaseoso delimitado por un campo de fuerza que le da apariencia humana (cabeza, cara, ojos, brazos, piernas, etc.), pero todo él de color verde fosforito; dos mujeres con diferentes dones y habilidades, y otro hombre que puede pasar por normal sin ningún tipo de rasgo llamativo.
“-…Debe de ser muy duro para ti, Toshiro, hijo.
-¿Qué quieres decir, Nigel?
-Bueno, tú eres un post-humano gaseoso como yo. Pero yo tengo este campo de fuerza sujetándome. Y esa red electrónica interna que me hace de sistema nervioso. Pero tú eres una bolsa de gas y extraños efectos gravitacionales encerrados en una caja de metal para que no exploten… Si no te importa que lo diga, tiene que ser difícil divertirse así.
-En absoluto. Tengo un secreto. (Pausa) Tengo un orgasmo cada cinco minutos. (Pausa) Por favor, no se lo digáis a mi padre.
(Todos miran asombrados a Toshiro. Una de las mujeres le apunta con el dedo).
-Vamos, hombre. No puedes soltar eso en una conversación sin explicarte…
-Mi forma gaseosa es extremadamente sensible a las vibraciones, incluso dentro del traje de contención. La simple vibración de las personas caminando envía resonancias a mi cuerpo que hacen que masas de plasma caliente colisionen. Cada pocos minutos hay una reacción en cadena y… (Pausa)… Allí voy otra vez. Perdonad.
-Quiero ser una entidad humana gaseosa.
-Se me acaba de ocurrir algo: si uno de los malos brinca arriba y abajo sin parar, Toshiro se quedaría completamente bloqueado en cuestión de minutos…”
“StormWatch: Cambiar o morir”. Warren Ellis, guión. Oscar Jiménez, Michael Rayan y Bryan Hitch, dibujo.
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Contexto: En un presente más o menos tormentoso, la ciudad de Los Ángeles es convertida en una prisión donde van a parar agentes de diferentes organizaciones secretas deshechos por experimentos que han salido mal. La ciudad en sí es habitable, con sus más y sus menos. Dichos agentes se relacionan entre sí en su devenir diario, portando cada uno sus rarezas como buenamente puede. Uno de ellos encarga a otro, el protagonista, una misión de detective. Como éste apenas soporta la luz del sol, entre otros inconvenientes, precisa de transporte con chófer.
“-… ¿Necesitas que te lleve antes de volver a mi estudio?
-Tengo que ver a Emily Crowe.
-Cielos, Jones.
-Tú no tienes porqué entrar. Volveré en taxi.
-Ya lo creo. Esa chica me pone los pelos de punta. Sube.
-Es lo que se supone que debe hacer. ¿No conoces su historia? Es ex agencia, como tú y Jeronimus. Y como Jeronimus, sufrió alteraciones quirúrgicas. Debería haber sido la seductora definitiva. Sobreproducción de feromonas sexuales. No funcionó. Lo que produce es algo que activa la reacción arácnida. Es miedo, y repulsión, y la confusión de estar cerca de algo extraño. En resumen, te pone los pelos de punta.
-A ti también debería pasarte, ¿no?
-No. Soy el único tipo de L. A. que puede estar en la misma habitación que ella.
-¿Por qué?
-Porque ya nada me pone los pelos de punta.
-Uno de estos días tendrás que explicarme qué era ese ‘Test desolation’”
Y es una de las escenas más potables de esta densa obra.
“Desolation Jones”. Warren Ellis, guión. J. H. Williams III. dibujo.
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Y así podría seguir, y seguir, y seguir por su prolífica obra. Diálogos que son casi una fuerza de la naturaleza, como muestran los tres ejemplos previos. Argumentos en su mayoría absurdos, pero tratados con mucha maestría para sacarles el jugo. Sin límites en mezclas de conceptos, muchos de ellos forzados y estrujados para formar nuevos conceptos en los que situar sus historias. Reflexiones demoledoras y certeras, capaces algunas de ellas de dejarme como un flan…
Es el único autor que me provocaba adicción cuando estaba cierto tiempo sin leer nada nuevo suyo. Su estilo, las perspectivas acerca de qué podía salir que me impactara, sus metáforas…
Paradójicamente, su obra más famosa (relativamente), “Transmetropolitan”, no me llamó mucho la atención. Adquirí el número 1, sí, pero… nah, en aquellos días tenía otras colecciones más interesantes en la tienda…
Puede que en el futuro, si me da por ahí, destaque otra obra de éstas y os la presente para que os pique la curiosidad como a mí en su día.
miércoles, 9 de septiembre de 2015
Capitán Britania.
Además de ser reflejo “menor” surgido en la década de los 80 bajo el ala de otro símbolo de descarada manipulación patriotera de mucha más solera y raigambre, el capitán América.
Además de ser un personaje segundón y poco conocido en el abundante filón de personajes del universo Marvel.
Además del claro sentido militarista por el grado de oficialidad expresado, con lo que conlleva de pretendida autoridad, liderazgo, ejemplo, obediencia, etc.
Además del calado mínimo que la edición de sus aventuras ha tenido en España.
Además de la respuesta refleja que supone para los no aficionados al cómic, para el público en general: “Si existe el capitán América y el capitán Britania, ¿porqué no existe el capitán Hispania, o capitán España, o como se llame?”, antes de reprimir dicho reflejo por otro reflejo resultado de la vergüenza de pertenecer a un país gobernado por corruptos e incompetentes, con su identidad nacional en fuerte crisis desde hace más de cuarenta años.
Bueno, que existen multitud de personajes por ahí de los que hablar antes que éste.
Pero me he decidido por él, porque dada la reciente “reestructuración” de la deud… perdón, de mi casa (lo siento lo siento, tanto leer sobre la enorme deuda que tenemos los españoles, griegos, italianos e irlandeses para con Europa ha dejado esa relación casi indisoluble en mi psique), decía de mi casa, mis cajas de mudanzas en el trastero y desperdigadas por el salón durante casi cuatro años, he podido cumplir un viejo deseo friki: encontrar los cuatro tomos “prestigio” (un formato de cómic de antaño de alta calidad) comprados a principios de los 90, un tomo publicado casi quince años después pero cronológicamente situado antes de dichos tomos “prestigio”, y situarlos todos antes de una colección que empezó más o menos al mismo tiempo que los susodichos tomos “prestigio”, que seguí durante aproximadamente cinco años y que dejé colgada al ver la mediocridad que iban tomando sus historias. Y ponerlos todos en una de mis estanterías en su orden cronológico y de-fi-ni-ti-vo (odio el abuso al que se ha sometido en publicidad masiva a esta pobre palabra).
Capitán Britania es un personaje al uso: musculoso, algo torpe, abundante cultura y conocimientos científicos, identidad secreta, traje de acción vistoso y muy ajustado, con un buen corazón y mejores intenciones, su historia detrás, su origen, sus motivaciones, sus enemigos, sus amigos y aliados… pero en su mejor época (ilustrada absolutamente toda por el dibujante Alan Davis) sometido a un desvarío tremendo de aventuras, a cual más descacharrante y terrorífica (muérete de envidia, Batman).
Se puede argumentar que la importancia que tiene este personaje viene dada por Alan Davis. Sí, así es. Un dibujante excepcional, de trazo cuidado y muy agradable de ver, que no reniega del erotismo que plasma en su obra, pero que hace como que no existe de cara a la galería, pues va destinada a un público juvenil. Además de permanecer fiel a sus principios, el más llamativo de los cuales es su preferencia por este personaje, al que saca siempre que puede.
Capitán Britania dio paso a Excalibur, una colección de más éxito, y por tanto más respaldo, más presión y manipulación editorial que paradójicamente dio al traste con la colaboración de Alan Davis y por ende con la colección.
Ahora, casi 15 años después, ni sé cómo está esa colección, ni sus personajes, ni quién colabora o deja de colaborar, ni me interesa.
lunes, 7 de septiembre de 2015
Y más café.
Esta vez, mezclado. Un tercio de cazoleta de café tueste natural y el resto descafeinado.
Poco menos que me subo por las paredes al cabo de tres cuartos de hora.
Al principio bien. Una sensación de bienestar, ánimo y ganas de hacer cosas, de cumplir con los proyectos del día, a saber: limpiar, fregar, quitar el polvo, repasar detalles… De hecho, el intenso ejercicio físico que he desarrollado para cumplir con todo eso ha venido a cubrir esa vitalidad extra que me ha despertado el café. Y sí, he subido por paredes… para limpiar a fondo lo que estaba en lo alto.
¿Por qué? Pues porque una ventaja enorme de este nuevo estado de cosas es la de poder recibir visitas y tratarlas como se merecen. No avergonzarme de cómo tengo la casa ni ocultar cosas. Mostrarles todos y cada uno de los recintos y rincones. Detenerme en los detalles que me pregunten, contestando con franqueza e ilusión.
Ventaja que pienso disfrutar en toda su plenitud, y más, si puedo.
Primero mis padres y mi hermano mayor. Hoy han sido mi hermana, su marido y su hija.
Y tengo intención de ir invitando al resto.
No obstante, en cierto momento, me he imaginado cómo sería la visita de… una mujer.
Y al tener esta base bien cubierta, este soporte que durante tantos años me ha faltado, me he sentido bien, con energía, humildad y predisposición.
Pero no sé si era por el café o porque realmente me salía de dentro.
En el fondo no importa. Ya tengo mi casa en condiciones, así que sólo faltaba un empujoncito para echar a rodar la fantasía… y, bueno… ha sido un alud, me costaba elegir sólo una.
Todas partían de que ella entraría con los brazos cruzados en el pecho, hombros encogidos y cara un poco agachada, pero mirada atenta, fijándose en cuanto detalle cayera a su alcance…
Si al cabo de un buen rato de conversación, un poquito de humor, alguna que otra bromita, y la visita de rigor a todos los rincones, consiguiera una leve sonrisa de aprobación, un brillo determinante en sus ojos, mirada fija y abierta… y yo caería a sus pies, poco menos que derretido… “Mi señora”, acertaría a musitar.
Etcétera.

