martes, 1 de marzo de 2011
La muñeca de silicona (3).
miércoles, 23 de febrero de 2011
Secretaría de dirección ¿dígame?
-Adelante, por favor. Espere aquí. Elena vendrá enseguida.
-No hay problema –dije, mientras me quitaba la chaqueta. Señalé la puerta del despacho de la jefa. –¿Tienen mucho trabajo?
-Creo que ahora están con la auditoría trimestral…
-Ah, entiendo… –dejé la chaqueta en el respaldo de una silla y me senté. –Bien, muchas gracias.
-A tí. –Cerró la puerta y se fue.
Me fijé en el mobiliario. Imponía bastante, la verdad. Claro que su cargo no era para menos. Pero ya estaba acostumbrado. De venir a recoger a Elena cuando salía del trabajo, las recepcionistas ya me conocían y me pasaban directamente con ella.
No pude evitar echar la enésima mirada de rencor a la puerta del despacho de la jefa. Siempre la cargaba con tareas de última hora, así que me hacía esperar. Apenas suponían retrasos de cinco minutos habituales, a veces diez, incluso un cuarto de hora, pero aún así…
Me fijé en la mesa. Se la habían cambiado hacía poco. Esta era más grande, más profunda, con alas hasta el suelo. La anterior no disponía de alas, lo cual hacía que mi espera se acortara, porque así me regodeaba en las fantásticas piernas de Elena, visión a la que ella contribuía con cruces pícaros, faldas hasta por encima de la rodilla, medias finas y zapatos de tacón alto, mientras atendía al teléfono y al ordenador. Una compensación cómplice y discreta en especie por mi paciencia, que yo agradecía enormemente. Pero, claro, para ello debía trasladar la silla en la que me sentaba hacia lo más a la esquina que podía, y que la jefa, al parecer, toleraba… hasta que cambió el mobiliario.
La jefa era una mujer de armas tomar. Madura, alta, un poco rellena, siempre pulcramente vestida con elegantes trajes de chaqueta, con voz potente, de tratamiento exquisito, alguna que otra familiaridad y confianza para conmigo, sonrisa preciosa (las pocas veces que sonreía), unas gafas de montura discreta que llevaba colgadas en el cuello y que se ponía para leer y escribir… Estaba casada, y no me imaginaba cómo sería el pobre marido.
Oí voces aproximándose. Una la de la jefa, de hecho parecía la única. Y el tono no presagiaba nada bueno. Abrió la puerta de repente, y me puse en pie. Entraron ella y Elena, que tomaba notas en un cuaderno.
-…espero de una maldita vez ese presupuesto para el cursillo de informática. Llámales mañana, y diles que, como no lo tengan listo, que desistan definitivamente… Ah, hola, Arturo. Discúlpeme. Acuérdate también de pedir las notas para presentar nuestra oferta en el concurso de lo de Malvarrosa, que también incluya la análisis de posibilidad de estado de cooperativa con Huáscar. ¿Este es el informe de las condiciones de lo de la fundición…? Vale, me lo llevo. Ahora llama a Partis, y pásamelo. Lo que no se le ocurra a ese inepto por no hacer su trabajo, de no ser por sus colaboradores…
La voz se extinguió tras la maciza puerta del despacho de la jefa. Elena terminó de anotar y me dio un rápido beso. Cogió el teléfono y se lo puso contra el hombro, mientras giraba en torno a la mesa y buscaba en una agenda. Se sentó y tecleó en el ordenador a un ritmo infernal.
Estaba preciosa, así, despidiendo vitalidad a chorros sin proponérselo. Le pasó la llamada a la jefa, y colgó el teléfono.
Yo me puse despacio a sus espaldas y empecé a masajearle los hombros. La tensión en ellos era palpable. Ella parecía no notarlo, hasta que dí con un punto sensible, y reaccionó, respirando hondo, encogiendo y distendiendo los hombros, alargando el cuello y cerrando los ojos.
-…ummmm… –murmuró por lo bajito.
El timbre del teléfono rompió la magia. Contestó al instante, mientras se reconcentraba en el ordenador.
-Despacho de Eva Montañez, dígame –Intenté seguir con el masaje, pero el teléfono y el respaldo me incomodaban mucho. Me retiré un poco atrás. -No, doña Eva no puede ponerse ahora… si me deja un número de teléfono, le llamará más adelante… sí… ajá… sí…. vale, de acuerdo… No, espere, creo que ese dato se lo puedo proporcionar yo misma ahora, si me da un momentito… –tecleó en el ordenador –En efecto, aquí lo tengo, 50 sobre 15 el primero, 30 sobre 35 el segundo y cuatro cuartos en el último… sí…
Desde atrás, su nuca estaba deliciosamente expuesta, pero muy torcida. Metí los dedos ahí, jugando con la pelusilla. Ella seguía hablando. La otra mano fue despacito a abarcarle un pecho por encima de la blusa. Ella seguía hablando. Masajeaba ambas zonas cada vez con más insistencia. Ella seguía erre que erre hablando, hasta que colgó.
Yo me esperaba una bronca por el atrevimiento, pero estaba tan concentrada que se olvidó de mí cuando se levantó, abrió un armario, rebuscó entre los ficheros, cogió un papel y sin despegar la vista de él, llamó a la puerta del despacho de la jefa. Sin apenas esperar respuesta, abrió y entró.
Solté un largo suspiro. Me fijé en la mesa. Desde ahí atrás se veía inmensa. Agaché un poco la cabeza. Alcé una ceja, miré a las dos puertas, y con el corazón en un puño y mueca de decisión, aparté la silla y me acurruqué ahí abajo.
No me equivocaba. Aquel espacio era lo bastante profundo como para que yo cupiera con cierta comodidad y ella asomara las piernas lo suficiente y fingir al exterior que estaba cómoda.
Se abrió la puerta del despacho, y Elena y la jefa salieron hablando. Tragué un bocado de aire ¿dónde me había metido…? ¿en qué brete acababa de poner a Elena? Ay, madre… Ví cómo Elena se sentaba con acostumbrada agilidad en la silla y se metía en el hueco, todo en uno, mientras contestaba a todo lo que le preguntaba la jefa. Me aplasté contra el fondo, con la esperanza de que Elena no notara nada, y lo conseguí, pero la jefa no se iba, y parloteaba y parloteaba sin cesar.
Iba a resignarme, cuando centré la vista en las deliciosas rodillas de Elena, en sus pantorrillas, en sus zapatos. Y entonces saltó el chispazo.
Puse una mano firme en la pata de la silla, y con la otra rocé el tobillo. Su reacción fue la esperada: un leve sobresalto, un gritito ahogado y un contenerse con mucha dificultad.
-¿… qué pasa? –preguntó la jefa, interrumpiendo su perorata.
-Eh… no, nada, nada… que me he pinchado con… con el clip…
-Ah, vaya… ¿a ver? ¿te has hecho sangre?
-¡No..! No, gracias, no es nada… eh, ¿ve? no hay nada de sangre… Ha sido sólo un pellizco…
-Bueno, vale… ¿por dónde íbamos…?
Y la jefa reanudó su retahíla de instrucciones, consejos, preguntas y demás. Y yo alzaba los dedos por las pantorrillas, masajeándolas despacito. Y Elena contestando muy profesional y solícita a la jefa.
Mis dedos se hicieron más atrevidos. Subieron a la parte de atrás de las rodillas, rebuscaron en sus pliegues y una mano se metió despacito entre los muslos. Ella cerraba con fuerza, pero yo introducía poquito a poquito. Contuve con dificultad la risa al simbolizar ese acto: ella tan femenina y virtuosa, con una larga entrada a su intimidad, resistiéndose pero sin dejarse llevar, y yo tan varón, penetrando implacablemente poco a poco.
La jefa seguía dando la lata, hasta que sonó el teléfono. Elena lo cogió y atendió. La jefa, viendo que iba para largo, se fue a su despacho.
Entonces ella fue todo patadas e intentar salir de allí, frenética, mientras su voz era fría y profesional. Yo me resistía, sin soltar la silla y sin dejar de mover los dedos entre sus muslos, que ella abría ahora y con las manos intentaba sacarlos de allí.
Se zafó de mí y dio un salto atrás, gesticulando furiosamente con la mano para que saliera, mientras su voz no variaba un ápice en lejanía y concentración, contraste que a mí me encendió más aún.
Una puerta se abrió, y sentarse otra vez y colocarse en la mesa corriendo fue todo uno. Otra vez se ponía al alcance de mi mano, y esta vez la metí hasta sus braguitas, antes de cerrar los muslos como un cepo.
-… un momento, por favor –rogó Elena, y pulsando un botón, prestó atención a su jefa.
-Me voy ya. Acuérdate de llevarte el informe para que le eches un vistazo. No tardes mucho en irte tú también. Por cierto… ¿dónde está Arturo?
-Emmm… ha salido a tomar un café, enseguida vendrá.
-Bueno, acuérdate de lo que hablamos,¿eh…? ¡No lo dejes escapar! –soltó una risita, mientras abría la otra puerta y desaparecía por ahí.
Aquello me dejó un poco estupefacto, más quieto que la mojama. Elena retomó la llamada, que resolvió en un pispás, y colgó. Saltó furiosa.
-¡Pero bueno! ¡sal de ahí ahora mismo, Arturo, vamos!
Salí despacio, casi con las manos en alto. Ella se recolocó las medias y la falda, mientras yo me enderezaba.
-¿Qué, qué es esto?- se fijó alelada en las manos, que mantenía en alto. –¿Temes ir a la cárcel…? –se echó atrás, poniendo espacio seguro en la explosión inminente. –Pero bueno, ¿tú estás loco? ¿cómo te atreves a hacer esto? ¿cómo te atreves a poner en juego mi trabajo…? ¿sabes qué hubiera pasado si Eva te hubiera descubierto? –yo aguantaba el chaparrón inmutable. Ella golpeó las manos con furia. –¡Bájalas ya, joder! ¡No estás en prisión, ni nada parecido…! Esto es serio ¡muy serio!, y no es para tomárselo a risa… Pero, ¿puedes… puedes concebir siquiera el riesgo que has corrido, que me has hecho correr a mí…? ¿es que mi trabajo no significa nada para tí? ¿quieres que me despidan? ¿es eso?
Su rostro encendido y desencajado, sus ojos brillantes, su gestos rápidos, su furia desbordante, su temblor corporal… la hacían cada vez más atractiva a mis ojos. Abrí mis brazos y me acerqué despacito a ella. La tomé en mi torso, aguantando sus tirones, golpes y resistencias. Y algo se desbordó en ella, porque rompió a llorar en mis brazos, deshaciéndose poco a poco. La sujeté con mimo, sin dejar de acariciarla y peinarla.
Estuvimos un buen rato así. Sonó el teléfono un par de veces, pero yo reprimí su reflejo de descolgarlo. La segunda vez ni siquiera lo intentó. Estábamos ambos sentados en una de las sillas de la pared de enfrente.
Finalmente, ella se levantó, respirando hondo. Caminó despacio hacia el perchero, tomando su bolso, su bufanda y su abrigo. Cogí el primero y el segundo, y el abrigo se lo abrí, ayudándole a ponérselo. Ocultaba la cara adrede. Del bolso sacó un espejito y se arregló. Apagó las luces y el ordenador. Yo me puse mis prendas, la abarqué con el brazo y salimos de allí…
(Dedico esta entrada con cariño y respeto a Belkis, que ha sido quien me ha dado el primer empujón en la rampa hacia abajo de la inspiración)
domingo, 20 de febrero de 2011
¿Y si de repente me limito a mirarte?
En silencio, giro despacio la cabeza. Tú estás concentrada mirando la televisión, en un ángulo en que no percibes mi nuevo estado. Y no separo mis ojos de ti.
Tu pelo, al que he visto en todas las situaciones cotidianas posibles: enmarañado nada más levantarte de la cama, chorreante en la bañera buscando la toalla, húmedo, en selecto corte de peluquero para una salida especial, una boda o una fiesta; en discreto recogido para diversas reuniones y entrevistas laborales…
Tu perfil, esa nariz pecosa y fina, pero de punta roma, que proporciona carácter y energía a tu expresión. Esa barbilla con un leve hoyuelo en medio, que cuando sonríes se multiplica por dos y se trasladan a ambas mejillas…
Tu cuello, corto y delgado, de piel sumamente sensible…
Tus manos, regordetas, de dedos finos…
Y me invade una paz sólida en la que el tiempo se detiene, y no me doy cuenta de que me devuelves la mirada, y percibes por mi leve sonrisa de lo que pasa por mi mente, y te acercas despacito a mí, y te arrebujas contra mi cuerpo, apoyando tu cabeza en mi hombro y dejando tu maravillosa melena al alcance de mi mano…
Y te sigo mirando, sólo que ahora a través de la piel.
martes, 15 de febrero de 2011
Distracciones evitables (pero no molestas).
¿Qué tienen en común todas estas capturas de pantalla?
Pues esos enlaces-anuncios colindantes de La Redoute.
No suelo hacer ningún caso a esos anuncios, porque nunca aportan nada de interés, la inmensa mayoría son una pérdida de tiempo, cuando no timos, estafas y virus (las empresas que se dedican a este tipo de publicidad deberían someterse a una fuerte autopurga a nivel mundial, porque su labor no tiene ningún impacto ni credibilidad), pero en este caso he hecho una excepción… y éste ha sido el resultado.
Hace algún tiempo, piqué en un anuncio de La Redoute, con esas prendas tan… ejem… sugerentes y llamativas, navegué un poco por ahí, ví unas cuantas imágenes que me gustaban, me las guardé para mi “colección”, y me olvidé de esa página… hasta que comprobé con cierto asombro que a partir de entonces dicho anuncio colindante (creo que se denominan “banners”) aparecía sin cesar en muchas de las páginas web que suelo visitar de forma periódica, como demuestro aquí.
El caso es… que a mí en concreto me distraen mucho, sea cual sea la lectura central. De tantas y buenas fotos sexys que he sacado de ahí, casi se podría decir que es un “acceso directo” a mi líbido.
Y con “buenas fotos” no me refiero en absoluto a las que están burdamente retocadas (que aquí las hay, y a montón, como en tantas otras páginas parecidas), sino a aquéllas en las que la piel de la modelo aparece con sus imperfecciones, pecas, manchitas, “piel de gallina” (creo que es un efecto secundario de recién depilada por cera)… Desgraciadamente, se da la regla de tres inversa: cuanta más “chicha” enseña (traseros con tangas, por ejemplo), más probabilidades hay de que hayan retocado salvajemente los tentadores glúteos, convirtiéndolos en algo soso, plano, sin vida, de maniquí artificial… Y dado que el nivel gráfico de estos anunciantes no es muy alto (no como La Perla, Valisere o Aubade, entre otros), suelen hacer bastante la vista gorda en muchos y muy disfrutables casos…
(Por cierto, para aquella gente que no lo sepa, y por si interesa y quieren sonreír un poco, en esta entrada de mi antiguo blog, y en ésta otra, profundizo más en mi… “sensibilidad” ante estas cosas… y añado ésta otra de propina, aunque sea más una declaración de principios que otra cosa. Suelo repasarlas de vez en cuando para comprobar su validez, si he evolucionado desde entonces, y recordar mis viejos tiempos…)
sábado, 12 de febrero de 2011
La muñeca de silicona (2)
sábado, 5 de febrero de 2011
Montana.
-Hola… ¿don Arturo Espada?
-Sí.
-Adelante. Soy Elena Sánchez. Encantada de conocerte.
-Igualmente.
-Siéntese, por favor.
-Gracias...
-Bien. Tengo aquí el currículum que nos envió. Voy a leerlo en voz alta… Arturo Espada, treinta años, nacido en Zaragoza, estudios de FP II electricidad y electrónica, rama instrumentación y control, grado superior de instalaciones electrotécnicas… Carné de conducir B1, coche propio… ¿qué marca?
-… eh, ¿perdón, cómo dice…?
-Que qué marca y modelo de coche tienes.
-… eh, um, Malen… digoo, un Renault Kangoo combi… eh, una furgoneta blanca…
-¿Desde hace cuánto que lo tienes?
-…pues… hará unos… unos… unos dos años ya… Sí, dos años para dentro de un mes.
-Bien, sigo leyendo… seis meses como conserje en Ceminco Zaragoza, nueve como montador en Amsiesa, dos años como oficial de segunda electricista en Taboada… Bueno, tienes un perfil muy interesante. Cuéntame qué hacías en esos trabajos.
-…
-¿Arturo?
-… ¡Eh…! um, sí, disculpe, es que me he distraído… ¿me… me puede repetir la pregunta, por favor?
-Que me cuentes qué hacías en Ceminco, en Amsiesa y en Taboada.
-En Ceminco me dedicaba a repartir circulares en mano, realizar trámites bancarios, comunicaciones por escrito a notarías y abogados, transporte de títulos de valores entre bancos y central… a veces me encargaba de la centralita telefónica… En… en Amsiesa ocupaba puestos de cadena de montaje de aparatos de telefonía pública destinados a exportación. Y en Taboada… en Taboada…
-¿… en Taboada…?
-…
-¿Arturo…?
-¿Sí…?
-¿Qué hacías en Taboada?
-¿En Taboada…? Eh, sí, disculpe, eh… en Taboada… me… me encargaba de instalaciones eléctricas… no, perdón, me encargaba no, simplemente las hacía… eh, pasaba los cables por los tubos, pero antes tenía que poner los tubos y las cajas, conectaba… eh, conectaba los tubos con las cajas… porque si no no podía pasar los cables por dentro, claro, y… eh… me… me daban los planos y calculaba dónde poner las cajas y los tubos, y… eh… esto… para que en cada piso los enchufes estuvieran donde debían estar… er…
-¿Pisos? ¿sólo hacías viviendas?
-…
-¿Arturo?
-…
-Arturo, ¿te encuentras bien?
-Em, no, sí, ¿perdón?
-Que si te encuentras bien… Estás muy distraído y muy nervioso… Si quieres dejamos la entrevista para otro momento… ¿Arturo?
-Dis… discúlpeme, señorita… señorita Elena… yo…
-¿Quieres que concertemos cita para otra entrevista? Cuando te encuentres mejor…
-No, no… probablemente pasaría lo mismo.
-¿Perdón, cómo dices?
-Que seguro que pasaría lo mismo. Que por muchas entrevistas que usted me dé, volvería a distraerme y a meter la pata y a dar una imagen pésima de mí como candidato…
-¿Y eso porqué?
-Disculpe la pregunta personal, pero, usted… usted usa Montana, ¿verdad?
-¿De qué estás…? Eh, ah… mi perfume. Sí, claro… pero ¿qué tiene que ver…?
-El mismo perfume que usa la primera mujer que me… que me… que me amó, y mucho, y… y ya no volví a verla y… he entrado aquí preparado, con la entrevista preparada en mi cabeza, y al oler su perfume, me he… bueno, me he desconcentrado por completo, me he venido abajo… Creo que… creo que lo mejor es retirarme ahora, con la poca dignidad que me queda, dando por perdida esta entrevista. No podría trabajar aquí, sabiendo que está usted, con ese perfume. Yo… ya encontraré otro puesto en otra empresa. Señorita, ha sido un placer conocerla. Le pediría que no cambie nunca su perfume, le queda muy bien.
-…eh, gracias…
-Adiós.
-… adiós…
(Dedicado a mi sirenita –contado en primera, segunda y tercera parte- que usaba Montana (por lo menos cuando tuvimos nuestro encuentro). Lo que cuento aquí es una adaptación muy libre de una experiencia parecida que tuve a posteriori ;-)
viernes, 4 de febrero de 2011
Soy un peón.
viernes, 28 de enero de 2011
La muñeca de silicona.
Para Leer Despacio: Tristeza pública.
Normalmente mis tristezas y malos ratos los paso en privado. Pero hoy no. Hoy quiero volcar aquí el barril de denso, grumoso y maloliente aceite que se llena cada cierto tiempo.
Empieza poquito a poco. De forma imperceptible, ya que si lo notara, me pondría en guardia al momento, con las romas e imperfectas armas de que dispongo.
Crece, se retuerce, colándose poco a poco entre mis entrañas, como un gusano de plomo que se apodera de ellas y las exprime latido a latido.
Y cuando ya ha crecido mucho, ha completado su ciclo de vida parásita, entonces se suelta entre abundantes líquidos y dolores varios…
… pero no antes de dejar el huevo para el siguiente, ahí, recóndito, escondido, imperceptible.
Cualquier cosa que mire, cualquier cosa que haga, cualquier iniciativa que tome está empañada, robotizada, disminuida, ajena a mí.
De la misma forma que existe la luz, debe existir la sombra, sí. Pero lo que siento ahora no es ni una cosa ni otra. Y muchas veces me siento bloqueado, incapaz de tomar una dirección, porque la niebla gris que me rodea es sólida, pese a que no pueda tocarla.
“Noviembre es un mes tristísimo”, empezaba Marina Mayoral uno de sus más emotivos artículos. Calaron muy hondo en mí lo que venía a continuación. “¿Esto significa que los novembremvinos (nacidos en noviembre) somos tristes…?” me pregunto cada vez que estoy así y evoco lo que me despertó ese artículo.
…
En fin… esto es todo por hoy. Gracias por ser partícipes y leerme. Mañana más (y espero que mejor).
jueves, 30 de diciembre de 2010
Disimular en la cama.
-Bueno, ¿listos ambos para la escena?
-Lista.
-Listo.
-¿Estáis mentalizados…? ¿sí? Pues adelante.
Nos echamos cada uno desde el lado contrario, yo me tumbé primero boca arriba y ella pasó una pierna al otro lado, montándome. Se quitó la bata, mostrando su esplendorosa desnudez, pero a mí no me hacía efecto. Ya estaba harto de actuar con ella, de estar junto a ella, de encarármela una y otra vez, de oír su voz, de asociar en mi fuero interno todo eso con su prepotencia, divismo, desprecio hacia los demás, de su exclusividad acaparadora, de su privadísimo y bien provisto camerino. Así que ni a ella le importó que no me activara entre sus muslos, ni a mí me importó no reaccionar a su calor envolvente.
En cuanto el director dio las últimas instrucciones, se arrugaron cuidadosamente las sábanas a nuestro alrededor y gritó “¡Acción!”, ambos nos ceñimos a nuestros respectivos papeles, ambos actuamos como se esperaba, ella fingía que gozaba, con alguna lágrima de las suyas de por medio, y yo fingía que también, pero menos, con cierta inexpresividad varonil, seguro de mí mismo, tal y como exigía el guión.
-¡Corten! –gritó el director, repentinamente, y se dirigió a unos técnicos de luz a echarles la bronca. Mientras tanto, ambos permanecíamos en nuestras posturas, indiferentes el uno a la otra. Ella se reclinó un poco sobre mí, para apoyarse en sus brazos y descansar. Su pelo cayó en cascada, formando una cortina que tamizaba la luz sobre su cara, meditabunda y distraída, pensando en sus cosas.
Yo puse ambas bajo la nuca. Veía al director gritar a los técnicos, o a los del sonido, o a la maquilladora, o pensaba también en mis cosas. En un vistazo casual, mis ojos cayeron en su cara. Y me detuve en su expresión, como si hubiera visto algo llamativo de reojo.
-Bien, repetimos la secuencia. –Ella alzó la cabeza y se erigió sobre sí misma, llevándose las manos al pelo, ahuecándoselo en un gesto natural. Una pequeña luz de alarma se encendió en mí. Traté de apartar los ojos, pero un extraño magnetismo, cada vez más fuerte, me lo impedía. –Luces… sonido… viento… sábanas… cámara… ¡acción!
Y empezamos otra vez la escena. Yo me ceñí por centésima vez a mi papel, pero una pequeñísima luz brilló en mis ojos, al apreciar por primera vez su actuación tan de cerca, en mi piel, su calor, su voz…
-¡Maldita sea, corten! –gritó otra vez el director, y se puso a abroncar a unos que habían hecho un ruido en la otra punta de la nave.
Ella giró la cabeza en aquella dirección, volteándose la cabellera y resoplando, resignada. Se cruzó los brazos, y algo explotó en mí.
“Oh, no…” pensé yo, parpadeando con fuerza. Bajé la vista hacia mi bajo vientre, como intentando combatir lo que sentía.
Así, no pude evitar ver cómo ella giraba la cabeza hacia abajo en otro movimiento espontáneo. Luego alzó la vista a mi cara, interrogante. Tragué saliva y me puse colorado.
Sus brazos se separaron un poco, en actitud de sorpresa y pudor. Eso hizo que removiera levemente las caderas, con lo cual la acción aumentó espectacularmente. Alzó con disimulo su cuerpo, dejando espacio, y me desarrollé por completo. Y la miré a los ojos con cierta timidez.
-¿Pero no se supone que…? –susurró asombrada. Y su sinceridad me deslumbró y desarmó por completo.
-Bien, ¿estáis todos listos? –gritó el director, impaciente, mientras se acercaba. Ambos nos sustraímos un instante y afirmamos con la cabeza. –Luces, sonido, aire, sábanas, cámara… ¡acción!
Y otra vez ella se puso a gemir, a moverse, a llorar, como una profesional. Y yo también. Pero, a diferencia de los actos anteriores, ahora teníamos algo entre los dos. Algo físico y tangible. Por fortuna, todo salió bien. El director alabó con dos palabras rápidas nuestra labor, y se alejó a otro lado de la nave, seguido de su tropa de operarios. Con nosotros sólo se quedaron nuestros respectivos asistentes. La de ella se subió a la cama con una bata y cubrió sus hombros.
Se levantó un poco azorada. Se ató la bata con cierta prisa y emprendió una pequeña carrera hacia su camerino. Su pelo ocultaba permanentemente sus facciones. Yo me apresuré a arrebujar la sábana encimera sobre mí.
Me abracé despacio a mis rodillas, meditabundo. Me echaron otra bata sobre mis hombros, y tardé en levantarme, el tiempo en que mi inesperada y tremenda hinchazón bajase un poco…
jueves, 23 de diciembre de 2010
Para Leer Despacio: La sombra.
Es la primera propiedad que tenemos todos nada más nacer, algo de uso y disfrute personal exclusivo del bebé.
Es lo primero que el bebé, lo suficientemente crecido como para tener la boca de aprendizaje abierta, capta como suyo. Nada más nacer, las tinieblas ya le han enviado el recuerdo de su existencia, del que no se separará nunca más. Y le dedica los primeros y últimos instantes de su vida a ver cuán suyo y aburrido es ese contorno oscuro que su cuerpo dibuja contra la luz. A partir de ese momento, formará parte de él, cada vez más hundido en su subconsciente. Los nublados momentos en que le falte su compañía no lo notará abiertamente, pero el desasosiego aumentará, imperceptible, llegando en ocasiones incluso a invadir su ánimo, sin averiguar el porqué.
La película ya está en marcha, y no parará hasta que el dueño se sumerja, otra vez y de forma definitiva, en la oscuridad. El rodaje se toma cortos descansos; pero en cuanto hay una vivencia, por mínima que sea, se reanuda. En la íntima cámara de revelado y composición de nuestra memoria, es testigo mudo e indiferente de nuestra selección de experiencias vitales.
Puede llegar a ser el último empujón de un suicida inspirado: hasta mi sombra es negra, el color de la amargura y de la desesperanza.
Puede ser también el motor de un hábil plasmador: simplemente con reflejar las sombras de un paisaje, se intuyen sus colores.
Es parte de la esencia de las fotografías, casi la principal en las de blanco y negro.
Es el falso reducto de un ermitaño dolorosamente forzoso de la ciudad: mi sombra siempre me acompaña, nunca me traicionará. Aunque no capte que la traición viene de otras direcciones, en los momentos en que lo invade todo y lo rodea como un violador fantasma.
Es objeto de culto de muchos fetichistas: sueñan con la sombra, no con el cuerpo.
Es punto de referencia en el argumento del cine negro; el director o guionista que lo usa, o es muy capaz y prestigioso (en algún caso, llega a ser incluso su tarjeta de visita), o es un inepto pretencioso que no sabe combinar sus recursos.
Es copia barata en dos dimensiones de nosotros, traicionera, inexpugnable y directa. Puede que hayan mundos en que los seres sean de dos dimensiones, y sus sombras de tres, siendo éstas últimas las que controlen a sus dueños.
Están en perpetuo movimiento, tanto en los seres móviles como en los inmuebles, en los vivos como en los inertes, ya que, si no es el propio ser el que se mueve, sí se moverá la fuente de luz.
Si Dios fuera la luz, si Dios fuera el punto inexistente desde el que irradia toda luz absoluta, no es de extrañar que se mantenga en su eterna postura de que todo lo que ha creado es bueno, pues lo malo se oculta eternamente a su vista, detrás de la materia opaca de su creación, huyendo astutamente de su presencia.
Es parásita: chupa de nuestra radiante felicidad y permanece en su indiferente bastión cuando hay dolores que compartir. La tristeza suave, la melancolía, suele ser su aliada.
Es la discreción, la fidelidad y el silencio no reconocidos ni apreciados en lo que valen hasta que desaparece.
Es uno de los numerosos objetos de juegos de los niños: pisar sólo zonas sombreadas hasta que caen en la cuenta de que siempre pisarán sombra.
Es la sutilidad como arma seductora, predominantemente femenina, ya que realza encantos y disminuye fealdades.
En astronomía, la sombra tiene escala de medidas.
¿Sombra o silueta? He aquí la cuestión.
viernes, 3 de diciembre de 2010
La bella y la bestia como debería ser.
lunes, 15 de noviembre de 2010
Una llamada a la moderación social y política.
¡Hola!
El vicepresidente Rubalcaba ha expulsado a los monjes benedictinos y a los parroquianos del templo del Valle de los Caídos. Un paso más del Gobierno hacia el cierre definitivo de este complejo monumental y litúrgico, patrimonio de todos los españoles y no del Gobierno socialista.
Desde el pasado 3 de noviembre, monjes y parroquianos tienen que celebrar Misa a la intemperie, en un pinar a las afueras del recinto del Valle de Los Caídos, bajo el frio de la Sierra madrileña.
Yo acabo de firmar una petición al presidente del Gobierno exigiéndole que restablezca el derecho a asistir a Misa en el Valle de Los Caídos. Por favor, únete a mí en el siguiente enlace:
http://www.hazteoir.org/firma/34094-firma-100-000-mensajes-monjes-valle-caidos-y-libertad-religiosa-en-espana
Sólo te costará 1 minuto.
¡Gracias!
Y ésta fue mi respuesta:
lunes, 8 de noviembre de 2010
Eroomnala y su coto de caza.
Primero fueron los terremotos. Terremotos que empezaron por tumbar farolas, árboles, casas y cualquier objeto alto. Seguidamente abrían anchas grietas por las que caía todo. Los tendidos eléctricos chisporroteaban, las tuberías de agua y los alcantarillados se vaciaban a plena potencia durante unos minutos, entre nubes de polvo, llamaradas provocadas por las chispas eléctricas y las tuberías de gas. El ruido era ensordecedor; los bloques de edificios, tras desnudarse a cachos, acababan derrumbándose con grandes estruendos. A eso se añadía los retumbes de la propia tierra al abrirse...
Por todas partes la gente corría y gritaba despavorida. Muchos caían en las grietas, entre alaridos de terror, seguidos de los de sus seres queridos que se quedaban arriba con las manos tendidas hacia el abismo.
Sí, recordaba con profunda riqueza de detalles. Pero aún con todo eso, la parte férreamente encarcelada de su razón ni se inmutó. Pues cuatro meses antes, quien había sufrido un terremoto mucho más devastador fue su vida. Un estúpido accidente de tráfico se había llevado a su mujer y a su hijo. Desde entonces luchaba por emparedar sólidamente sus emociones, todas conducían al suicidio. Y estaba en una fase de indiferencia flemática y atrozmente mecánica en su mente para afrontar lo que le quedaba de vida, cuando fue el mundo de los demás el que se vino abajo de la forma más destructiva que se le antojaba a la naturaleza... o eso creía entonces. Sólo veinticuatro horas antes.
Pues de unas pocas grietas que se habían abierto transversalmente, dejando una especie de rampa en sus interiores, surgió al principio un extraño rumor. Los supervivientes, en estado de choque todavía, no prestaban atención, pero él sí. Se acercó a una de esas grietas.
jueves, 28 de octubre de 2010
La bella durmiente y el vagabundo sediento.
Y es que vengo constatando que, algunas experiencias íntimas, por mucho que se desee retenerlas, es químicamente imposible.





