jueves, 26 de mayo de 2011

Qué poco cuesta perder ahora una relación.

1694115-el-comercio-y-la-industria-rojo-las-redes-de-pesca-y-barcosEn el mundo virtual, cuando se establecen lazos, éstos son aparentemente fáciles de lanzarse y que se traben entre sí, como una maraña de sedales de pesca en un mar muy rico y movido. Luego sólo se tiene que halar y a ver qué sale de ahí. La facilidad está en que, si no convence lo que se ha pescado (o mejor dicho, la otra barca a la que conduce el otro sedal), se deshace, se saluda cortésmente a la otra persona a través del agua, y se lanza otra vez, a ver si pican.

Todo esto que tan fácil puede parecer las primeras veces, ya no lo es tanto cuando se llevan muchos intentos. Quizás las expectativas, las huellas que dejan esos tratos efímeros, las sensaciones que se despiertan cuando se profundiza y se afianza hasta que una de las personas tiene que poner los puntos sobre las íes, o deja de responder… hace que la concha en la que se refugia cada día después de navegar por internet se vuelva más rígida, más opaca y más quebradiza. Una extensión de lo que sucede en la vida real, sólo que no tan cruda y palpable.

Y también, como en la vida real, las pérdidas virtuales duelen, aunque se tienen a mano distracciones y pasatiempos virtuales que sirven de amortiguamiento personal, dando una imagen más frívola y pasable a dichas pérdidas. Y aunque no se tengan más bemoles que asumirlo y seguir adelante, en la dirección que le lleve la nariz (o el puntero del ratón), cuando se echa la vista atrás, no se puede evitar recordar las numerosas afinidades encontradas, que en su rapidez y disponibilidad inmediata, se han establecido… y se han diluido con la misma facilidad.

Pero todo esto cambia completamente de registro cuando se unen ambos mundos: el virtual y el real. Porque las reglas y excepciones de uno se tienden a cumplir también en el otro. Cuando se inicia una relación virtual, ésta empieza como una más de tantas. A lo que se da cuenta, se ha ido profundizando, encontrando coincidencias, abriéndose mutuamente y con alegría, algo fácil y típico del mundo virtual. Luego, si por un casual se lleva al mundo real, la mitad o más del trabajo ya está hecho. Ya se conocen, ya han desarrollado una complicidad, un conocimiento mutuo más o menos sincero, lo suficiente como para provocar ese paso: verse físicamente. Y aquí entran las implacables reglas y limitaciones del mundo real, que aquilata esa relación, templándola casi hasta el punto de rotura. Pero… si aún así se continúa, entonces lo que sucede es una mezcla muy libre de las características de ambos mundos: llamadas al teléfono móvil, emails, chats, facebook… quedadas al momento, citas confirmadas en pocos segundos, cafés, copas, comidas, cenas… y todo lo que viene después.

Pero… todas las facilidades puestas para que se dé eso, no pertenecen intrínsecamente al mundo real, pese a que parezca que sí. No hablo sólo de la distancia física (el mayor y más común impedimento para que una relación virtual se fragüe en real), sino de la “empatía común final” (por llamarlo de alguna manera), ésa que hace que una relación que empezó todo chispa, alegría, simpatía, derroche de atenciones y disponibilidad, se transforme por ley de vida en el día a día en común, juntos, con un proyecto muy arriesgado, donde se echan las raíces necesarias para que funcione… Si no funciona, es entonces cuando entra la limitación virtual de terminar esa relación con la misma facilidad y rapidez con la que se estableció.

Y si una persona no es lo bastante madura como para aceptar eso, empiezan los acosos virtuales, las herramientas virtuales para soslayar eso, bloquear tal cuenta, o borrarla y empezar otra con otro alias, frecuentar otros círculos virtuales… Algo que en el mundo real no se puede dar así como así.

En fin… Toda esta retahíla de psicología intuitiva me lleva a la siguiente conclusión: a mí por lo menos me duele casi tanto que se termine una relación virtual sin contacto físico ni visual, que una real. Y me duele más aún si esa relación empezó en el mundo virtual, se llevó al real, y se termina como una virtual.

Y finalizo aquí retomando la metáfora de la concha, que se vuelve más rígida, más opaca y más quebradiza, pero que aún así, tengo que echar otra vez los sedales… con más cautela y lentitud, eso sí.

sábado, 21 de mayo de 2011

Puesto de trabajo: peón de obra en zanjas.

… en una empresa de canalizaciones de gas público.

3930_3718_ZANJASEra mi primer trabajo “legal”. Allí me dieron mi número de afiliación a la Seguridad Social. A pesar de haber cumplido trabajos más o menos sostenidos con anterioridad, pero sin ánimos continuistas; a pesar de que dichas tareas eran de tremendo esfuerzo físico (de ahí derivó una doble hernia inguinal de la que me operaron casi diez años más tarde, y problemas de escoliosis permanente), de que el reglamento laboral no prohibía la manipulación de pesos que ahora sí están terminantemente prohibidos; a pesar de ser menor de edad, en dichos trabajos cumplía, a regañadientes, pero cumplía porque era lo que se esperaba de mí, todo esto quedaba digamos “en familia”; a pesar de todo esto, digo, nada de ello me había preparado para el crudo, frío y competitivo mundo laboral. Para sus puñaladas traperas entre compañeros. Para las ocho horas seguidas en constante tensión. Para los trepas y los caraduras. Para cuestiones de “respeto” a los veteranos, fingir que se rinde y que no se para, aunque no haya nada que hacer. Para saber cuándo callar y cuándo hablar, con qué tonos y con qué actitudes…

Mi padre era chapado a la antigua. Provenía de un mundo donde el trabajo era valioso por sí mismo, cuanto más esfuerzo físico o más arte y técnica, mejor; donde la organización y la gestión de una empresa era un arte misterioso que se llevaba mágicamente por si misma, y que fuera como fuera la empresa, aunque estuviera en la ruina, el trabajo de toda la vida era lo más importante. Donde se sobrevivía a base de créditos para pagar otros créditos…

Y esa fue toda la educación laboral que recibí antes de ponerme a ello. No me asustaba el trabajo duro, el esfuerzo, sudar, encallecerme las manos. Lo había presenciado durante toda mi corta vida a mi alrededor: abuelos, padres, hermanos, amigos de mis padres… Pero estaba pánfilo total en todo lo demás. Y por ahí vinieron los traumas.

Un pariente  político mío vino arrasando un día diciendo que me había conseguido un trabajo por medio de un conocido suyo. Encorbatado, bien vestido y tal, otro de la misma calaña necesitaba peones de obra. Y llevado por las expectativas familiares, por la presión espontánea previamente cultivada, acepté.

Una entrevista informal donde se me puso al día de lo que debía hacer, un contrato de fin de obra, la cartilla provisional de la Seguridad Social, y… a trabajar, un precioso día de abril.

Lo primero que aprendí fue a ir con las manos fuera de los bolsillos. Algo que según parece enseñaban en la mili a base de palos, de la que yo me libré por mi sordera parcial. Pero eso no significaba que también me librara de los golpes de la realidad, de mi turno de “marcado” y aprendizaje en carne viva.

Lo segundo, a no ponerme a la vista del empresario o patrono sin nada que hacer. Aunque esto lo aprendí demasiado tarde, cuando ya habían decidido prescindir de mí y de mi ingenua y todavía cándida novatez.

Pues sólo duré quince días. El esfuerzo físico era tremendo: picar y cavar tierra, retirar escombros, asfaltar, picar hormigón, manipular martillos neumáticos o aplanadoras autónomas… Y todo ello, sostenido, hiciera sol o frío, tuviera sed y cansancio, me machacara los riñones, me desollara las manos o se me “entablara” la espalda…

picos y palas

Al cabo de cuatro o cinco días, tenía la permanente sensación de que a mí me tocaban los trabajos más duros, de que ése era mi destino, mientras miraba con envidia desde el fondo de las zanjas a quien manejaba la excavadora, la pala o el camión; sólo unas palanquitas, fijarse en lo que está haciendo, y estar pendiente un poco en derredor, cuando acomete una maniobra. A quien iba de aquí para allá con el camión. A quien portaba un metro, una carpeta y un walkie-talkie, y realizara mediciones. No me creía digno de esos puestos, ya que era el recién llegado y no sabía nada…

Desde el fondo de la zanja, rebozado en sudor, dolores varios, cansancio, calores, me preguntaba qué demonios era todo aquello. Atisbaba en qué mundo estaba a punto de entrar, incrédulo, inocente y ciego… Eso cuando era capaz de reflexionar fríamente en algún breve descanso. Pues la mayor parte del tiempo sentía pánico y rencor.

¿No había sacado una Formación Profesional de cinco años de electrónica para verme en esa situación todo el resto de mi vida? ¿no había cumplido con lo que me exigían, Graduado Escolar, FP I y FP II, en esfuerzo, en dedicación, en tiempo de estudio, en incontables exámenes aprobados, en pasar un curso tras otro intentando no repetir, en ese puñetero “trabajo a fondo perdido” que me pedían cumpliera en mis ratos libres porque era mi obligación familiar? Miraba entre profundas respiraciones, latidos en las sienes y ojos casi desorbitados por el calor y el sobre-esfuerzo a los compañeros veteranos y los veía seguros de sí mismos, y me preguntaba cómo demonios sobrevivían. Qué tipo de vida habían llevado para acabar así. Todo lo que me empujaba a superarme día tras día en mis estudios estaba saltando por los aires.

Rencor encendido pero contenido a la gente que paseaba por las aceras, a ras de mis ojos. ¿Porqué permanecían todos tan tranquilos, cada cual a lo suyo, cuando a dos metros de sus pies un ser humano se desmoronaba casi literalmente? ¿porqué ese tipo trajeado disfrutaba del cochazo en el que se acababa de bajar y se dirigía todo ufano a una oficina portando un maletín que probablemente costaba más de lo que yo ganaría en todo aquel día y los anteriores? ¿porqué un trabajo primario como el mío de entonces era “rapiñado” socialmente y de forma tan implacable y metódica por trabajos secundarios o terciarios? Abría zanjas para canalizar gas de calefacción a oficinas donde estuvieran confortables, y sin embargo, los que trabajaban ahí intentarían por todos los medios desproveerme de mis ganancias, porque medraban con eso… Miraba una valla publicitaria, y odiaba profundamente a la modelo que sonreía al lado del producto: “¿Eso es trabajo y ésa cobra por ello?”. Odiaba a los actores que anunciaban una película, poniendo cara de circunstancias: “¿Eso es trabajo y ésos cobran por ello?”. Odiaba a los cantantes de moda que había seguido en mi adolescencia: “¿Eso es trabajo y cobran por ello…?”

Ahora, casi veinte años después, paseo por las calles enladrilladas o asfaltadas en las que fui “armado caballero” y pasé a formar parte del entramado social, y todavía me encojo levemente de angustia al revivir aquel aherrojamiento. Ahora, veo en internet, en la tv, en la calle, a la gente trabajando en eso, y aún me pregunto cómo conservan el buen humor y el gusto por la vida entre tanto linimento. Ahora, veo una mayoría de negros y latinos en dichas obras, y cumplen con su trabajo con una sonrisa en los labios. Y algo se me remueve encima del estómago: ¿de qué infierno debían venir…? Por mi trabajo habitual (que no actual), me relacionaba con ellos ocasionalmente, y no podía sino sentir vergüenza íntima ante su voluntariedad y seriedad. Y cuando, en una ocasión, se me ocurrió comprar una botella de agua fresca de litro y medio y dársela a una brigada de peones en torno a una gran arqueta que estaban abriendo a pleno sol, la sonrisa que me dedicaron todos fue como un pequeño bálsamo de compañerismo…

Todo esto me inquieta mucho ahora, pues es una pesadilla que constantemente creo que se va a cumplir en mi próximo trabajo, sea cual sea… Junto con la sensación de que, por mucho que me esfuerce, no rendiré, o no se me valorará lo suficiente, o lo más común, a pesar de cumplir, siempre estaré sujeto a los caprichosos vaivenes del mercado y de unos cretinos con másters, titulaciones pomposas, colegiamientos, agendas repletas de contactos y corbatas que hacen y deshacen a su antojo.

viernes, 13 de mayo de 2011

Rapada.

Suelo tener prontos que chocan a la gente de mi alrededor. Pero los que me conocen, al ver las consecuencias, únicamente levantan una ceja, formulan un par de observaciones y siguen con lo suyo.

Uno de esos prontos es demostrar al resto del mundo que estoy mal, que me asquea todo, que mientras estoy así, no cuente conmigo para ningún proyecto, que tratos los menos posibles, desgracias (una forma de negar rotundamente ”gracias” como cortesía, o de mandar a tomar por culo a quien le moleste o ponga alguna objeción). Y esta forma es raparme el pelo yo mismo al uno. La cara ya la tengo avinagrada, y no la puedo controlar; pero el pelo sí. Así que, al desaparecer recientemente uno de los motivos (en realidad el único) por que cuidaba más o menos mi aspecto físico, he retomado este signo de rabia y rechazo, me he metido en el baño, he esgrimido la rapadora que estaba acumulando polvo tras más de un año sin usar, y… adiós pelo. Así me ahorro el peluquero, se formará menos pelusa en mi casa, estaré más fresco y tendré el cuero cabelludo más a la vista, y por lo tanto más sano y limpio. Y al que no le guste, que se vaya a la puta mierda.

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Y mientras esté en este túnel social, seguiré así, rapándome cada dos semanas o así. Sé que es una pescadilla que se muerde la cola, y que probablemente el túnel no tenga salida, nunca veo el final cada vez que entro en uno (el último duró casi tres años), ya que así rehúyo a la gente, pero es que estoy harto. La desesperación y la amargura me hacen tropezar constantemente, y es la gente de mi alrededor la que sufre. Así que con esto, digo sin palabras: “alejaos de mí”.

De hecho, invitaría a los que están hartos a raparse el pelo como señal de protesta, a ver si así formamos una manifestación espontánea de un país al que le falta cada vez menos para convertirse en un campo de concentración selvático, en donde impera la ley del más fuerte, o del más desvergonzado, o del más caradura… Formaríamos los piquetes de “acoso a los que nos toman el pelo”.

jueves, 21 de abril de 2011

Puesto de trabajo: lector de contadores eléctricos.

Acababa de dejar un currículum vitae en una empresa de electricidad. Era por la tarde. Un par de calles más allá, me llaman por el móvil y me requieren de esa empresa. Suspiro profundo. Ya está liada, pero en fin, estoy buscando trabajo, y no es cosa de dejarse influenciar por oídas de la fama de la empresa. Igual es decente y todo…

Necesitan a un operario para meter lecturas de contadores eléctricos domésticos. No es el puesto que esperaba, a mí me gusta tirar de cable, cortar, pelar, crimpar (embutir, insertar, presionar), conectar, taladrar, poner cajas, tubos y bandejas, medir, ensuciarme las manos, subirme a escaleras, transportarlas… Pero, lo dicho, no voy a poner reparos. Acepto, y empiezo en dos días.

Me ponen con un veterano. Se supone que en tres días ya debo manejarme por mí mismo. Empieza la auto-presión, la ansiedad por aprender como sea, poniéndome encima del compañero, tapándole la luz si es preciso. Mi torpeza es antológica, y la máquina que se maneja para ello parece un ordenador portátil, con las instrucciones y el menú en inglés.

La máquina que le han dado ese día está rota, cascada por una esquina. El veterano se queja, ya que ha tenido problemas con otras máquinas que o bien no memorizan los datos, pese a que aparezcan en pantalla, o bien se borran al cabo de un rato, o bien al final de jornada se pierde todo porque entra una gota de agua por la grieta, y además no quiere responsabilizarse de aceptarla y que luego al final del día le echen la culpa a él de esa rotura. No son precisamente baratas. Le dan otra un poquito mejor, pero que fallan una o dos teclas, y hay que darle dos o tres veces para asegurarse, metiendo la lectura, y aún así falla... Tic nervioso de incomprensión.

Cuando vamos al coche, es el particular del veterano, quien me dice que, si tengo coche, se lo oculte a la empresa, porque ni pagan la gasolina ni nada. Otro tic nervioso.

Ese día, a él le toca un barrio periférico del noreste de la ciudad. Fincas, casas separadas, huertos, tractores, talleres y naves desperdigadas por doquier. Para ir a muchas hay que meterse por caminos que, en caso de lluvia, ríete tú de una playa arcillosa de ciénaga. Otro tic nervioso.

Como es horario laboral, en muchas casas no nos abren. Hay que volver otra vez, bien más tarde o bien al día siguiente. Por supuesto, la hora de comer, posponerla, que es cuando suele estar la gente que no contesta. Y hay que hacer de quinientas a seiscientas lecturas. Otro tic nervioso.

Y eso que es “zona rural”, que si son edificios con cuartos de contadores centralizados, son casi mil quinientas. Otro tic nervioso. El pánico empieza a hacer acto de presencia. “No podré con esto”

Nos acercamos al primer contador. Es exterior, dentro de una caja de plástico con tapa traslúcida, casi opaca, por el tiempo. Estoy yo intentando divisar dónde están las cifras en el difuso cuadrado blanco del contador, cuando mi compañero se retira. Ya ha leído lo que tenía que leer, y mete las cifras andando. Yo pestañeo, confuso. Intento leer lo que pone, uso la técnica de la “cabeza de gallina”, leer con movimiento, pero no veo un carajo. Mi compañero sí. Otro tic nervioso. A lo largo de la jornada compruebo que casi dos tercios de las lecturas son así. Otro clavo de “no podré con esto”.

En el coche, le pregunto cómo puede meterse por esos caminos que lo más seguro es que le averiarán el coche a la menor. El coche no es gran cosa, un utilitario, pero es su coche. Responde que no le queda otra. Otro tic nervioso.

A lo largo de la mañana, la cosa va un poquito mejor, más “normal” dentro de lo que cabe. Expectativas tan rebajadas, que cualquier mínimo detalle bueno viene a ser un rayo de luz entre los nubarrones. En una finca sin vallas ni nada, donde han removido tierra, el contador está en un poste sobre un montículo bastante alto. Trepo por él, voluntarioso y alegre por haberlo encontrado el primero, llego al armario y lo abro. Casi caigo rodando por la ladera del salto atrás que doy. Un nido de avispas sale a plena luz del día, y sus guardianas tienen muy malas pulgas. No sé cómo he leído los números y cerrado enseguida, pero el susto me deja tembleque. Tanto que el nuevo tic nervioso pasa desapercibido.

El compañero me tranquiliza, y el dueño de la finca que nos ha guiado se ríe. Debe de ser una situación muy cotidiana para él, pero yo, con la ansiedad que arrastro de todos los despropósitos de la jornada, no estoy como para considerar esa situación como normal, sino como estar en una concurridísima trinchera de la que no sé si voy a salir con vida.

Hasta aquí el primer día. Terminamos a las cinco, sin comer. Sólo un bocadillo que el compañero comparte conmigo, ya que yo no lo tenía previsto, comido casi a la carrera. Casi dos horas extras que, por supuesto, no nos van a pagar, pese a que pagan una miseria. Otro tic nervioso.

Al día siguiente, me ponen con otro más centrado, en una ruta más normalita, en un pueblo más conocido por mí. Coche de empresa, ya que es en el extrarradio urbano de la ciudad, comida en restaurante de carretera también de empresa. Máquina lectora decente. Como el de ayer, el tío maneja la máquina con las dos manos, metiendo los datos con ambos pulgares mientras va de una casa a otra. Y encima, se para a saludar y hablar con los lugareños. Algunos tienen que coger unas llaves, dar la vuelta a la manzana y abrir portones de forma lenta y cansina.

En un edificio de viviendas de tres plantas, con la correspondiente centralización de contadores en un cuarto a la entrada, el compañero detecta un fraude. En uno de los zócalos vacíos, donde se supone que debe haber un contador, los cables están pelados y conectados sin más. El compañero me lo muestra y toma nota de la dirección, diciendo que si la suministradora eléctrica certifica ese fraude, te pagan… seis euros. En mi fuero interno, me callo, pero por seis euros, yo pasaría de privar a una familia de la luz que probablemente no puedan pagar. O que roban directamente porque no quieren pagar, pero ante la duda... En cualquier caso, por uno o dos casos al mes, yo no me molestaría. Y dado que el revisor, es decir, mi compañero, o yo en unos pocos días, es el único que cae en la cuenta de ello, me parece una miseria. Que le den a la suministradora, que gana muchísimo más dinero con mandangas mucho más censurables. Todo esto, por supuesto, me guardo muy mucho de decirlo en voz alta, pero creo que cometo el error de no preguntar nada, no insistir en saber detalles, creo que se me ha visto en la cara esa resolución…

Como el pueblo no está demasiado lejos de la ciudad, hay urbanizaciones nuevas de viviendas que han entregado en el último mes. En cuanto enfilamos la nueva calle, mi compañero tuerce el gesto. Todas las casas iguales. Parecen adosados del ejército. Cada una con su armario de contadores, que hay que abrir, tomar la lectura, y cerrar. Me da unas llaves y me dice que vaya abriendo, que él irá leyendo y cerrando. Así a bote pronto, unos ciento cincuenta. Como son nuevos, muchas cerraduras no funcionan a la primera, y hay que insistir. Acabo con los dedos hechos cisco, inflamados, insensibles, enrojecidos.

Son ya tantos tics nerviosos, tanto “no podré con esto” resonando sordamente en mi interior, que me abandono. El tercer día, pese a mi voluntariedad y mis ganas de rendir, a media jornada decido renunciar al puesto. Respiro hondo, y todo se ensancha en mí. La luz entra, todo brilla de nuevo. Esa misma tarde, al llegar a la empresa, comunico mi decisión. La chica que atiende las máquinas lectoras levanta una ceja nada más. Debe haber oído las conclusiones de los veteranos que me han llevado estos tres días, diciendo que no valgo para esto…

miércoles, 2 de marzo de 2011

Para Leer Despacio (PLD): Expresiones de amor graduado.

Debería existir una serie de términos que expresen tanto el nivel como la necesidad de trato que se tiene, se propone y se desea. Una escala métrica de atracción verbal. Expresiones que sean más o menos inequívocas en cuanto al grado de atracción que se experimenta.

Creo que ahora, con internet, donde las relaciones se hacen y se deshacen con mucha frecuencia, quizás demasiada, es algo que se echa en falta, aunque no se diga en voz alta.


A continuación propongo una lista, a la que se pueden añadir otras enmedio, o cambiar de lugar según las preferencias de cada cual.

No quiero decir que para que se dé una se tienen que cumplir categóricamente todas las anteriores, pero creo que puede ayudar bastante.

Ojo: dada la progresión logarítmica de implicación personal, aplicar sólo en futuribles relaciones de pareja.

Ahí van, de menor a mayor, o bien, de la más liviana a la más fehaciente, como queráis.

"Eres del montón, y como tal, te respeto".

"Me llamas la atención".

"Tus palabras, razonamientos, cultura, experiencia... me interesan".

"Siento curiosidad por tí".

"Me haces reír".

"Quiero conocerte mejor".

"Te aprecio".

"Me siento a gusto contigo".

"Quiero contar contigo".

"Me enamorisco de tí".

"Quiero follar contigo".

"Me gustaría que nos abrazáramos".

"Quiero dormir contigo".

"Quiero estar contigo" (ésta se puede sustituir por "Necesito comprometerme contigo").

"Quiero tener sexo cariñoso y largo contigo".

"Te quiero".

"Te amo".

En esta última se incluirían sinónimos como "daría mi vida por tí", " todo lo mío, incluso mi cuerpo, es tuyo", "no puedo vivir sin tí", "toma mi aire porque se aprovecha mejor", "me duele que estés lejos de mí"... y otras tantas expresiones que sólo los que están en este grado emiten, sin importarles la presencia ajena ni la ridiculez en la que quedan...

Entre dos medidas continuas, las líneas de división pueden difuminarse, e incluso saltar una o dos posiciones. Pero de lo que sí estoy seguro es que, de la primera "eres del montón y como tal te respeto" a la última, "te amo", hay un trecho muy claro, que incluso una máquina o un animal irracional podrían admitir, que convendría marcar con mojones permanentes e inamovibles...

También existe una escala inversa, referente al odio, pero en ésa no me meto ni quiero imaginármela.

martes, 1 de marzo de 2011

La muñeca de silicona (3).

-Ay, Arturo, Arturo… Mira que te lo he puesto fácil, ¿eh…? Sólo tenías que coger el bote de tomate y echar a correr un poco tras ella, nada más… En vez de eso, te has quedado con el bote en la mano, y sin mirarla a ella siquiera lo has metido en la bolsa… Ay, si ya lo sabía tu abuelo, hace tantos años, lo difícil que sería este paso para tí, cuando intentaba que conocieras a alguna vecina, o incluso piropeaba con galantería veterana y discreta por tí y para tí, pero tú te refugiabas en la cerrazón de tu timidez patológica… Está visto que voy a tener que hacer algo drástico al respecto. Así que… voy a dotar de vida propia a Dorotea. Sí, no me mires así, Dorotea tendrá vida propia. Te hablará, sonreirá, gozará en tus brazos, tomará la iniciativa en tus momentos de bajón, soportará tus embestidas cuando tengas esos días de tremenda energía, se apartará de tí y te dejará solo cuando lo necesites… Por supuesto, ella también tendrá sus momentos, y entonces deberás ser tú quien tome la iniciativa. Pero esto último no me preocupa, porque la soledad forzosa que has llevado te hará especialmente sensible a sus debilidades y defectos, y responderás como es debido… En fin, cuando despiertes, el susto será morrocotudo, te quedarás de piedra, con la boca abierta, creerás que es un sueño y que no te has despertado todavía, pero oirás su voz, la verás moverse, sonreír, preguntar… incluso puede que te sirva el desayuno, haciéndose cargo y dándote tiempo a asimilar el nuevo estado de cosas… Estarás abierto a adaptarte a tu situación y reaccionarás relativamente pronto, pero, eso sí, ella te impondrá una condición: que jamás, bajo ninguna circunstancia, menciones su origen. Dada tu forma de ser y lo que te juegas, sé que la cumplirás sin ningún reparo… Así que… plim, plim, requeteplim, plim, Dorotea, cobra vida… ¡ya!

Lucy_in_the_moonlight_by_KleineGretchen

miércoles, 23 de febrero de 2011

Secretaría de dirección ¿dígame?


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Se abrió la puerta.

-Adelante, por favor. Espere aquí. Elena vendrá enseguida.

-No hay problema –dije, mientras me quitaba la chaqueta. Señalé la puerta del despacho de la jefa. –¿Tienen mucho trabajo?

-Creo que ahora están con la auditoría trimestral…

-Ah, entiendo… –dejé la chaqueta en el respaldo de una silla y me senté. –Bien, muchas gracias.

-A tí. –Cerró la puerta y se fue.

Me fijé en el mobiliario. Imponía bastante, la verdad. Claro que su cargo no era para menos. Pero ya estaba acostumbrado. De venir a recoger a Elena cuando salía del trabajo, las recepcionistas ya me conocían y me pasaban directamente con ella.

No pude evitar echar la enésima mirada de rencor a la puerta del despacho de la jefa. Siempre la cargaba con tareas de última hora, así que me hacía esperar. Apenas suponían retrasos de cinco minutos habituales, a veces diez, incluso un cuarto de hora, pero aún así…

Me fijé en la mesa. Se la habían cambiado hacía poco. Esta era más grande, más profunda, con alas hasta el suelo. La anterior no disponía de alas, lo cual hacía que mi espera se acortara, porque así me regodeaba en las fantásticas piernas de Elena, visión a la que ella contribuía con cruces pícaros, faldas hasta por encima de la rodilla, medias finas y zapatos de tacón alto, mientras atendía al teléfono y al ordenador. Una compensación cómplice y discreta en especie por mi paciencia, que yo agradecía enormemente. Pero, claro, para ello debía trasladar la silla en la que me sentaba hacia lo más a la esquina que podía, y que la jefa, al parecer, toleraba… hasta que cambió el mobiliario.

La jefa era una mujer de armas tomar. Madura, alta, un poco rellena, siempre pulcramente vestida con elegantes trajes de chaqueta, con voz potente, de tratamiento exquisito, alguna que otra familiaridad y confianza para conmigo, sonrisa preciosa (las pocas veces que sonreía), unas gafas de montura discreta que llevaba colgadas en el cuello y que se ponía para leer y escribir… Estaba casada, y no me imaginaba cómo sería el pobre marido.

Oí voces aproximándose. Una la de la jefa, de hecho parecía la única. Y el tono no presagiaba nada bueno. Abrió la puerta de repente, y me puse en pie. Entraron ella y Elena, que tomaba notas en un cuaderno.

-…espero de una maldita vez ese presupuesto para el cursillo de informática. Llámales mañana, y diles que, como no lo tengan listo, que desistan definitivamente… Ah, hola, Arturo. Discúlpeme. Acuérdate también de pedir las notas para presentar nuestra oferta en el concurso de lo de Malvarrosa, que también incluya la análisis de posibilidad de estado de cooperativa con Huáscar. ¿Este es el informe de las condiciones de lo de la fundición…? Vale, me lo llevo. Ahora llama a Partis, y pásamelo. Lo que no se le ocurra a ese inepto por no hacer su trabajo, de no ser por sus colaboradores…

La voz se extinguió tras la maciza puerta del despacho de la jefa. Elena terminó de anotar y me dio un rápido beso. Cogió el teléfono y se lo puso contra el hombro, mientras giraba en torno a la mesa y buscaba en una agenda. Se sentó y tecleó en el ordenador a un ritmo infernal.

Estaba preciosa, así, despidiendo vitalidad a chorros sin proponérselo. Le pasó la llamada a la jefa, y colgó el teléfono.

Yo me puse despacio a sus espaldas y empecé a masajearle los hombros. La tensión en ellos era palpable. Ella parecía no notarlo, hasta que dí con un punto sensible, y reaccionó, respirando hondo, encogiendo y distendiendo los hombros, alargando el cuello y cerrando los ojos.

-…ummmm… –murmuró por lo bajito.

El timbre del teléfono rompió la magia. Contestó al instante, mientras se reconcentraba en el ordenador.

-Despacho de Eva Montañez, dígame –Intenté seguir con el masaje, pero el teléfono y el respaldo me incomodaban mucho. Me retiré un poco atrás. -No, doña Eva no puede ponerse ahora… si me deja un número de teléfono, le llamará más adelante… sí… ajá… sí…. vale, de acuerdo… No, espere, creo que ese dato se lo puedo proporcionar yo misma ahora, si me da un momentito… –tecleó en el ordenador –En efecto, aquí lo tengo, 50 sobre 15 el primero, 30 sobre 35 el segundo y cuatro cuartos en el último… sí…

Desde atrás, su nuca estaba deliciosamente expuesta, pero muy torcida. Metí los dedos ahí, jugando con la pelusilla. Ella seguía hablando. La otra mano fue despacito a abarcarle un pecho por encima de la blusa. Ella seguía hablando. Masajeaba ambas zonas cada vez con más insistencia. Ella seguía erre que erre hablando, hasta que colgó.

Yo me esperaba una bronca por el atrevimiento, pero estaba tan concentrada que se olvidó de mí cuando se levantó, abrió un armario, rebuscó entre los ficheros, cogió un papel y sin despegar la vista de él, llamó a la puerta del despacho de la jefa. Sin apenas esperar respuesta, abrió y entró.
Solté un largo suspiro. Me fijé en la mesa. Desde ahí atrás se veía inmensa. Agaché un poco la cabeza. Alcé una ceja, miré a las dos puertas, y con el corazón en un puño y mueca de decisión, aparté la silla y me acurruqué ahí abajo.

No me equivocaba. Aquel espacio era lo bastante profundo como para que yo cupiera con cierta comodidad y ella asomara las piernas lo suficiente y fingir al exterior que estaba cómoda.

Se abrió la puerta del despacho, y Elena y la jefa salieron hablando. Tragué un bocado de aire ¿dónde me había metido…? ¿en qué brete acababa de poner a Elena? Ay, madre… Ví cómo Elena se sentaba con acostumbrada agilidad en la silla y se metía en el hueco, todo en uno, mientras contestaba a todo lo que le preguntaba la jefa. Me aplasté contra el fondo, con la esperanza de que Elena no notara nada, y lo conseguí, pero la jefa no se iba, y parloteaba y parloteaba sin cesar.

Iba a resignarme, cuando centré la vista en las deliciosas rodillas de Elena, en sus pantorrillas, en sus zapatos. Y entonces saltó el chispazo.

Puse una mano firme en la pata de la silla, y con la otra rocé el tobillo. Su reacción fue la esperada: un leve sobresalto, un gritito ahogado y un contenerse con mucha dificultad.

-¿… qué pasa? –preguntó la jefa, interrumpiendo su perorata.

-Eh… no, nada, nada… que me he pinchado con… con el clip…

-Ah, vaya… ¿a ver? ¿te has hecho sangre?

-¡No..! No, gracias, no es nada… eh, ¿ve? no hay nada de sangre… Ha sido sólo un pellizco…

-Bueno, vale… ¿por dónde íbamos…?

Y la jefa reanudó su retahíla de instrucciones, consejos, preguntas y demás. Y yo alzaba los dedos por las pantorrillas, masajeándolas despacito. Y Elena contestando muy profesional y solícita a la jefa.

Mis dedos se hicieron más atrevidos. Subieron a la parte de atrás de las rodillas, rebuscaron en sus pliegues y una mano se metió despacito entre los muslos. Ella cerraba con fuerza, pero yo introducía poquito a poquito. Contuve con dificultad la risa al simbolizar ese acto: ella tan femenina y virtuosa, con una larga entrada a su intimidad, resistiéndose pero sin dejarse llevar, y yo tan varón, penetrando implacablemente poco a poco.

La jefa seguía dando la lata, hasta que sonó el teléfono. Elena lo cogió y atendió. La jefa, viendo que iba para largo, se fue a su despacho.

Entonces ella fue todo patadas e intentar salir de allí, frenética, mientras su voz era fría y profesional. Yo me resistía, sin soltar la silla y sin dejar de mover los dedos entre sus muslos, que ella abría ahora y con las manos intentaba sacarlos de allí.

Se zafó de mí y dio un salto atrás, gesticulando furiosamente con la mano para que saliera, mientras su voz no variaba un ápice en lejanía y concentración, contraste que a mí me encendió más aún.

Una puerta se abrió, y sentarse otra vez y colocarse en la mesa corriendo fue todo uno. Otra vez se ponía al alcance de mi mano, y esta vez la metí hasta sus braguitas, antes de cerrar los muslos como un cepo.

-… un momento, por favor –rogó Elena, y pulsando un botón, prestó atención a su jefa.

-Me voy ya. Acuérdate de llevarte el informe para que le eches un vistazo. No tardes mucho en irte tú también. Por cierto… ¿dónde está Arturo?

-Emmm… ha salido a tomar un café, enseguida vendrá.

-Bueno, acuérdate de lo que hablamos,¿eh…? ¡No lo dejes escapar! –soltó una risita, mientras abría la otra puerta y desaparecía por ahí.

Aquello me dejó un poco estupefacto, más quieto que la mojama. Elena retomó la llamada, que resolvió en un pispás, y colgó. Saltó furiosa.

-¡Pero bueno! ¡sal de ahí ahora mismo, Arturo, vamos!

Salí despacio, casi con las manos en alto. Ella se recolocó las medias y la falda, mientras yo me enderezaba.

-¿Qué, qué es esto?- se fijó alelada en las manos, que mantenía en alto. –¿Temes ir a la cárcel…? –se echó atrás, poniendo espacio seguro en la explosión inminente. –Pero bueno, ¿tú estás loco? ¿cómo te atreves a hacer esto? ¿cómo te atreves a poner en juego mi trabajo…? ¿sabes qué hubiera pasado si Eva te hubiera descubierto? –yo aguantaba el chaparrón inmutable. Ella golpeó las manos con furia. –¡Bájalas ya, joder! ¡No estás en prisión, ni nada parecido…! Esto es serio ¡muy serio!, y no es para tomárselo a risa… Pero, ¿puedes… puedes concebir siquiera el riesgo que has corrido, que me has hecho correr a mí…? ¿es que mi trabajo no significa nada para tí? ¿quieres que me despidan? ¿es eso?

Su rostro encendido y desencajado, sus ojos brillantes, su gestos rápidos, su furia desbordante, su temblor corporal… la hacían cada vez más atractiva a mis ojos. Abrí mis brazos y me acerqué despacito a ella. La tomé en mi torso, aguantando sus tirones, golpes y resistencias. Y algo se desbordó en ella, porque rompió a llorar en mis brazos, deshaciéndose poco a poco. La sujeté con mimo, sin dejar de acariciarla y peinarla.

Estuvimos un buen rato así. Sonó el teléfono un par de veces, pero yo reprimí su reflejo de descolgarlo. La segunda vez ni siquiera lo intentó. Estábamos ambos sentados en una de las sillas de la pared de enfrente.

Finalmente, ella se levantó, respirando hondo. Caminó despacio hacia el perchero, tomando su bolso, su bufanda y su abrigo. Cogí el primero y el segundo, y el abrigo se lo abrí, ayudándole a ponérselo. Ocultaba la cara adrede. Del bolso sacó un espejito y se arregló. Apagó las luces y el ordenador. Yo me puse mis prendas, la abarqué con el brazo y salimos de allí…

(Dedico esta entrada con cariño y respeto a Belkis, que ha sido quien me ha dado el primer empujón en la rampa hacia abajo de la inspiración)

domingo, 20 de febrero de 2011

¿Y si de repente me limito a mirarte?

En silencio, giro despacio la cabeza. Tú estás concentrada mirando la televisión, en un ángulo en que no percibes mi nuevo estado. Y no separo mis ojos de ti.

Tu pelo, al que he visto en todas las situaciones cotidianas posibles: enmarañado nada más levantarte de la cama, chorreante en la bañera buscando la toalla, húmedo, en selecto corte de peluquero para una salida especial, una boda o una fiesta; en discreto recogido para diversas reuniones y entrevistas laborales…

Tu perfil, esa nariz pecosa y fina, pero de punta roma, que proporciona carácter y energía a tu expresión. Esa barbilla con un leve hoyuelo en medio, que cuando sonríes se multiplica por dos y se trasladan a ambas mejillas…

Tu cuello, corto y delgado, de piel sumamente sensible…

Tus manos, regordetas, de dedos finos…

Y me invade una paz sólida en la que el tiempo se detiene, y no me doy cuenta de que me devuelves la mirada, y percibes por mi leve sonrisa de lo que pasa por mi mente, y te acercas despacito a mí, y te arrebujas contra mi cuerpo, apoyando tu cabeza en mi hombro y dejando tu maravillosa melena al alcance de mi mano…

Y te sigo mirando, sólo que ahora a través de la piel.

 

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martes, 15 de febrero de 2011

Distracciones evitables (pero no molestas).

¿Qué tienen en común todas estas capturas de pantalla?

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Pues esos enlaces-anuncios colindantes de La Redoute.

No suelo hacer ningún caso a esos anuncios, porque nunca aportan nada de interés, la inmensa mayoría son una pérdida de tiempo, cuando no timos, estafas y virus (las empresas que se dedican a este tipo de publicidad deberían someterse a una fuerte autopurga  a nivel mundial, porque su labor no tiene ningún impacto ni credibilidad), pero en este caso he hecho una excepción… y éste ha sido el resultado.

Hace algún tiempo, piqué en un anuncio de La Redoute, con esas prendas tan… ejem… sugerentes y llamativas, navegué un poco por ahí, ví unas cuantas imágenes que me gustaban, me las guardé para mi “colección”, y me olvidé de esa página… hasta que comprobé con cierto asombro que a partir de entonces dicho anuncio colindante (creo que se denominan “banners”) aparecía sin cesar en muchas de las páginas web que suelo visitar de forma periódica, como demuestro aquí.

El caso es… que a mí en concreto me distraen mucho, sea cual sea la lectura central. De tantas y buenas fotos sexys que he sacado de ahí, casi se podría decir que es un “acceso directo” a mi líbido.

Y con “buenas fotos” no me refiero en absoluto a las que están burdamente retocadas (que aquí las hay, y a montón, como en tantas otras páginas parecidas), sino a aquéllas en las que la piel de la modelo aparece con sus imperfecciones, pecas, manchitas, “piel de gallina” (creo que es un efecto secundario de recién depilada por cera)… Desgraciadamente, se da la regla de tres inversa: cuanta más “chicha” enseña (traseros con tangas, por ejemplo), más probabilidades hay de que hayan retocado salvajemente los tentadores glúteos, convirtiéndolos en algo soso, plano, sin vida, de maniquí artificial… Y dado que el nivel gráfico de estos anunciantes no es muy alto (no como La Perla, Valisere o Aubade, entre otros), suelen hacer bastante la vista gorda en muchos y muy disfrutables casos…

(Por cierto, para aquella gente que no lo sepa, y por si interesa y quieren sonreír un poco, en esta entrada de mi antiguo blog, y en ésta otra, profundizo más en mi… “sensibilidad” ante estas cosas… y añado ésta otra de propina, aunque sea más una declaración de principios que otra cosa. Suelo repasarlas de vez en cuando para comprobar su validez, si he evolucionado desde entonces, y recordar mis viejos tiempos…)

sábado, 12 de febrero de 2011

La muñeca de silicona (2)

-¡Arturo!

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-…

-Arturo, mírame…

-¡¿?!

-No te asustes, tranquilo… sé que intentas responder, pero no puedes hablar. Estás durmiendo, esto es un sueño, me he aparecido a tí en sueños y te estoy hablando en sueños…. Soy tu… bueno, a falta de una definición mejor, soy tu hada madrina. Y me he decidido a aparecer ahora por ese gran paso que has dado al adquirir a… ejem… a Dorotea. Nunca pensé que serías capaz de darlo, pero cuando has mandado el pago, has recibido a Dorotea en tu domicilio y he visto cómo te portas con ella, he decidido intervenir… ¿qué, qué te pasa…? ¿porqué te quedas así, como alucinado…? Ooh, entiendo, lo dices por mi aspecto… bueno, es lógico, ¿no…? Si la mujer que más te cautiva ahora es Maria, es lógico que me dotes de sus atributos, su dulzura, su cara, su voz y sus maneras… La verdad es que, antaño, cuando te decidiste a llamarla para quedar con ella por primera vez, también intervine, sólo que muy disimuladamente… Bueno, ¿por dónde íbamos…? Ah, si, Dorotea… Bueno, mira, Arturo, vistas tus necesidades y tu actitud, he decidido concederte una oportunidad… ¿qué…? No, ahora estamos con Dorotea… ¡no, oye, que me distraigo mucho…! Está bien, está bien, ¿qué quieres saber ahora…? ¿Maria…? Sí, ¿qué pasa con ella…? ¿que qué hice para ponerte en contacto con ella, si no notaste nada? Es que tuve especial cuidado en que fuera así, ¿sabes? Y además, tampoco fue nada del otro mundo: simplemente le dí un toque con mi varita mágica a tu corazón en cuanto abriste por primera vez su blog, de manera que te picase la curiosidad, te quedaras con su enlace y lo leyeras atentamente de cabo a rabo, y cuando llegó el momento de llamarla, te dí otro toque, para vencer tus dudas y que te lanzaras… Es una buena mujer, y de todas aquellas que están dentro de tus posibilidades, he decidido que era la mejor para tí… Aunque debo admitir que también soy un poco egoísta, porque envidiaba su físico y sus otros atributos, y que tú me invistas de ellos ahora, me da para presumir un poquito… ¿qué le vamos a hacer? soy así de coqueta. Bueno, volviendo a Dorotea, voy a darte la oportunidad de una elección presentada a tu medida: mañana por la mañana irás al supermercado, y cuando vayas a la cola en el cajero, delante de tí estará una chica atractiva y normalita, de ésas que piensas por reflejo que no te mereces. Le pasarán el género por el lector, pagará y se irá. Pero se dejará un bote de tomate entre las bolsas vacías, al final de la rampa de recogida. Cuando empaques tu compra, te darás cuenta de ello, la mirarás sólo un instante  antes de desaparecer en la puerta, y será entonces cuando tomes la decisión: ¿irás tras ella corriendo para darle la lata de tomate e iniciar así una conversación con algunas probabilidades de llegar a algo, o te quedarás con el bote sin más…? ¿mmmm…? Bueno, y ahora te dejo para que te despiertes y te desahogues de esa erección tan deliciosa que te ha provocado mi aspecto… No recordarás nada de lo que te he dicho, pero sí te quedará una leve inquietud, que espero sepas resolver en cuanto se te presente la elección…

(Sé que dije en su momento que la primera parte era única y que no había más, pero me dije… ¿porqué no rematar con este añadido a lo “Cenicienta”, y de paso rendir un humilde homenaje a María, la de los secretos? Como hace tanto tiempo que no escribo ninguna entrada sobre ella…)

(Ah, y posiblemente haya una tercera parte, se me está ocurriendo en estos momentos, pero debo dejar que tome forma, además de leer y disfrutar de vuestras respuestas ;-) … si tenéis a bien escribirlas, por supuesto… Por si acaso, recuerdo que la muñeca, la tal Dorotea, no existe, como manifesté en su  momento, es sólo el punto de partida de esta fantasía)

sábado, 5 de febrero de 2011

Montana.

-Hola… ¿don Arturo Espada?

-Sí.

-Adelante. Soy Elena Sánchez. Encantada de conocerte.

-Igualmente.

-Siéntese, por favor.

-Gracias...

-Bien. Tengo aquí el currículum que nos envió. Voy a leerlo en voz alta… Arturo Espada, treinta años, nacido en Zaragoza, estudios de FP II electricidad y electrónica, rama instrumentación y control, grado superior de instalaciones electrotécnicas… Carné de conducir B1, coche propio… ¿qué marca?

-… eh, ¿perdón, cómo dice…?

-Que qué marca y modelo de coche tienes.

-… eh, um, Malen… digoo, un Renault Kangoo combi… eh, una furgoneta blanca…

-¿Desde hace cuánto que lo tienes?

-…pues… hará unos… unos… unos dos años ya… Sí, dos años para dentro de un mes.

-Bien, sigo leyendo… seis meses como conserje en Ceminco Zaragoza, nueve como montador en Amsiesa, dos años como oficial de segunda electricista en Taboada… Bueno, tienes un perfil muy interesante. Cuéntame qué hacías en esos trabajos.

-…

-¿Arturo?

-… ¡Eh…! um, sí, disculpe, es que me he distraído…  ¿me… me puede repetir la pregunta, por favor?

-Que me cuentes qué hacías en Ceminco, en Amsiesa y en Taboada.

-En Ceminco me dedicaba a repartir circulares en mano, realizar trámites bancarios, comunicaciones por escrito a notarías y abogados, transporte de títulos de valores entre bancos y central… a veces me encargaba de la centralita telefónica… En… en Amsiesa ocupaba puestos de cadena de montaje de aparatos de telefonía pública destinados a exportación. Y en Taboada… en Taboada…

-¿… en Taboada…?

-…

-¿Arturo…?

-¿Sí…?

-¿Qué hacías en Taboada?

-¿En Taboada…? Eh, sí, disculpe, eh… en Taboada… me… me encargaba de instalaciones eléctricas… no, perdón, me encargaba no, simplemente las hacía… eh, pasaba los cables por los tubos, pero antes tenía que poner los tubos y las cajas, conectaba… eh, conectaba los tubos con las cajas… porque si no no podía pasar los cables por dentro, claro, y… eh… me… me daban los planos y calculaba dónde poner las cajas y los tubos, y… eh… esto… para que en cada piso los enchufes estuvieran donde debían estar… er…

-¿Pisos? ¿sólo hacías viviendas?

-…

-¿Arturo?

-…

-Arturo, ¿te encuentras bien?

-Em, no, sí, ¿perdón?

-Que si te encuentras bien… Estás muy distraído y muy nervioso… Si quieres dejamos la entrevista para otro momento… ¿Arturo?

-Dis… discúlpeme, señorita… señorita Elena… yo…

-¿Quieres que concertemos cita para otra entrevista? Cuando te encuentres mejor…

-No, no… probablemente pasaría lo mismo.

-¿Perdón, cómo dices?

-Que seguro que pasaría lo mismo. Que por muchas entrevistas que usted me dé, volvería a distraerme y a meter la pata y a dar una imagen pésima de mí como candidato…

-¿Y eso porqué?

-Disculpe la pregunta personal, pero, usted… usted usa Montana, ¿verdad?

-¿De qué estás…? Eh, ah… mi perfume. Sí, claro… pero ¿qué tiene que ver…?

-El mismo perfume que usa la primera mujer que me… que me… que me amó, y mucho, y… y ya no volví a verla y… he entrado aquí preparado, con la entrevista preparada en mi cabeza, y al oler su perfume, me he… bueno, me he desconcentrado por completo, me he venido abajo… Creo que… creo que lo mejor es retirarme ahora, con la poca dignidad que me queda, dando por perdida esta entrevista. No podría trabajar aquí, sabiendo que está usted, con ese perfume. Yo… ya encontraré otro puesto en otra empresa. Señorita, ha sido un placer conocerla. Le pediría que no cambie nunca su perfume, le queda muy bien.

-…eh, gracias…

-Adiós.

-… adiós…

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(Dedicado a mi sirenita –contado en primera, segunda y tercera parte- que usaba Montana (por lo menos cuando tuvimos nuestro encuentro). Lo que cuento aquí es una adaptación muy libre de una experiencia parecida que tuve a posteriori ;-)

viernes, 4 de febrero de 2011

Soy un peón.

Peon

No un rey, ni un alfil, ni una torre, ni un caballo.

Soy un peón.

Sacrificable, con poquísimo margen de maniobra, individualidad disminuida (nuestra fuerza reside en el número) y movimientos muy limitados.

Por tanto, no tengo amenaza a mi disposición de largo alcance, como el alfil. No tengo la potencia directa y blindada de la torre. No tengo la agilidad saltadora ni imprevisible del caballo. Ni por supuesto la movilidad y peligro de la reina, ni el privilegio de la constante defensa del rey, cuya vulnerabilidad es clave en toda la partida.

Soy un peón.

Mis matemáticas son sencillas. Ocupo una casilla, y sólo tengo alcance para la siguiente, o bien protección y amenaza para las laterales siguientes. Puedo ocupar una casilla clave, pero entonces mi fuerza reside en ser un obstáculo para el contrario, y una pieza prescindible y de poco valor para el propio bando. Nada más.

Soy un peón.

Y en la vida, también me reconozco un peón.

Mis limitaciones de conocimientos, de formación, de oportunidades, de influencias… son evidentes. Como a un peón de ajedrez, cuando es mi turno de sacrificio, no hay apenas trauma para los de mi alrededor. La partida continúa sin mí, pese a que en mi fuero interno me gustaría que no fuera así. Que mi salida de la partida signifique que, para mi bando, es la perdición irremediable. Pero no. La partida sigue.

Fuera del tablero, me reúno con otras piezas sacrificadas, y espero a la siguiente partida, que no sé si sucederá, con lo que estamos todas momificadas.

Pero… si en alguna partida llego a la meta, me convierto automáticamente en reina. O en torre, o en alfil. Y a eso es a lo que aspiran todos los peones. El problema es que esas milagrosas conversiones son una lotería. Y al que le toque, que le vaya bien. Pero a los que caigan en el camino, se quedan fuera, depauperados, abandonados, disminuidos. Que dicho sea de paso, son la inmensa mayoría, por inmutable estadística.

Todos los peones deberíamos ser los reyes en nuestras casillas. Porque no tenemos más a nuestra disposición.

Pero cuando miro alrededor para tomar fuerzas, y veo que el rey es un cobarde que huye de su propia sombra, la reina una bella ligerísima de cascos que se arrima al ganador sin el menor pudor, los alfiles unos fanáticos de sus propios colores en diagonal, los caballos saltando hacia donde menos molestias les provoquen, y las torres haciendo negocios miserables con sus prebendas y privilegios, entonces yo, el peón, me quedo sin guía, sin motivo de ser ni de luchar ni de avanzar.

Enfrente tengo a otro peón del bando contrario en la misma situación, que paradójicamente nos bloquearíamos el camino si estamos en casillas vecinas. sin poder decirnos ni mú, frente a frente, hasta que uno de los dos volemos por los aires. Probablemente me aliaría con él de buena gana. Pero si pudiera llevar a cabo esa alianza ya no seríamos peones, y además saltarían por los aires todas las reglas en las que se basan las ganancias y privilegios de los demás potentados, tanto de uno como de otro bando… ganancias y privilegios basados en parte en el sacrificio masivo y constante de los peones.

Pero soy un peón, y a pesar de nuestra masiva existencia, de nuestro gran número, muchos de esos peones no quieren pensar en sí mismos como peones, porque sería humillante e inaceptable. Y ahí es donde reside mi debilidad. Y las altas figuras lo saben, y lo fomentan, y se aprovechan de ello.



viernes, 28 de enero de 2011

La muñeca de silicona.

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-¿Don Arturo Fantópera?

-Sí.

-Tenemos un paquete para Vd. Firme aquí, por favor…

Firmé y me hice a un lado. Metieron el enorme cajón en el vestíbulo. Tras darles una propina a los mozos, cerré la puerta y me volví despacio, con las manos en el pomo.

Por fin. Ya estaba aquí. Mi Dorotea. Mi dulce y paciente Dorotea, con sus enormes ojos azules, su delicada melena castaña, su leve sonrisa eterna… Me lancé a abrirlo a toda prisa de repente. Arranqué el embalaje, abrí con desesperación la tapa, rebusqué entre el relleno y… ahí estaba. La abarqué con suavidad por la cintura y la saqué de allí. Aún pesaba, para ser una muñequita. Pero me lo esperaba así, ya que el látex es mucho más pesado y sólido que la silicona. Además de darle un aspecto más natural y cálido, menos refulgente, según el catálogo.

Abrazada a sus rodillas, casi como un feto en el útero materno. Limpié el relleno y aparté el cajón. Fundas de plástico translúcido cubrían todo por separado. La llevé al salón y la deposité en el tresillo, tumbada de lado.

Despacito, muy despacito, empecé a desnudarla. Primero las manos, los brazos. El plástico protector no era una simple película tirante. Tenía un tacto como de seda gruesa y mullida, y lo rasgué con los dedos poco a poco. Salía una piel color café con leche apenas cargado. Incluso traía vello ralo y escaso en el antebrazo, algo que me llamó la atención cuando consulté los detalles, cosa que me agradó mucho. Las uñas, muy perfiladas, estaban sin pintar, un poco largas. Según parece, se podían cortar a voluntad, pero con cuidado, ya que lógicamente no crecerían. Incluso disponía de sus arcos de media luna en las bases. Los dedos, finos, delicados; las arrugas de los nudillos eran reales y con colores ensombrecidos…

Poco a poco, como un alumbramiento, fui desprendiendo la película. Un brazo y una pierna. La tumbé del otro lado, y desenfundé el otro brazo y la otra pierna. Extendí ambos en posición de sentada. Con igual parsimonia descubrí el torso: ombligo, senos, hombros… todo con zonas de pelusilla apenas perceptibles, alguna que otra arruguita, alguna peca, alguna estría, incluso cicatriz y una o dos varices. El hoyuelo en la base del cuello, donde empezaba el escote. Lo mejor fueron los pezones: sobre unos senos algo grandes para mi gusto, resaltaban dos pezoncitos muy traviesos, pequeños, oscuros y granulosos.

Ya sólo quedaba la cabeza. Y ahí cambié el simbolismo. De una membrana que cubre por completo a un recién nacido, pasé a un velo que se quita de la cabeza de la novia en una boda. Y a esta novia nunca le había visto la cara…

Una boca pequeña, unos labios pulposos y muy perfilados, una naricita respingona, y unos ojazos enormes de azul oscuro brillante parecían aguardar expectantes e inocentes a su futuro dueño… Las cejas eran de pelo más oscuro y recio, no afeitadas ni pintadas…

Extendí la copiosa melena parda, peinándola con los dedos a ambos lados. Un tacto sedoso, de cierto grosor rodante entre las yemas de aquéllos, nada artificial. No llegaba a cubrir los hombros.

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Me eché atrás para mirarla en conjunto. Corregí la posición de la cabeza un poco, y me regodeé largamente, hasta que retiré la vista con cierta vergüenza.

-Lo… lo siento, no me siento cómodo viéndote así… yo… eh… espera un momento, ahora vuelvo…

Cogí una manta de rayón, que tenía recogida por no saber qué uso darle, y la extendí por encima. Arrebujé sus contornos, despacito.

-Bueno, ya está. Mucho mejor así, ¿verdad…? Vaya, ¿qué es esto que tienes aquí en la nuca? ¿una válvula? A ver, discúlpame un momento, que voy a consultar en el manual… Vamos a ver… número 8, número 8… ah, aquí está: “Número 8: válvula de hinchado o deshinchado de los… los pechos, con conmutador independiente”…  ¿qué querrá decir esto último? A ver,  a ver… ah, vaya, según pone aquí, evita que si se presiona mucho un pecho, el otro se infle innecesariamente… er… jó… qué completa que vienes, ¿no…? “Atención: no sobrepasar los 1,5 bares de presión por pecho”… lógico… no querremos que estalles en plena faena, ¿no…? –reí sin ganas- bueno… yo… creo que lo dejaré así como está, me gustan así, justo así, sí… aunque un poquito más pequeños tampoco estaría mal… voy a deshincharlos un poco… a ver, a ver… así, un poquitín más… así, vale. Así me gustas más, estás más… en fin, más asequible, más creíble, más a mi alcance… Bueno. Empezamos.

Cogí una silla y me senté frente a ella, cachazudo.

-Buenas tardes… yo… bueno, me llamo Arturo. Arturo Fantópera… y… bueno, tú estás aquí porque… porque te he comprado y… –sacudí la cabeza –Dios, qué mal que ha sonado. Discúlpame, no pretendía ofender… En fin, que me llamo Arturo y… er… esto…

Me llevé ambas manos a la cabeza, y estuve así un buen rato, en silencio.

-No debería estar nervioso, pero lo estoy. Cuando decidí comp… eh, hacer tu adquisición, hace ya tres semanas, estaba mal, muy mal, y me dije que esto no lo podría superar. Tenerte aquí no me haría sentir peor, ya había tocado fondo… y a pesar de que me costabas un riñón y un ojo… oye, tiene gracia: a Adán le quitaron una costilla para formar a Eva, y a mí, un riñón y un ojo para disponer de tí… buh, qué malo… en fin, como iba diciendo, no tenía muy claro qué hacer contigo, ni cómo tratarte, ni nada de eso. No esperaba… bueno, miento, sí que lo esperaba, pero confiaba en que mientras te… mientras te montaban y te transportaban, me aclararía la cabeza… y no es así, sigo así de confuso.

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Me levanté precipitadamente, me fui a la cocina y volví con un vaso de agua.

-En fin, te llamas Dorotea. Dorotea Puig. El nombre tiene su historia, ¿sabes? Mira, colecciono cómics, ¿los ves? –señalé la estantería que cubría la pared. –Y una de las colecciones es “Pin-up”, en donde la protagonista es una mujer que se las ha visto muy duras de jovencita, cuando su novio se alistó en la marina de los EEUU a luchar contra los japoneses, y ella se quedó sola, sobreviviendo como podía. Esta muchachita cae en manos de un dibujante de cómics que necesita de modelos de carne y hueso para abocetar y sacar sus historietas propagandísticas para los soldados… Después de terminar la guerra, rompe con su novio y con el jefe, y posa para una revista de bondage… en fin, todo un homenaje a Betty Page. Y de ahí te he sacado el apellido: Page, Puig. El nombre es el de la chica de la serie, Dottie, así que lo he traducido y… bueno, te quedas con Dorotea… ¿te gusta…?

Guardé una pausa, perdiéndome en aquella cara inmóvil.

-En fin, ya ves que soy muy hablador… Normalmente no soy así, la gente que me conoce te dirá que soy todo lo contrario, pero… en fin, contigo puedo soltarme, no creo que se lo digas a nadie, ¿verdad? –sonreí. –Además, como tú no hablas, ya hablo yo por los dos.

Me levanté y me senté a su lado. Miré con detenimiento y de cerca su inmutable perfil. Tomé su mano con delicadeza y forcé su brazo para depositar un beso. Respiré hondo.

-Bueno, Dorotea… Se supone que debería ponerme al tema ya, y la verdad es que… nada me gustaría más que empezar, probarte… pero… ya… ya habrá tiempo de eso. Ahora sólo deseo… sólo deseo conocerte. No, no me consideres un caballero. Si me conocieras bien, y me conocerás, ya verás que yo de caballero no tengo apenas nada. En realidad, ahora estoy como frenado, porque eres toda una novedad en mi vida, en mi casa y quiero disfrutar a fondo. Ya habrá tiempo de… del sexo.

Pasé los dedos por su cara. Vello suave y corto hasta en los lóbulos de las orejas. Menudo detalle. De no ser por la piel excesivamente lisa y artificial en algunas zonas y por la quietud, casi podría estar viva.

-Mientras te esperaba, he ido elucubrando un montón de posturas, iniciativas, intenciones… pero cuando me dejaba ir, la imagen que más acudía a mis ojos era… era simplemente dormir entre tus brazos. Qué tontería, ¿verdad…? ¡Dormir en brazos de una muñeca de diez mil juros! Hay quien diría que es una buena inversión, pero… es lo que… creo que es lo que voy a hacer ahora… ahora mismo, Dorotea, mi Dorotea…

Me levanté, la cogí en brazos y la llevé al dormitorio.

-¿Te gusta…? Ya sé que no es gran cosa, pero es lo que hay. Ah, por cierto –abrí con el pie una puerta al lado –éste es el baño, por si… por si quieres hacer tus necesidades… Ponerte guapa no, porque siempre estarás guapa –sonreí con timidez. La deposité en la cama y extendí sus extremidades– En fin, no sé si pasará de esta noche, pero, con esos pechos tan tiernos que tienes, me gustará apoyar mi cabeza ahí y dormir sin más… lástima no oír un corazón debajo, eso ya sería demasiado, ¿no….? pero, en fin, oiré mis propios latidos e imaginaré que son los tuyos. Ahora discúlpame, debo lavarme los dientes…

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Me fui al baño, y volví al rato con el pijama puesto. La aparté de la cama, abrí la colcha y la deposité de nuevo, extendiendo sus miembros. Me tumbé de lado hacia ella, cubriéndola, y dejando la luz de la mesilla encendida.

-Dorotea… ¿no? ¿no te gusta…? Ah, menos mal… Oh, había pensado en Promethea, pero es demasiado mitológico, demasiado celestial… Es una de mis heroínas del cómic preferidas, junto con Devi, Ororo Munroe o Tormenta, Selina Kyle o Catwoman, Bélit, Red Sonja, Fénix o Jean Grey… pero todas ellas son… son demasiado… elevadas, son princesas, reinas, diosas, independientes… el sueño de todo friki que desea trascender y hacerse uno con sus sueños, pero yo no soy digno de ellas, sólo deseo estar a tu lado, al lado de una muchacha normal, a mi humilde alcance… Vamos, no te enfades… Sí, lo sé, sé que tienes un cuerpo perfecto, pero… ¿y tu voz? ¿y tu respiración? ¿tus movimientos? tu opinión, tus gustos, tus manías, tus habilidades, tus torpezas, tus risas… Dios, tus risas… eso es lo que más echaré de menos en tí, Dorotea, mi Dorotea… En fin, todo eso ya irá surgiendo con el tiempo.

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Me arrebujé más contra ella.

-¿Que porqué me he decidido por tí…? Eras la que menos cantaba de todas las del catálogo. Las demás eran todas demasiado llamativas para mi gusto… ¿Eh..? Ah, te refieres a eso…. Pues… no sé… supongo que por mi forma de ser, por mi físico, que las espanto a todas… No, ahora en serio, he tenido muy mala suerte. No te imaginas cómo está el percal por aquí. De difícil, de escaso, de duro. Muchísima competencia. Sí que hay mujeres por aquí, pero pocas. Y las que hay, o están emparejadas, o acaban de romper y no quieren saber nada, o son lesbianas, o no me siento a gusto con ellas… con las pocas que he tratado, la verdad, porque uno es tímido y apocadito, y no se relaciona casi nada… y he tenido que recurrir a profesionales, pero… puestos a gastar el dinero, he preferido probar contigo, así tengo a alguien en mi casa, alguien que sé que me espera, alguien a quien cuidar… Qué cosas, es como la versión adulta y masculina de las casas de muñecas con que jugaban las niñas cuando yo era pequeño…

Guardé una larga pausa, mientras me recreaba en aquellos grandes ojos.

-En fin, me espera una desilusión morrocotuda, ya lo sé… pero mientras no me salga de la realidad y me ciña a las expectativas, creo que todo irá bien.

Para Leer Despacio: Tristeza pública.

Normalmente mis tristezas y malos ratos los paso en privado. Pero hoy no. Hoy quiero volcar aquí el barril de denso, grumoso y maloliente aceite que se llena cada cierto tiempo.

Empieza poquito a poco. De forma imperceptible, ya que si lo notara, me pondría en guardia al momento, con las romas e imperfectas armas de que dispongo.

Crece, se retuerce, colándose poco a poco entre mis entrañas, como un gusano de plomo que se apodera de ellas y las exprime latido a latido.

Y cuando ya ha crecido mucho, ha completado su ciclo de vida parásita, entonces se suelta entre abundantes líquidos y dolores varios…

… pero no antes de dejar el huevo para el siguiente, ahí, recóndito, escondido, imperceptible.

gusano

 

Cualquier cosa que mire, cualquier cosa que haga, cualquier iniciativa que tome está empañada, robotizada, disminuida, ajena a mí.

De la misma forma que existe la luz, debe existir la sombra, sí. Pero lo que siento ahora no es ni una cosa ni otra. Y muchas veces me siento bloqueado, incapaz de tomar una dirección, porque la niebla gris que me rodea es sólida, pese a que no pueda tocarla.

hombre-triste

 

“Noviembre es un mes tristísimo”, empezaba Marina Mayoral uno de sus más emotivos artículos. Calaron muy hondo en mí lo que venía a continuación. “¿Esto significa que los novembremvinos (nacidos en noviembre) somos tristes…?” me pregunto cada vez que estoy así y evoco lo que me despertó ese artículo.

En fin… esto es todo por hoy. Gracias por ser partícipes y leerme. Mañana más (y espero que mejor).

jueves, 30 de diciembre de 2010

Disimular en la cama.

-Bueno, ¿listos ambos para la escena?

-Lista.

-Listo.

-¿Estáis mentalizados…? ¿sí? Pues adelante.

Nos echamos cada uno desde el lado contrario, yo me tumbé primero boca arriba y ella pasó una pierna al otro lado, montándome. Se quitó la bata, mostrando su esplendorosa desnudez, pero a mí no me hacía efecto. Ya estaba harto de actuar con ella, de estar junto a ella, de encarármela una y otra vez, de oír su voz, de asociar en mi fuero interno todo eso con su prepotencia, divismo, desprecio hacia los demás, de su exclusividad acaparadora, de su privadísimo y bien provisto camerino. Así que ni a ella le importó que no me activara entre sus muslos, ni a mí me importó no reaccionar a su calor envolvente.

En cuanto el director dio las últimas instrucciones, se arrugaron cuidadosamente las sábanas a nuestro alrededor y gritó “¡Acción!”, ambos nos ceñimos a nuestros respectivos papeles, ambos actuamos como se esperaba, ella fingía que gozaba, con alguna lágrima de las suyas de por medio, y yo fingía que también, pero menos, con cierta inexpresividad varonil, seguro de mí mismo, tal y como exigía el guión.

-¡Corten! –gritó el director, repentinamente, y se dirigió a unos técnicos de luz a echarles la bronca. Mientras tanto, ambos permanecíamos en nuestras posturas, indiferentes el uno a la otra. Ella se reclinó un poco sobre mí, para apoyarse en sus brazos y descansar. Su pelo cayó en cascada, formando una cortina que tamizaba la luz sobre su cara, meditabunda y distraída, pensando en sus cosas.

Yo puse ambas bajo la nuca. Veía al director gritar a los técnicos, o a los del sonido, o a la maquilladora, o pensaba también en mis cosas. En un vistazo casual, mis  ojos cayeron en su cara. Y me detuve en su expresión, como si hubiera visto algo llamativo de reojo.

-Bien, repetimos la secuencia. –Ella alzó la cabeza y se erigió sobre sí misma, llevándose las manos al pelo, ahuecándoselo en un gesto natural. Una pequeña luz de alarma se encendió en mí. Traté de apartar los ojos, pero un extraño magnetismo, cada vez más fuerte, me lo impedía. –Luces… sonido… viento… sábanas… cámara… ¡acción!

Y empezamos otra vez la escena. Yo me ceñí por centésima vez a mi papel, pero una pequeñísima luz brilló en mis ojos, al apreciar por primera vez su actuación tan de cerca, en mi piel, su calor, su voz…

-¡Maldita sea, corten! –gritó otra vez el director, y se puso a abroncar a unos que habían hecho un ruido en la otra punta de la nave.

Ella giró la cabeza en aquella dirección, volteándose la cabellera y resoplando, resignada. Se cruzó los brazos, y algo explotó en mí.

“Oh, no…” pensé yo, parpadeando con fuerza. Bajé la vista hacia mi bajo vientre, como intentando combatir lo que sentía.

Así, no pude evitar ver cómo ella giraba la cabeza hacia abajo en otro movimiento espontáneo. Luego alzó la vista a mi cara, interrogante. Tragué saliva y me puse colorado.

Sus brazos se separaron un poco, en actitud de sorpresa y pudor. Eso hizo que removiera levemente las caderas, con lo cual la acción aumentó espectacularmente. Alzó con disimulo su cuerpo, dejando espacio, y me desarrollé por completo. Y la miré a los ojos con cierta timidez.

-¿Pero no se supone que…? –susurró asombrada. Y su sinceridad me deslumbró y desarmó por completo.

-Bien, ¿estáis todos listos? –gritó el director, impaciente, mientras se acercaba. Ambos nos sustraímos un instante y afirmamos con la cabeza. –Luces, sonido, aire, sábanas, cámara… ¡acción!

Y otra vez ella se puso a gemir, a moverse, a llorar, como una profesional. Y yo también. Pero, a diferencia de los actos anteriores, ahora teníamos algo entre los dos. Algo físico y tangible. Por fortuna, todo salió bien. El director alabó con dos palabras rápidas nuestra labor, y se alejó a otro lado de la nave, seguido de su tropa de operarios. Con nosotros sólo se quedaron nuestros respectivos asistentes. La de ella se subió a la cama con una bata y cubrió sus hombros.

Se levantó un poco azorada. Se ató la bata con cierta prisa y emprendió una pequeña carrera hacia su camerino. Su pelo ocultaba permanentemente sus facciones. Yo me apresuré a arrebujar la sábana encimera sobre mí.

Me abracé despacio a mis rodillas, meditabundo. Me echaron otra bata sobre mis hombros, y tardé en levantarme, el tiempo en que mi inesperada y tremenda hinchazón bajase un poco…

 

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