sábado, 12 de febrero de 2011
La muñeca de silicona (2)
sábado, 5 de febrero de 2011
Montana.
-Hola… ¿don Arturo Espada?
-Sí.
-Adelante. Soy Elena Sánchez. Encantada de conocerte.
-Igualmente.
-Siéntese, por favor.
-Gracias...
-Bien. Tengo aquí el currículum que nos envió. Voy a leerlo en voz alta… Arturo Espada, treinta años, nacido en Zaragoza, estudios de FP II electricidad y electrónica, rama instrumentación y control, grado superior de instalaciones electrotécnicas… Carné de conducir B1, coche propio… ¿qué marca?
-… eh, ¿perdón, cómo dice…?
-Que qué marca y modelo de coche tienes.
-… eh, um, Malen… digoo, un Renault Kangoo combi… eh, una furgoneta blanca…
-¿Desde hace cuánto que lo tienes?
-…pues… hará unos… unos… unos dos años ya… Sí, dos años para dentro de un mes.
-Bien, sigo leyendo… seis meses como conserje en Ceminco Zaragoza, nueve como montador en Amsiesa, dos años como oficial de segunda electricista en Taboada… Bueno, tienes un perfil muy interesante. Cuéntame qué hacías en esos trabajos.
-…
-¿Arturo?
-… ¡Eh…! um, sí, disculpe, es que me he distraído… ¿me… me puede repetir la pregunta, por favor?
-Que me cuentes qué hacías en Ceminco, en Amsiesa y en Taboada.
-En Ceminco me dedicaba a repartir circulares en mano, realizar trámites bancarios, comunicaciones por escrito a notarías y abogados, transporte de títulos de valores entre bancos y central… a veces me encargaba de la centralita telefónica… En… en Amsiesa ocupaba puestos de cadena de montaje de aparatos de telefonía pública destinados a exportación. Y en Taboada… en Taboada…
-¿… en Taboada…?
-…
-¿Arturo…?
-¿Sí…?
-¿Qué hacías en Taboada?
-¿En Taboada…? Eh, sí, disculpe, eh… en Taboada… me… me encargaba de instalaciones eléctricas… no, perdón, me encargaba no, simplemente las hacía… eh, pasaba los cables por los tubos, pero antes tenía que poner los tubos y las cajas, conectaba… eh, conectaba los tubos con las cajas… porque si no no podía pasar los cables por dentro, claro, y… eh… me… me daban los planos y calculaba dónde poner las cajas y los tubos, y… eh… esto… para que en cada piso los enchufes estuvieran donde debían estar… er…
-¿Pisos? ¿sólo hacías viviendas?
-…
-¿Arturo?
-…
-Arturo, ¿te encuentras bien?
-Em, no, sí, ¿perdón?
-Que si te encuentras bien… Estás muy distraído y muy nervioso… Si quieres dejamos la entrevista para otro momento… ¿Arturo?
-Dis… discúlpeme, señorita… señorita Elena… yo…
-¿Quieres que concertemos cita para otra entrevista? Cuando te encuentres mejor…
-No, no… probablemente pasaría lo mismo.
-¿Perdón, cómo dices?
-Que seguro que pasaría lo mismo. Que por muchas entrevistas que usted me dé, volvería a distraerme y a meter la pata y a dar una imagen pésima de mí como candidato…
-¿Y eso porqué?
-Disculpe la pregunta personal, pero, usted… usted usa Montana, ¿verdad?
-¿De qué estás…? Eh, ah… mi perfume. Sí, claro… pero ¿qué tiene que ver…?
-El mismo perfume que usa la primera mujer que me… que me… que me amó, y mucho, y… y ya no volví a verla y… he entrado aquí preparado, con la entrevista preparada en mi cabeza, y al oler su perfume, me he… bueno, me he desconcentrado por completo, me he venido abajo… Creo que… creo que lo mejor es retirarme ahora, con la poca dignidad que me queda, dando por perdida esta entrevista. No podría trabajar aquí, sabiendo que está usted, con ese perfume. Yo… ya encontraré otro puesto en otra empresa. Señorita, ha sido un placer conocerla. Le pediría que no cambie nunca su perfume, le queda muy bien.
-…eh, gracias…
-Adiós.
-… adiós…
(Dedicado a mi sirenita –contado en primera, segunda y tercera parte- que usaba Montana (por lo menos cuando tuvimos nuestro encuentro). Lo que cuento aquí es una adaptación muy libre de una experiencia parecida que tuve a posteriori ;-)
viernes, 4 de febrero de 2011
Soy un peón.
viernes, 28 de enero de 2011
La muñeca de silicona.
Para Leer Despacio: Tristeza pública.
Normalmente mis tristezas y malos ratos los paso en privado. Pero hoy no. Hoy quiero volcar aquí el barril de denso, grumoso y maloliente aceite que se llena cada cierto tiempo.
Empieza poquito a poco. De forma imperceptible, ya que si lo notara, me pondría en guardia al momento, con las romas e imperfectas armas de que dispongo.
Crece, se retuerce, colándose poco a poco entre mis entrañas, como un gusano de plomo que se apodera de ellas y las exprime latido a latido.
Y cuando ya ha crecido mucho, ha completado su ciclo de vida parásita, entonces se suelta entre abundantes líquidos y dolores varios…
… pero no antes de dejar el huevo para el siguiente, ahí, recóndito, escondido, imperceptible.
Cualquier cosa que mire, cualquier cosa que haga, cualquier iniciativa que tome está empañada, robotizada, disminuida, ajena a mí.
De la misma forma que existe la luz, debe existir la sombra, sí. Pero lo que siento ahora no es ni una cosa ni otra. Y muchas veces me siento bloqueado, incapaz de tomar una dirección, porque la niebla gris que me rodea es sólida, pese a que no pueda tocarla.
“Noviembre es un mes tristísimo”, empezaba Marina Mayoral uno de sus más emotivos artículos. Calaron muy hondo en mí lo que venía a continuación. “¿Esto significa que los novembremvinos (nacidos en noviembre) somos tristes…?” me pregunto cada vez que estoy así y evoco lo que me despertó ese artículo.
…
En fin… esto es todo por hoy. Gracias por ser partícipes y leerme. Mañana más (y espero que mejor).
jueves, 30 de diciembre de 2010
Disimular en la cama.
-Bueno, ¿listos ambos para la escena?
-Lista.
-Listo.
-¿Estáis mentalizados…? ¿sí? Pues adelante.
Nos echamos cada uno desde el lado contrario, yo me tumbé primero boca arriba y ella pasó una pierna al otro lado, montándome. Se quitó la bata, mostrando su esplendorosa desnudez, pero a mí no me hacía efecto. Ya estaba harto de actuar con ella, de estar junto a ella, de encarármela una y otra vez, de oír su voz, de asociar en mi fuero interno todo eso con su prepotencia, divismo, desprecio hacia los demás, de su exclusividad acaparadora, de su privadísimo y bien provisto camerino. Así que ni a ella le importó que no me activara entre sus muslos, ni a mí me importó no reaccionar a su calor envolvente.
En cuanto el director dio las últimas instrucciones, se arrugaron cuidadosamente las sábanas a nuestro alrededor y gritó “¡Acción!”, ambos nos ceñimos a nuestros respectivos papeles, ambos actuamos como se esperaba, ella fingía que gozaba, con alguna lágrima de las suyas de por medio, y yo fingía que también, pero menos, con cierta inexpresividad varonil, seguro de mí mismo, tal y como exigía el guión.
-¡Corten! –gritó el director, repentinamente, y se dirigió a unos técnicos de luz a echarles la bronca. Mientras tanto, ambos permanecíamos en nuestras posturas, indiferentes el uno a la otra. Ella se reclinó un poco sobre mí, para apoyarse en sus brazos y descansar. Su pelo cayó en cascada, formando una cortina que tamizaba la luz sobre su cara, meditabunda y distraída, pensando en sus cosas.
Yo puse ambas bajo la nuca. Veía al director gritar a los técnicos, o a los del sonido, o a la maquilladora, o pensaba también en mis cosas. En un vistazo casual, mis ojos cayeron en su cara. Y me detuve en su expresión, como si hubiera visto algo llamativo de reojo.
-Bien, repetimos la secuencia. –Ella alzó la cabeza y se erigió sobre sí misma, llevándose las manos al pelo, ahuecándoselo en un gesto natural. Una pequeña luz de alarma se encendió en mí. Traté de apartar los ojos, pero un extraño magnetismo, cada vez más fuerte, me lo impedía. –Luces… sonido… viento… sábanas… cámara… ¡acción!
Y empezamos otra vez la escena. Yo me ceñí por centésima vez a mi papel, pero una pequeñísima luz brilló en mis ojos, al apreciar por primera vez su actuación tan de cerca, en mi piel, su calor, su voz…
-¡Maldita sea, corten! –gritó otra vez el director, y se puso a abroncar a unos que habían hecho un ruido en la otra punta de la nave.
Ella giró la cabeza en aquella dirección, volteándose la cabellera y resoplando, resignada. Se cruzó los brazos, y algo explotó en mí.
“Oh, no…” pensé yo, parpadeando con fuerza. Bajé la vista hacia mi bajo vientre, como intentando combatir lo que sentía.
Así, no pude evitar ver cómo ella giraba la cabeza hacia abajo en otro movimiento espontáneo. Luego alzó la vista a mi cara, interrogante. Tragué saliva y me puse colorado.
Sus brazos se separaron un poco, en actitud de sorpresa y pudor. Eso hizo que removiera levemente las caderas, con lo cual la acción aumentó espectacularmente. Alzó con disimulo su cuerpo, dejando espacio, y me desarrollé por completo. Y la miré a los ojos con cierta timidez.
-¿Pero no se supone que…? –susurró asombrada. Y su sinceridad me deslumbró y desarmó por completo.
-Bien, ¿estáis todos listos? –gritó el director, impaciente, mientras se acercaba. Ambos nos sustraímos un instante y afirmamos con la cabeza. –Luces, sonido, aire, sábanas, cámara… ¡acción!
Y otra vez ella se puso a gemir, a moverse, a llorar, como una profesional. Y yo también. Pero, a diferencia de los actos anteriores, ahora teníamos algo entre los dos. Algo físico y tangible. Por fortuna, todo salió bien. El director alabó con dos palabras rápidas nuestra labor, y se alejó a otro lado de la nave, seguido de su tropa de operarios. Con nosotros sólo se quedaron nuestros respectivos asistentes. La de ella se subió a la cama con una bata y cubrió sus hombros.
Se levantó un poco azorada. Se ató la bata con cierta prisa y emprendió una pequeña carrera hacia su camerino. Su pelo ocultaba permanentemente sus facciones. Yo me apresuré a arrebujar la sábana encimera sobre mí.
Me abracé despacio a mis rodillas, meditabundo. Me echaron otra bata sobre mis hombros, y tardé en levantarme, el tiempo en que mi inesperada y tremenda hinchazón bajase un poco…
jueves, 23 de diciembre de 2010
Para Leer Despacio: La sombra.
Es la primera propiedad que tenemos todos nada más nacer, algo de uso y disfrute personal exclusivo del bebé.
Es lo primero que el bebé, lo suficientemente crecido como para tener la boca de aprendizaje abierta, capta como suyo. Nada más nacer, las tinieblas ya le han enviado el recuerdo de su existencia, del que no se separará nunca más. Y le dedica los primeros y últimos instantes de su vida a ver cuán suyo y aburrido es ese contorno oscuro que su cuerpo dibuja contra la luz. A partir de ese momento, formará parte de él, cada vez más hundido en su subconsciente. Los nublados momentos en que le falte su compañía no lo notará abiertamente, pero el desasosiego aumentará, imperceptible, llegando en ocasiones incluso a invadir su ánimo, sin averiguar el porqué.
La película ya está en marcha, y no parará hasta que el dueño se sumerja, otra vez y de forma definitiva, en la oscuridad. El rodaje se toma cortos descansos; pero en cuanto hay una vivencia, por mínima que sea, se reanuda. En la íntima cámara de revelado y composición de nuestra memoria, es testigo mudo e indiferente de nuestra selección de experiencias vitales.
Puede llegar a ser el último empujón de un suicida inspirado: hasta mi sombra es negra, el color de la amargura y de la desesperanza.
Puede ser también el motor de un hábil plasmador: simplemente con reflejar las sombras de un paisaje, se intuyen sus colores.
Es parte de la esencia de las fotografías, casi la principal en las de blanco y negro.
Es el falso reducto de un ermitaño dolorosamente forzoso de la ciudad: mi sombra siempre me acompaña, nunca me traicionará. Aunque no capte que la traición viene de otras direcciones, en los momentos en que lo invade todo y lo rodea como un violador fantasma.
Es objeto de culto de muchos fetichistas: sueñan con la sombra, no con el cuerpo.
Es punto de referencia en el argumento del cine negro; el director o guionista que lo usa, o es muy capaz y prestigioso (en algún caso, llega a ser incluso su tarjeta de visita), o es un inepto pretencioso que no sabe combinar sus recursos.
Es copia barata en dos dimensiones de nosotros, traicionera, inexpugnable y directa. Puede que hayan mundos en que los seres sean de dos dimensiones, y sus sombras de tres, siendo éstas últimas las que controlen a sus dueños.
Están en perpetuo movimiento, tanto en los seres móviles como en los inmuebles, en los vivos como en los inertes, ya que, si no es el propio ser el que se mueve, sí se moverá la fuente de luz.
Si Dios fuera la luz, si Dios fuera el punto inexistente desde el que irradia toda luz absoluta, no es de extrañar que se mantenga en su eterna postura de que todo lo que ha creado es bueno, pues lo malo se oculta eternamente a su vista, detrás de la materia opaca de su creación, huyendo astutamente de su presencia.
Es parásita: chupa de nuestra radiante felicidad y permanece en su indiferente bastión cuando hay dolores que compartir. La tristeza suave, la melancolía, suele ser su aliada.
Es la discreción, la fidelidad y el silencio no reconocidos ni apreciados en lo que valen hasta que desaparece.
Es uno de los numerosos objetos de juegos de los niños: pisar sólo zonas sombreadas hasta que caen en la cuenta de que siempre pisarán sombra.
Es la sutilidad como arma seductora, predominantemente femenina, ya que realza encantos y disminuye fealdades.
En astronomía, la sombra tiene escala de medidas.
¿Sombra o silueta? He aquí la cuestión.
viernes, 3 de diciembre de 2010
La bella y la bestia como debería ser.
lunes, 15 de noviembre de 2010
Una llamada a la moderación social y política.
¡Hola!
El vicepresidente Rubalcaba ha expulsado a los monjes benedictinos y a los parroquianos del templo del Valle de los Caídos. Un paso más del Gobierno hacia el cierre definitivo de este complejo monumental y litúrgico, patrimonio de todos los españoles y no del Gobierno socialista.
Desde el pasado 3 de noviembre, monjes y parroquianos tienen que celebrar Misa a la intemperie, en un pinar a las afueras del recinto del Valle de Los Caídos, bajo el frio de la Sierra madrileña.
Yo acabo de firmar una petición al presidente del Gobierno exigiéndole que restablezca el derecho a asistir a Misa en el Valle de Los Caídos. Por favor, únete a mí en el siguiente enlace:
http://www.hazteoir.org/firma/34094-firma-100-000-mensajes-monjes-valle-caidos-y-libertad-religiosa-en-espana
Sólo te costará 1 minuto.
¡Gracias!
Y ésta fue mi respuesta:
lunes, 8 de noviembre de 2010
Eroomnala y su coto de caza.
Primero fueron los terremotos. Terremotos que empezaron por tumbar farolas, árboles, casas y cualquier objeto alto. Seguidamente abrían anchas grietas por las que caía todo. Los tendidos eléctricos chisporroteaban, las tuberías de agua y los alcantarillados se vaciaban a plena potencia durante unos minutos, entre nubes de polvo, llamaradas provocadas por las chispas eléctricas y las tuberías de gas. El ruido era ensordecedor; los bloques de edificios, tras desnudarse a cachos, acababan derrumbándose con grandes estruendos. A eso se añadía los retumbes de la propia tierra al abrirse...
Por todas partes la gente corría y gritaba despavorida. Muchos caían en las grietas, entre alaridos de terror, seguidos de los de sus seres queridos que se quedaban arriba con las manos tendidas hacia el abismo.
Sí, recordaba con profunda riqueza de detalles. Pero aún con todo eso, la parte férreamente encarcelada de su razón ni se inmutó. Pues cuatro meses antes, quien había sufrido un terremoto mucho más devastador fue su vida. Un estúpido accidente de tráfico se había llevado a su mujer y a su hijo. Desde entonces luchaba por emparedar sólidamente sus emociones, todas conducían al suicidio. Y estaba en una fase de indiferencia flemática y atrozmente mecánica en su mente para afrontar lo que le quedaba de vida, cuando fue el mundo de los demás el que se vino abajo de la forma más destructiva que se le antojaba a la naturaleza... o eso creía entonces. Sólo veinticuatro horas antes.
Pues de unas pocas grietas que se habían abierto transversalmente, dejando una especie de rampa en sus interiores, surgió al principio un extraño rumor. Los supervivientes, en estado de choque todavía, no prestaban atención, pero él sí. Se acercó a una de esas grietas.
jueves, 28 de octubre de 2010
La bella durmiente y el vagabundo sediento.
Y es que vengo constatando que, algunas experiencias íntimas, por mucho que se desee retenerlas, es químicamente imposible.
miércoles, 22 de septiembre de 2010
De mudanza.
En realidad, en mi día a día han sucedido toda clase de cosas. Podría relatarlas con detalle para entretenimiento del personal (pérdida y posterior recuperación de llaves con instalación de llaves nuevas en medio, pérdida y posterior recuperación de teléfono móvil, confusión entre salero y azucarero, líos con compañías de telecomunicaciones, hiperactividades, ansiedades y agobios varios, primera compra de marujo en supermercado, montaje de muebles; desmontaje, transporte y montaje de ordenador, de equipo de música; decisiones unilaterales sobre decoración, limpieza, amueblamiento, rompida de cuernos en esto último; orden y desorden, adaptación, etc.), pero son cosas que en el momento en que me pasan, no pienso precisamente en relatar en el blog....
A todo esto, sumo los efectos de mi reciente despido laboral, perfectamente relatados (sin pretenderlo, además) en el post anterior, mi respuesta a Dña. Rosa Mª Artal. Punto por punto. La recuperación ha sido larga y costosa, y aún no estoy seguro de haberlo asumido y superado...
viernes, 23 de julio de 2010
Participaciones extrablogueras: "La terapia del shock".
El asunto que trata ahí no deja de ser vital por repetitivo. Pero lo que sí es cierto es que cada vez me cuesta más participar. Tengo que reunir fuerzas y motivos para exponer mi punto de vista, más o menos el mismo, pero de forma distinta, enfocándolo desde diferentes sitios, expresándolo a través de metáforas varias... Acaba convirtiéndose en un tópico, y se va cuarteando en mí. Pues lo que sí he notado es que antes me aprestaba a proponer soluciones, o al menos, mi disposición a ponerme bajo la batuta de alguien especialmente capacitado para poner orden, pero ahora ni eso. He de reconocer que dicha disposición era un tanto ingenua: ¿cómo sabré quién está capacitado? ¿cómo estaré seguro de que una persona es honesta, inteligente y sabia, para unirme a su proyecto desde la base, de forma anónima, sin ninguna otra pretensión por mi parte...?
En esta ocasión, doña Rosa ha usado la metáfora de una terapia a base de repetidas torturas eléctricas que aplicaban hace décadas, al cabo de los cuales la víctima, si sobrevivía, acababa apagada, temerosa, sin ganas y sin fuerzas para vivir.






